Déborah Eguren: una voz poética que importa
El texto poético recientemente editado «Horas que merecen el viaje» de Déborah Eguren constituye una agradable sorpresa en el territorio de la lírica uruguaya.
El poemario, en síntesis, traduce esa extrañísima actitud donde el estado anímico ha invadido la palabra para expresar el «encanto del dolor, las emociones opuestas o límites, disciplinadas por la resistencia a ese encanto», como ha señalado algún teórico para intentar explicar lo inexplicable. Eguren, por cierto, asume el desafío con la simpleza frontal de un lenguaje reconocible a pesar de sus relaciones alteradas: «Qué de rincones sucios / en el hoy de aquí / qué de soledades solas / y más solas aún / qué de una tristeza hueca / qué de tanto frío / qué de letra muerta / en cajones de ayer / como que todo / está cansado / entre lluvia y cáscara».
Esta descripción poética de mundos interiores que surge en Horas que merecen el viaje no parece retocar la cotidianidad pero – sin embargo – la transforma con singular acierto. («Bajo el sol ocurren caminos / caminos de andares despejados / de pájaros colgados / con sus picos transparentes / que nos esperan de pluma abierta / caminos sin peligro de embotellamiento / sin desvíos inciertos / ni tránsitos de libreta vencida».) Es una experiencia inasible donde el mundo sigue – aparentemente – tal y como está aunque, en realidad, la expresión lírica ha cumplido su función desacomodadora con respecto a los caminos racionales de la palabra. («Probablemente anochezca antes de tiempo / un abismo te visite las costillas / vos no te des cuenta de lo frío que se puso / te derribe el tristonazo / te desescriban el nombre / no sepas / quién sos / qué haces / para dónde vas / y pienses que no hay tiempo para inaugurar»).
Como vemos, la poeticidad de Eguren presenta una sencillez sospechosa. Detrás de la imagen común, el lector descubre una modificación profunda y extraña en la sustancia que se enuncia; un juego significante que transporta y potencia todo lo focalizado por el discurso lírico para que pueda ser observado de manera diferente: «Un color y un durazno se dan la mano / Las nubes se deforman en sonatas dulces / Bajo los cipreses se filtran las risas de luz / En un charco de metal se fragmenta la tarde / Terciopelos de azúcar suavizan la penumbra / Rompe el campo su espejo de unicornios libres / Entre magnolia y magnolia asoman tus mueles / Desembocan los pájaros cerca de sus trinos rojos / El aire se pone redondo y me envuelve en llamaradas.»
La imagen que ilumina a la vez que desconcierta; el tono justo para aludir lo impronunciable funciona a las mil maravillas en estas horas de poesía a secas. Una poesía que presenta pasajes de ambigua simpleza, optimizando la posibilidad expresiva de la palabra. («Y habrá una avenida ancha / en la que regalen café caliente burbujas postales / la ilusión que nos hará señas para que vayamos a buscarla / Y habrá una lluvia clara que purifique / las gentes olvidarán su condición mortal / saldrán a exigirle la revancha al tiempo»). En resumen, estas Horas que merecen el viaje conforman un poemario que anuncia, desde el vamos, una voz sensible que importa; habrá que seguirle la pista y estar atentos a su próxima entrega. Enhorabuena. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad