Entre el erotismo y la reflexión existencial
La historia transcurre en Taipei, ciudad que en los 80 tuvo un auge en la construcción por lo que abundan los departamentos deshabitados o bien que se tienen para alquilar. Durante dos horas, el director Tsai Ming-liang recurre a los gestos de los actores y a diversos sonidos y ruidos del entorno en lugar de los diálogos que, en caso de este realizador, tendrían el valor de convencionales. May está ansiosa por ser amada y encuentra en Ah-Jong al hombre que convierte sus sueños en realidad. Hay algunas escenas de fuerte contenido erótico, sin caer en lo explícito, que aumenta la tensión entre los personajes propuesta por Tsai. Sólo en tres oportunidades, como parangón a los tres únicos personajes, se produce alguna conversación. El resto es el estudio de una ávida cámara de gestos, miradas, manos, expresiones de rostros. El sonido cumple el papel del cuarto rol.
Hasta ahora Tsai ha realizado Rebeldes del dios Neón, Viva el amor, El río, El agujero, ¿Qué hora es ahí? (Ni nei pien chi tien, 2001). Películas que transcurren en lugares anodinos, generalmente en interiores y en los que lo que ocurre es la inacción, mientras pasa el tiempo o se consume la vida, en un procedimiento que conduce a una reflexión existencial profunda, contundente. La solidez cinematográfica de estos filmes se afirma en un cine donde la mirada de los personajes se pierde en el vacío, los espacios (solitarios o vacíos, propios o usurpados) son un refugio ante la mirada de los otros donde puede abrirse un agujero, es decir una salida.
Esos personajes producen frases dispersas y no obtienen respuestas, un extrañamiento que probablemente provenga de su experiencia teatral haciendo Brecht. En los filmes de Tsai no hay música, pero hay silencios, una suerte de permanente llamado de alerta. Ese silencio, prolongado en el tiempo real, está empleado con el mismo sentido del tiempo del relato.
Cuando cada acción comienza, no se entiende qué pasa. Luego, de a poco y en la misma toma sin corte, se va revelando un sentido que crece junto con la perplejidad del espectador.
Plantas, pilas de cajas de pañales, una bolsa de plástico para orinar, cómo frenar una inundación en la casa, el agujero que queda en el piso, el agua, rodean esa escasa acción y a los personajes. Ningún otro cineasta contemporáneo ha alcanzado de esta forma de expresión tan personal, con una densidad que obliga al espectador a seguir penando cada película bastante después de haberla descubierto. Viva el amor no es una excepción. *
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