Mario D´Angelo, el cuerpo como metáfora
El fotógrafo John Coplans utiliza su propio cuerpo desnudo para escudriñar, revelando, la secreta intimidad de su anatomía veterana, la piel, los vellos. El cuerpo es un campo de batalla, señaló Bárbara Kruger en una de sus leyendas conceptualistas. No son los únicos en transitar por los cuerpos desnudos, una experiencia iniciada en los sesenta por el teatro, la danza y el nudismo performático en los espectáculos públicos en la revoltosa Londres. Hace pocos días la bailarina española Olga Mesa danzó desnuda sin importar(e importarle) la escasa correspondencia con los ideales de belleza clásica. Un abismo con la atrevida Isadora Duncan en los alocados twenties.
Mario D´Angelo es más audaz que los artistas citados. Lo demostró con rotundidad en la performance Ictus, recreada en dos ocasiones y filmada, con una línea argumental diferente, de desiguales resultados. Un desnudo más en la actualidad no incomoda ni siquiera a la pacatería provinciana. Lo inédito de Mario D’Angelo es mostrar el cuerpo ictiósico (Ictus, pez; ictiosis, enfermedad de la piel con escamas que se desprenden permanentemente) que padece desde el nacimiento, como retención de una etapa uterina. Observado como un ejemplar digno de estudio en la medicina académica, padeció el señalamiento, la atención curiosa de los otros, por ser, precisamente, otro. Esa otredad lo marcó de por vida. Traspuesto el medio siglo de existencia, fue elaborando, con paciente impaciencia, un lenguaje visual centrado en su propio cuerpo. En la desnudez de su cuerpo. Sus primeras exposiciones pasaron inadvertidas para los críticos, siempre distraídos. El empecinamiento de D ´Angelo logró concitar un círculo cada vez mayor hasta convertirse, en sus ya numerosas instalaciones, en un referente insoslayable del arte actual uruguayo.
Desde las salas del Cabildo de Montevideo acomete una de las más imaginativas propuestas de la temporada. Partida de nacimiento. Remix-Update, menta uno de los aspectos, quizá el menos importante, de la instalación (la remezcla actualizada, que menciona Santiago Tavella en la elaboración técnica) de imágenes fotocopiadas e intervenidas en sucesivas etapas hasta adquirir consistencia fotográfica de especial hermosura.
Desde el vamos, al subir el escalón de la primera salita, el visitante se topa con una imagen cercana al techo de dos manos tapando los ojos y, más lejana, en la salita siguiente, a la misma altura, dos ojos abiertos inflamados y rojizos. Un alerta, un preaviso y un adelanto, de lo que vendrá. A la manera dantesca, el espectador, en ese viaje sacramental debe abandonar toda esperanza de gratificación inmediata. Es una ordalía que debe acometer en comunión, las siete imágenes (autorreferenciales y de Cristo muerto del escultor español Gregorio Fernández) a ambos lados de la sala mayor (en total catorce como las estaciones de las Pasión), automáticamente convertida en la nave central de un templo católico, una religión que marcó al artista en sus años mozos. A la manera de un montaje paralelo, de carácter cinematográfico, el espectador se convierte en protagonista en un espacio asumido.
Fragmentos del propio cuerpo emergiendo de la oscuridad, de desesperante sensualidad en la pugna por manifestarse, en revelar una verdad postergada, aplastada por los rituales establecidos en la sociedad que oculta lo que no quiere ver: las relaciones de poder, el aplastamiento de lo diferente, la devaluación de la conciencia ética, la implícita divinización de la civilización global. Mario D´Angelo no propone un acto de exorcismo privado, muy respetable, sino que logra perforar esa circunstancia individual y convertirla en una tensión dramática y dolorida del hombre contemporáneo, pues «El ejercicio de la libertad apareja asumir elecciones, a veces riesgosas, que requieren coraje», escribe Alicia Ubilla en el catálogo. Hay que destacar, el notable aprovechamiento del espacio del Cabildo en un diseño a cargo de Alicia Ubilla y Mario D ´Angelo. *
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