Fecundidad de Yerma

García Lorca puede con todo. El director Fredy González fantasea, introduce algunos cambios y hace que los actores suban y bajen unos practicables semejantes a los escalones de la prueba Master que mide la actividad cardíaca en esfuerzo. Hay al principio parlamentos corales, donde algunas palabras se repiten; no nos damos cuenta adónde conduce. Nada de eso parece importante, porque hay un momento en que toma la palabra García Lorca, que no necesita tecniquerías, y todo se transforma. La escena está iluminada por una nueva luz, que viene de las palabras, que cruzan como proyectiles; y todos dan en el blanco. Yerma (Lucía Rodríguez) avanza desde un comienzo neutro a una intensidad dramática del todo acorde con la obra; nos estremece y llega al grito; grito que se justifica, porque el tiempo le roe las entrañas, y si no encuentra en su vientre la vida, tendrá a la muerte al cabo de su brazo. El hecho de vivir, por sí solo, es trágico; la vida es maravillosa, y muy seria. Cuando las luces se apagan y los espectadores, presas aún de la ficción, que se les hizo realidad y no atinan a aplaudir, pervive el drama. Cada uno puede preguntarse si ha dejado que la vida lo fecunde. «Tienen las penas que tienen los vírgenes y los perezosos» (Marcel Proust, «El tiempo recobrado»). *

 

YERMA, de Federico García Lorca, con Diego Castro, Virginia Díaz, Rafael Lavin, Alexandra Pose, Lucía Rodríguez. Música y guitarra de Martín Angiolini, vestuario y percusión de Natacha Ortega, luces de Rafael Maciel, dirección general de Fredy González. En Las casernas del muelle viejo.

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