La familia en llamas
llas son «Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido» de Elfride Jelinek y las dos obras estrenadas en nuestro medio de Caryl Churchill, «Cloud nine» que conocimos con el nombre de «El séptimo cielo» y esta, «Anhelo de corazón». El efecto de extrañeza, ese situarse ante la escena como si estuviéramos viendo seres de un zoológico, la aguda separación emocional con lo que ocurre sobre las tablas, es en «Anhelo de corazón» todavía más fuerte que en «El séptimo cielo». El implacable golpeteo de Churchill sobre frases coloquiales que, en tanto avanza la obra, se colorean, se decoloran, se intensifican y desfallecen, produce un curioso impacto crítico, para nada explícito, sobre la familia y la sociedad, al que no es posible sustraerse.
Alberto Zimberg, que ya había realizado buenos trabajos de dirección, alcanza con esta obra la excelencia. Con una pieza que corteja al caos y desafía al equilibrio, logra una puesta en escena coherente; sobre la variedad fantástica de ritmos vocales y físicos, que Churchill exige cambiantes y asimétricos, construye un edificio sólido y hasta clásico. Zimberg parece un seguro timonel en medio de un tifón, un director de una orquesta cuyos instrumentistas amagan enloquecer y regentea, con calma y precisión, un fantástico tráfico de acciones y palabras. También se percibe la solvencia del director en la notable actuación que logra de sus cinco actores (sin contar al avestruz o casuar). Así, Roberto Bornes resulta inolvidable en su desvalido (y olvidable) padre de familia, Alicia Garateguy dice muchísimo, con la reiteración intencionada de las mismas palabras y gestos, de una madre que de la seguridad sólo tiene la mímica y Leonor Svarcas avanza, escena a escena, hasta el borde de la tragedia. Lo que se presenta como un común episodio familiar, la espera de una hija que vuelve del extranjero, es atrapado por un remolino que nos remonta a un punto desde donde la incomunicación y el vacío de la existencia son dolorosamente visibles. Andrés Gallo y Noelia Campo que llegan de otro sistema planetario, parecen traer, en sus gestos, maquillaje y actitudes, explosivos suficientes con que dinamitar todo aquel falso pilar de la sociedad.
«Anhelo de corazón», una pieza llena de fuego, gracia y bien disimulada inteligencia, es uno de los mejores espectáculos de la cartelera montevideana. *
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