DOCE MIL PERSONAS OVACIONARON ANOCHE AL GRAN ARTISTA CATALAN EN EL VELODROMO MUNICIPAL

Serrat: con la emoción a flor de piel

Tal como es su costumbre, Serrat cantó y habló, recreando sus historias, esas de ayer, de hoy y de siempre, historias con las cuales logró ocupar su sitial de privilegio en el mundo de la canción.

A su ingreso a escena las doce mil personas que le esperaban ansiosas estallaron en una calurosa ovación. Después del gran clamor comenzó el recital. Los auditores expusieron una pasión y devoción por el cantautor que se mantuvieron inalteradas y permanentes hasta el final, cuando ya se aproximaba la medianoche. Sucede que este artista mantiene una intensa relación afectiva de casi cuarenta años con los uruguayos, afectos que se han ido multiplicando con el sucesivo paso de generaciones. El de anoche fue un concierto de intimidad, un «recital de living» en donde los textos profundos y cargados de afecto, la nobleza de las melodías sostenidas por armonías sencillas cumplieron su cometido: conmover a los auditores.

Aunque el recital fue pensado para el ámbito de un espacio escénico cuyas características evidentemente no son las de una pista de ciclismo, vale anotar que el concierto tuvo momentos realmente sublimes en donde un Serrat despojado y mostrado en su esencia, logró una comunicación de ida y vuelta realmente admirable. Así fueron desfilando unas tras otras sus más reconocidas canciones, esas que forman parte de la memoria colectiva, logrando picos de intensa emotividad con «Aquellas pequeñas cosas», «Penélope», Una de piratas y «Los locos bajitos», entre otras.

La inmensidad del escenario no fue obstáculo para que el cantante -junto a su amigo, arreglador y pianista Ricardo Miralles- hiciera un recital de corte, por momentos intimista, trasmitiendo sentimientos con honda naturalidad, hasta emocionar a todos.

La calidez, la simpatía, son perfiles muy naturales en Serrat, dotes que éste maneja con habilidad en cada tema que hace, muchos de ellos coreados masivamente por los presentes.

Con la impecable organización de Música Nueva Uruguay y la División Promoción y Acción Cultural de la Intendencia Municipal de Montevideo, anoche en el Velódromo se vivió una fiesta de los sentidos y la emoción, en donde el humor tampoco estuvo ausente, sobre todo cuando las voces de muchas damas, maduras y también jóvenes, varias veces le gritaron, «maestro, ídolo, te amo, soy tuya», a un hombre de indudable carisma que siempre ha sabido, con maestría, manejar la seducción.

Tras interpretar «Fiesta» casi al final y cuando la ovación no cedía, Serrat se despidió del público, al que ya le había tributado varias canciones fuera de programa, con una última pincelada de gran arte cantando la hermosísima canción que habla de «la más bella historia de amor que tuve y tendré».

Muy oportuna, porque, en definitiva, lo de anoche fue otro episodio de una historia de amor eterno y sin altibajos entre el artista y su público.

Esto quedó plenamente corroborado ya que la felicidad se veía en el rostro de quienes iban abandonando el lugar, seguramente, sintiendo que habían asistido a un concierto pleno de magia.

En síntesis, el Velódromo desbordó de gente y de entusiasmo. Joan Manuel Serrat presentó, como siempre lo hace, un recital de alto valor musical y estético, con canciones hechas en base a poesías propias y ajenas. Como la noche anterior en el Teatro Solís, la gente, la que lo sigue desde sus inicios y la que se ha ido sumando con el paso de los años, lo disfrutó a pleno. Una noche de felicidad aunque no exenta de cierta melancolía. Pero al fin y al cabo, eso es la vida. *

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