"COMPAÑEROS", DE LUIS FOURCADE, EN EL TEATRO VICTORIA

La voluntad de perseverar en ser hombres

El que no lo vio y lo pisó no puede saber, por más información fidedigna que tenga, hasta dónde los lugares, los uniformes y hasta algunas palabras que dejaron de resonar forman parte de nuestras biografías. Como en «La tristesse d’Olympio», una vez que uno llega al linde se le vienen encima el bosque y el río. Uno quiere beberse, otra vez, aquella copa, que es amarga. Fue un brebaje que cambió nuestras vidas y los «Establecimientos de Reclusión Militar» nos enseñaron más, acerca de nuestra sociedad, que Marx y Engels. Una enseñanza que no quisieron los «maestros» y que tal vez logró el efecto contrario, al perseguido, pero fue inolvidable. Su importancia crece cuando, como ha sucedido con la masacre de los judíos en Alemania, se pretende construir una barrera de silencio.

Justamente por esto «Compañeros» irrumpe en la bastante fláccida escena local con todo el impacto, sobre nuestra no menos débil sociedad, que el arte debe tener. Frente a las torpes tentativas de cubrir la desnudez con un manto de tiempo y de olvido, Fourcade se pone de pie y habla. Frente a la inverosímil cadena de mentiras y deliberadas falsedades, hasta hoy impunes que han rodeado la búsqueda de un cadáver, los sobrevivientes dejan oír su tranquila voz. No hay rencor en «Compañeros», como sí lo hay, muy mal disimulado, en los militares. La verdad vale por sí sola. Nos da fuerza y firmeza, aún en la debilidad; la mentira atenta contra nosotros mismos, porque nos niega, y lo sabemos. El rencor inextinguible es contra una parte de nosotros mismos.

«Compañeros» trata, más que de la vida en la cárcel de Libertad durante la dictadura, de la dialéctica entre la voluntad de destrucción de la vida y la voluntad de perduración. Según nuestra Constitución las cárceles no pueden servir para mortificar; pero se empleó la mortificación continua, mayormente a través de las pequeñas cosas. Esas órdenes militares, esas sanciones por pequeñeces, todo tan enérgico como inútil, no buscaban la disciplina sino la humillación. Chéjov escribió que no tiene tanto mérito enfrentar con entereza las grandes calamidades; lo difícil de superar son los «cuidados pequeños», que dolieron a Rubén Darío. Aún, cada tanto, un guardia, humano al fin, era permeado por una canción; también sus almas podían saber del sufrimiento y el canto podía ser, como nunca, un mensaje. Contra todo ese programa de plastificación de los cerebros, se alzó la resistencia, la atención solícita a la vida, las pequeñas alegrías, el cuidado de un compañero enfermo o descentrado, el entrenamiento de la propia memoria, de la concentración y de la imaginación visual a través de una partida de ajedrez a ciegas. Hasta las ilusiones hicieron fuerza contra el destino. No hubo, tal vez, héroes; pero sí vida de hombres.

Luis Fourcade escribió esta obra en forma pulida y sencilla; y otra cosa no se necesitaba; Dardo Delgado en la dirección ha dicho todo como es, con elegancia y sobriedad, sin adornos. A ellos y a todos los que contribuyeron a la puesta en escena, a todos los que actúan en «Compañeros», quizás con diversos conocimientos del arte o diversos dones para la interpretación, pero todos en el nivel de excelencia que sólo puede dar la verdad, vaya, mucho más que nuestro elogio, nuestro admirado respeto.

«Compañeros» es, por amplio margen, la mejor obra nacional del año. *

COMPAÑEROS, de Luis Fourcade, con Enrique Alvarez, Diego Artucio, Gustavo Bianchi, Negro Castillo, Ignacio Duarte, Marcelo Pons, Walter Rey, Roberto Romero, Stella Texeira, Adriana Marín, Aynara Velando, Walter Etchandy y Fabio Zidán. Vestuario de Carlos Pirelli, espacio escénico de Dardo Delgado, ambientación sonora de Jorge Bonelli, canción «La mano en el hombro» de Bruno Delgado, luces de Juan José Ferragut, dirección de Dardo Delgado. En Teatro Victoria.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje