Locura
En «Locura», la novelista uruguaya Susana Cabrera construye un ejercicio literario explícito y de atmósferas agobiantes, que reflexiona sobre el amor, los silencios compulsivos, el poder, el autoritarismo, el miedo, la sumisión y la doble moral.
La autora narra una compleja historia familiar, despojada de coordenadas de tiempo y espacio, con un matrimonio a la antigua usanza, en la que la mujer ocupa un lugar meramente marginal.
La vasta galería de personajes literarios registra la traumática peripecia de una mujer sumida en la demencia, un hacendado autoritario, dos hermanas mellizas idénticas excepto por un lunar, un varón atribulado y una corte de sirvientes que observan en silencio todo lo que sucede en torno a ellos.
Detrás de un crudo cuadro de postración humana que Susana Cabrera describe desde el comienzo del relato, hay una cuantiosa fortuna que compra voluntades y sumisas lealtades.
La narradora pincela un paisaje humano de trazo costumbrista ambientado en un medio rural hermoso pero desolado, poblado de vidas clausuradas por soterradas represiones y culpas, silencios compulsivos y voluntarios y locuras inducidas.
Toda la arquitectura literaria se desarrolla en dos tiempos narrativos: el presente, con una de las mellizas que oficia de relatora e interpelante, y un pasado sinuoso, que se sitúa en los territorios del origen de la familia.
«Locura» es una historia de dominación, la de un poderoso estanciero que se lleva consigo a dos mujeres como si se tratara de meras mercaderías de consumo. Una de ellas se transformará en su esposa y la otra oficiará de acompañante, pero también padecerá las consecuencias de una patética situación.
Cabrera recrea tiempos terribles, en los que muchos padres entregaban a sus hijas al mejor postor, como si las mujeres carecieran de derechos y voluntad individual.
Ese poderoso hacendado dueño de vidas y esperanzas que la autora bautiza sugestivamente como Herminio Galpones, es una suerte de señor feudal, que gobierna todo y a todos como si fueran parte de su propiedad privada.
En cierta medida, la narradora construye un micromundo que nos retrotrae a la Edad Media, una época de oscurantismo e ignorancia en el que el poder estaba como hoy en muchos casos- asociado a la riqueza y la prepotencia.
A través de numerosas voces confidentes que revelan secretos ocultos bajo la lápida del silencio, Susana Cabrera recrea un amor prohibido pero verdadero, que viola los códigos de convivencia dominantes de una pequeña y conservadora comunidad humana.
Esta es una verdad sepultada por el tiempo y por la aureola del pecado, que descansa en las retinas, los oídos y las memorias de observadores pasivos, sirvientes «sordos», deslenguados y sumisos hasta la exasperación.
La novelista construye un terrible paisaje de humillación y resignación, en el que prevalece la violencia, el autoritarismo y la impunidad. Hay que callar hasta lo más abominable, porque el riesgo es perder la lengua o, lo que es aún peor, la vida.
Una mixtura entre el silencio y la indiferencia oculta los más deleznables crímenes, que adquieren el estatus de impunidad permanente por imperio de las circunstancias.
El relato se torna de extrema crudeza, esa que nace de la rebeldía soterrada y la impotencia de no poder evitar tanta perfidia e infamia.
Todos los personajes que describe la autora a través de más de una generación, parecen vivir aislados del mundo exterior, dentro de una irracional frontera demarcada por el poder ilimitado de una voluntad férrea e implacable.
Esa familia unida por los invisibles hilos de un destino despiadado, vive y en algunos casos sobrevive bajo códigos morales propios, rígidos e inmutables.
Susana Cabrera desestima todo eventual eufemismo para retratar la pesadilla de dos mujeres, dos hermanas unidas por la desdicha y la fatalidad, que no pueden escapar a un destino atroz.
La capacidad de sentir y amar parece estar únicamente reservada a los hombres y más aún si estos son poderosos y libres de destruir la vida de otros, sin que ello derive en ulteriores consecuencias.
Es tan demencial el calvario de esta dos frágiles criaturas, que ambas a su manera- prefieren huir hacia la nada o a una suerte de muerte en vida, antes de resistir al poder que las transforma en meros objetos de abuso sexual.
La infame existencia de ambos personajes femeninos es un periplo fatalista y determinista. En un caso, la condena es la locura y, en el otro, es la perpetua reclusión en un convento.
Hay imágenes congeladas en memorias atribuladas que perpetúan tiempos mejores, amores imposibles y utópicas felicidades.
Sin embargo, el presente está absolutamente disociado de esas quiméricas vivencias placenteras.
Susana Cabrera construye pacientemente un relato de dolor, tragedia, bajos instintos y venganza provocada por una hombría humillada por el engaño.
Este es un calvario de almas que sollozan en voz baja temiendo lo peor, de derechos a la libertad nunca respetados, de ultrajes, sumisiones, castigos y odios que no se agotan.
La autora articula el relato mediante la versión de múltiples interlocutores, que saben bien qué sucede pero nada hacen para evitarlo, tal vez porque es imposible.
Dentro de ese feudo impenetrable sólo prevalece la voluntad del «Señor de los caballos», que gobierna un «reino» de impronta surrealista absolutamente divorciado de la clemencia y la racionalidad.
Sin embargo, el relato corrobora que, en este caso, nadie se resiste al poder de la prepotencia, por temor a las eventuales represalias del déspota y su fiel sicario.
Abundan las prácticas abominables, las violaciones, las desapariciones y hasta los asesinatos, en una espiral de violencia que adquiere apocalípticas dimensiones.
Uno de los más impactantes testimonios que construye la novelista es esa noche de espanto, que queda impresa en las abigarradas memorias de las víctimas y de los pasivos testigos.
La autora desliza su pluma por la escarpada pendiente de un pasado turbulento, que se exhuma mediante insinuaciones y confesiones expresadas en voz baja.
Afloran entonces los demonios de pasiones desenfrenadas y odios que ni la venganza logra apaciguar. El relato reproduce la tensión de esos momentos infames, en los que el paisaje cotidiano se colma de tragedia.
La narración gotea lentamente rumbo a críticos desenlaces. En ese contexto, la lectura se torna algo compleja por la acumulación de abundantes personajes y situaciones.
Susana Cabrera intercala confesiones y cartas con los explícitos monólogos de los personajes, que son contundentes pronunciamientos de condenados que buscan una imposible redención.
Entre frustraciones y desencantos irrumpen culpas que, luego de un prolongado silencio, emergen torrencialmente rumbo a un fangoso océano de conflictos y pasiones.
Hay humillaciones tan perversas que sólo pueden explicarse en un contexto de dominación cuasi esclavista, que responden a las reglas de una sociedad injusta en la que las mujeres son meros objetos sexuales y decorativos.
También algunos hombres, todos ellos naturalmente sirvientes, viven el oprobio de la conculcación de sus voluntades por parte de un amo que gobierna su feudo según con sus propios códigos.
Susana Cabrera construye una nueva saga familiar ambientada en tiempo y espacio indefinidos, partiendo de la tesis de que las tragedias y las pasiones enfermizas son intemporales e inespaciales.
La novelista teje un universo denso y claustrofóbico, que mixtura la pintura costumbrista, el realismo más despiadado, el dolor, la inmoralidad y las patologías humanas.
Como es habitual en la producción de Susana Cabrera, si bien el relato resulta atrapante, hay un serio conflic
to entre el contenido y el envase narrativo. En efecto, la excesiva extensión de las oraciones y los desajustes en materia de puntuación dificultan la lectura, que se torna compleja e intrincada.
Tal vez, una mejor construcción morfológica de la arquitectura del relato hubiera permitido un fluir narrativo más ágil y dinámico y una mayor elocuencia expresiva.
Sin embargo, pese a esas salvedades gramaticales, resulta plausible la intención de Susana Cabrera de crear universos de hondo dramatismo, que discurren entre lo onírico y lo pesadillesco. Se aprecia también una explícita apelación moral y una reflexión sobre las conductas sociales.
En consecuencia, «Locura» es una novela despareja en cuanto a sus virtudes eminentemente literarias, en la que una potente radiografía humana de trazo removedor suele desdibujarse por algunos desajustes de texto.
(Editorial Fin de Siglo)
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