Los afectos amputados por el destino
En su habitualmente prolongado periplo existencial, el ser humano busca obsesivamente su lugar en el cosmos, que no está asociado a coordenadas meramente históricas, geográficas o culturales.
Ese universo próximo o distante que motiva nuestra incesante búsqueda, es realmente el de las emociones, que se nutren particularmente de los afectos.
En un mundo ciertamente agobiado por la frivolidad y las incertidumbres, el único capital insustituible es la sensibilidad, que nos induce -por ejemplo- a conmovernos ante una obra de arte o a rebelarnos ante la injusticia social.
A consecuencia de la creciente mercantilización de la cultura, resulta cada vez menos frecuente acceder en nuestro circuito local a producciones cinematográficas de calidad, despojadas de abordajes baladíes o vacuas artillerías tecnológicas.
Sin embargo, felizmente, de tanto en tanto, aterriza en nuestra cartelera un título que nos permite reivindicarnos con el cine y disfrutar plenamente de una experiencia conmovedora.
La trama de la vida, de la realizadora francesa Eléonore Faucher, es un potente friso intimista, que discurre entre el drama, los conflictos afectivos, el cuadro costumbrista y la descarnada radiografía social.
El filme narra la peripecia cotidiana de Claire (Lola Naymark), una joven de apenas 17 años, que embarazada de cinco meses- experimenta la angustia de la soledad. Carece de pareja y la relación con su familia no es la mejor.
Tal es su estado de desamparo en un medio virtualmente clausurado por la incomprensión, que antes de confesar su estado de gravidez a sus compañeras de trabajo, prefiere mentir una grave enfermedad.
Aunque siempre retorna a sus orígenes y a la subyugante naturaleza que la vio nacer, su vida es una permanente huida hacia la nada y la búsqueda de una perdida identidad.
Sin embargo, su pasión por el oficio del bordado le permite acercarse a Madame Melikian (Ariane Ascaride), una viuda cincuentona que acaba de perder a su joven hijo en un trágico accidente de tránsito.
Unidas por una actividad común que les permite sobrevivir y desarrollar su talento y creatividad, la relación entre ambas mujeres evoluciona hacia el afecto mutuo, un sentimiento íntimo que comienza aflorar recién a partir de un frustrado suicidio.
Mientras un hijo inicialmente no deseado se va gestando en el vientre de la joven, entre ambas se va construyendo un sentimiento cuasi filial.
Esa suerte de simbiosis permite a las dos mujeres sobrevivir a la soledad y el desamparo, en un pueblo en el que deben ocultar bastante más de lo que exteriorizan.
Mediante una narración morosa y por momentos despojada, Eléonore Fuacher construye una historia de personajes mínimos y bien cotidianos, azotados por el dolor de la pérdida y la incomprensión.
Como es habitual en el cine francés, esta es una historia de lenguajes implícitos y a menudo soterrados, donde las miradas y los gestos expresan bastante más que las palabras.
En este contexto, el bordado es una suerte de metáfora de la vida misma, que evoluciona simultáneamente con los sentimientos y las frustraciones de las protagonistas.
Esa tela rasgada por error que debe ser reparada cuanto antes para ser entregada a un comprador, comporta también toda una alegoría sobre el destino y la búsqueda de la redención.
Sin embargo, el filme no se limita a la mera descripción de dos universos íntimos y atormentados. También es una minuciosa radiografía de conductas humanas y sociales, que corrobora que las mentalidades provincianas también existen en los países del mundo desarrollado.
El buen rendimiento de un acotado pero muy profesional reparto actoral, una música sugerente y plausibles logros fotográficos transforman a La trama de la vida es un filme insoslayable, que reflexiona sobre la condición humana, la solidaridad y los afectos. *
LA TRAMA DE LA VIDA (Brodeuses). Francia 2004. Dirección: Eléonore Faucher. Reparto: Lola Naymark, Ariane Ascaride, Marie Félix, Thomas Laroppe, Arthur Quehen y Jacky Berroyer.
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