"EL CAFE DE WALLY", DE BOBRICK Y CLARK, EN EL TEATRO ALIANZA URUGUAY-ESTADOS UNIDOS

Tiempos viejos, caravana fugitiva

* Retrocedemos en el tiempo. En esta envejecida comedia de 1981, Wally (Ariel Caldarelli) encarna el fracaso, y hasta por demás. Fracasa con el insensato café que abre en medio del desierto, lejos de la New Jersey original.

Escrito por: JORGE ARIAS

Martes 25 de octubre de 2005 | 7:43
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 Groisman,
Caldarelli, L

Está lejos, también, de su familia política, que o bien lo detesta o bien lo desprecia o bien lo detesta y lo desprecia a la vez. El café de Wally está lejos de la carretera; lejos aun de donde hemos visto parar sus camionetas blancas, entre nubes de polvo, a Robert Duvall o Keith Carradine; pero el café de Wally está demasiado cerca del atareado café de Bernie, ahíto de parroquianos. Wally fracasa con el guiso de lentejas familiar con que acosa a su heroica clientela; fracasa en su matrimonio, porque su mujer, Louise (Susana Groisman) no soporta la aridez del desierto, la ausencia de toda sociedad. Ambos creerán compensar, pero sólo agravarán su frustración con infidelidades, vacías como el horizonte californiano: a falta de algo que se parezca a Jack Nicholson, será un enfermero quien llame dos veces. En medio de los primeros contratiempos aparece Janet (Ileana López), una ambiciosa trotamundos que abiertamente va hacia su triunfo (Hollywood, a 300 kilómetros) en auto stop, género de transporte que suele exigir una disposición no menos abierta. Janet pide café, mucho azúcar, luego una malta. Luego se queda: a la siguiente escena ya ha hecho el amor con Wally. Pero todo se perdona con un encogimiento de hombros, como si los tres fueran sobrevivientes perdidos en la selva o expedicionarios atascados cerca del Polo Sur. Janet sigue su camino, rumbo a Hollywood, de donde regresará, pelirroja y multimillonaria, para salvar del asilo de ancianos a Wally y Louise. Sólo faltó el “The End” enrulado y en glorioso Technicolor; tuvimos en cambio a la pareja de ancianos, bailando, enamorados como antes, al son de “Blue moon”.

“El café de Wally” quiere ser una comedia excéntrica productora de gags. Algunos buenos chistes hay; no son tantos como para justificar la saga (más de cuarenta años) de un café que no existe. La escenografía no discierne bien el afuera del adentro: hay una diversidad de planos que debemos imaginar, con buena voluntad, a través de una vueltita que dan los actores, cada tanto, a la derecha del foro.

La iluminación es estática: no nos dice si vemos luz natural, si es de mañana, de tarde o de noche. Quizás ello sea una metáfora de la intemporalidad del café de Wally. En la actuación encontramos que Caldarelli abusa del tartamudeo, hasta desembocar en un decir casi ininteligible; no se precisaba tanto amaneramiento para decir la seducción que el fracaso ejerce sobre Wally; el fracaso no tiene que llegar, forzosamente, a la dicción. Ileana López aparece muy bien en la primera escena del primer acto, deslucida en la segunda y estrambótica en el segundo acto; y de Susana Groisman, tal vez con el más difícil de los papeles, es la mejor interpretación. Hay en su voz matices, cambios de ritmo y de volumen; y todo en ella tiene un significado. *

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