Tras el fantasma de Fernando Pessoa
Un escritor espera en Lisboa, bajo un sol de plomo, al fantasma de Fernando Pessoa. Nadie llega, y un vendedor de diarios señalará juiciosamente que hay que estar loco o ser un extraño para salir a la calle con ese sol: su cita debió haberle dicho que lo esperaba a medianoche, no al mediodía. El hombre se lanzará por las calles de la ciudad en busca del pasado y del esclarecimiento de un enigma: descifrar el sibilino, último mensaje que su amigo escritor le dejó antes de morir unos años atrás. Los habitantes de la «ciudad blanca» de Tanner (para evocar un título anterior del director también filmado en Lisboa) ayudan al personaje a resolver el misterio.
Mientras ordena las pistas alrededor de la comida en una típica taberna lisboeta, otros fantasmas se cruzan en la ruta del personaje, entre ellos el del padre marino que visitó Lisboa en 1931. El encuentro, finalmente, tendrá lugar alrededor de un vaso de añejo vino oporto ganado en un encuentro de billar.
Los encuentros con el pasado se producen a menudo a través de personajes muy reales: una gitana, una restauradora, la patrona de una pensión, el guardián de un cementerio, un chofer de taxi, todos integrantes de la cultura de Lisboa, la ciudad por excelencia para hablar del pasado, la ciudad de lo que fue y ya no es más, el sentimiento que recorre la obra singular de Fernando Pessoa, autor que nada publicó en vida y ha conocido una perdurable fama después de muerto. Una cita en los créditos anticipa el tono predominante del filme: «Todos soñamos nuestra vida. Somos hijos del destino».
En La ciudad blanca, Tanner había retratado a Lisboa a través de una mirada documentalista y junto a Claude Goretta en los años cincuenta, en sus tiempos de estudiante de cine en Londres. Aquí vuelve a la ciudad a través de la doble inspiración literaria de una novela de Antonio Tabucchi y del propio Pessoa, mientras el protagonista duda en la frontera entre la realidad y el sueño.
Puede ser el momento de reivindicar a Alain Tanner, uno de los «históricos» del cine suizo de los años sesenta y más acá. De hecho empezó como documentalista en Londres en los cincuenta (Nice time), se involucró luego en las turbulencias políticas parisinas del 68, que documentó con algún desencanto en Jonás, que tendrá veinticinco años en el año 2000, y se afirmó como un poeta mayor en Los años luz, que sigue siendo uno de sus títulos mayores. En su obra posterior reiteró un costado de «comentario social» (Messidor, La mujer de Rose Hill) y otro de transgresión no siempre convincente (El diario de Lady M.), pero también ha sabido sostener grados de enojo con cosas que están mal en el mundo (Fourbi). En Requiem vuelve a los clima poéticos, las búsquedas utópicas y una impaciencia por encontrar respuestas. *
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