Un ángel para tu soledad
Filósofo de estirpe roquera, copiado por más de una banda emergente, junto al guitarrista Skay Beillinson, Carlos «Indio» Solari fue pilar de la banda paradigma del rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, de la que sus seguidores aún les cuesta entender su separación definitiva.
En 2000 la banda presentó el disco Momo Sampler en el Estadio River con el saldo de un fallecido (apuñalado). Fue ahí, donde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota comenzaron a preparar su adiós definitivo para afianzar el mito para los tiempos de rock seguro.
Luego de cinco años sin pisar escenario y apropiado de la simbología mítica de Los Redondos, el «Indio» Solari se presentó en el Velódromo Municipal el pasado sábado ante trece mil personas.
Algo no demasiado normal debe suceder en la mente de una persona cuando no suele mostrar sus ojos en público y que pasa del ostracismo más entumecedor para tocar ante trece mil personas en un Velódromo repleto de un público sediento de su música.
Del hermetismo paranoide a la furia roquera, sin escalas. Cinco años sellando ese pactado e inquebrantable silencio que su misma ausencia ayudó a mitificar para crear un caldo de cultivo para las muchedumbres ricoteras.
Tal vez, esa introspección que le llevó cinco años de encierro absoluto contribuyó para la creación del nombre de su propia banda: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.
Lo cierto, es que veinte años de duelos escénicos han servido para constatar que Solari se arrebató la furia ricotera. Es él, sin dudas, quien se ha quedado con la criatura, con la voz inconfundible y con un carisma escénico intacto.
El pasado sábado miles de personas encararon su propia travesía (el lugar estaba plagado de banderas argentinas) hasta el Velódromo sin hacer diferencias, como si nadie se hubiera enterado del fin.
Resurgieron los cantos ricoteros empolvados en los placares, como el clásico «vamo´lo redó» o las incontables banderas con las leyendas «PR» que empapelaban los costados de un inundado Velódromo Municipal.
Nadie quería perderse la fiesta del retorno: amparaba el Velódromo un riguroso operativo de seguridad, un sinfín de autos con matrícula argentina y ómnibus rodeaban la arbolada y ancha avenida Ricaldoni y los comerciantes de la zona miraban con expectativa el raro fenómeno.
Los cantos de la tribuna futbolera crecían a medida que se acercaba la hora. A eso de las 21:40 se apagaron las luces y se oyó una voz en off (el propio Solari) que anunciaba: «Damas y Caballeros, con ustedes, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado».
Y fue notorio, que algunas costumbres no cambiaron: el público ya había aguardado demasiado tiempo bajo una lluvia que no cesaba y que aumentaba varios centímetros del predio embarrado y chapoteante del lugar. Era casi una obligación necesaria que hablara el líder carismático de la muchedumbre.
Al instante, se escucharon los acordes de «Nike es la cultura», seguido de «Amnesia». Entonces, Solari saboteó nuevamente el micrófono (ya sin gafas) para agradecer conmovido: «¿Cómo anda paisito nuevamente? Hace dos días que estoy acá y quiero agradecerles por el enorme baño de cariño por parte de todos», sentenció.
Se suponía que Solari estaba presentando su primer trabajo El tesoro de los inocentes (bingo fuel) pero, como estaba previsto, juntó a su banda (Baltasar Cromotto y Gaspar Benegas en guitarras, Marcelo Torres en bajo, Hernán Aramberri en batería y Pablo Sbaraglia en teclados y samplers) para promover una verdadera fiesta ricotera.
El cuarto acorde dio paso a una emblemática y contagiosa melodía ricotera: «Un ángel para tu soledad» (de Lobo suelto).
De La mosca y la sopa rescató «El pibe de los astilleros» y hasta «Tarea fina». Y de Lobo suelto «Shopping Disco Zen» y «El lobo caído», entre otros.
«Susanita» y «La piba del Blockbuster» (de El tesoro de los inocentes) fue junto a Deborah Dixon de las Blacanblús (única invitada).
Para el cierre, se dispuso sacudir la noche con «Un poco de amor francés» (de La mosca y la sopa) para acabar en el clásico «Ji ji ji» emblema de Oktubre capaz de sacudir cualquier cuerpo inmóvil y hasta provocar un infartante pogo.
Desde el campo mojado del predio, se veía en las tribunas un hormiguero que saltaba descontrolado. Fue como un reencuentro. Esa comunión musical que moviliza una muchedumbre capaz de atravesar el río a nado con tal de vivir y oír una vez más a ese oscuro veterano de culto. Fue la primera presentación de Solari luego de la separación. Y fue finalmente, el resurgimiento de la masa fiel que nada se guarda. La vuelta a escena del cincuentón oculto y de la memoriosa música de fondo capaz de amparar cualquier tipo de soledad. Incluso, la del propio Solari. *
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