Bienal del Mercosur, pobreza histórica

La V Bienal del Mercosur transcurre en Porto Alegre hasta diciembre y comprende núcleos histórico y otro contemporáneo.

Los brasileños están obsesionados por el período concreto de sus artistas, la geometría y la renovación del espacio que se produjo a partir de la década del cincuenta, impulsado por el crítico carioca Mario Pedrosa. En esta ocasión se parte, como antecedente, el gran premio de la Primera Bienal de San Pablo, 1951, Unidad tripartita de Max Bill, una cinta de Moebius admirablemente recreada en acero pulido por la imaginativa concepción del artista suizo que marcó el rumbo de la escultura moderna. El origen, sin embargo, es más lejano: los constructivistas rusos (Alexander Rodchenko, Katarzyna Kobro) en la segunda década del siglo XX, ya habían planteado con audacia todo el futuro escultórico y sus connotaciones ambientales y urbanísticas, luego retomada en los años treinta por Georges Vantongerlo y en los cuarenta por David Smith, para recordar algunos de los escultores que hicieron del hierro el soporte fundamental de la escultura abstracta geométrica.

Pocos escultores lograron eludir esos antecedentes y se multiplicaron por el mundo occidental hasta la vaguedad al cortar chapas para luego doblarlas. El brasileño Amilcar de Castro (1920-2002), que tuvo en vida apenas un parcial reconocimiento en la Primera Bienal del MERCOSUR y en un contexto más acertado, vuelve a ser retomado en una retrospectiva enorme (en homenaje tardío), calculada en toneladas de peso, con obras invasoras en plazas y cuanto lugar señalado para esta edición bienal. Es un buen escultor, casi minimalista, pero carente de una identificable y personal teoría estética. Si hubiera más obras, su casi homónimo Wyllis de Castro (1926-1988), Lygia Clark (1920-1988) y Franz Weissmann (1911-2005), en mayor confrontación numérica (y aún así, con pocas obras), lo aventajan con comodidad por una superior inventiva. Pero, cada curador tiene sus preferencias.

De la misma manera, la insólita pobre representación argentina que avergüenza al país, tiene elementales obras de Enio Iommi (1916) y del uruguayo Carmelo Arden Quin (1913) que aparece registrado, por inepcia de la curadora Eva Grinstein, como argentino. En ese selecto y restrictivo grupo escultórico en Santander Cultural, dos pisos poblado de columnas (estuvo magistral en la anterior, la pintura y la escultura de María Freire) se impuso una instalación del uruguayo Nelson Ramos (1932), de 1967, que escapa a la concepción geométrica (tiene trabajos más afines que podrían encuadrar mejor) por estar más próxima del objetualismo del Pop Art. No se comprende la presencia de un libro de anotaciones y bocetos de Américo Sposito (1924-2005), una vez que falló el pase a video para visualizar las restantes páginas. Es un hallazgo la revisión del mexicano Ulises Carrión (1941-1989), un temperamento poco divulgado y a tener en cuenta.

Lo mismo sucede en el Museo de Arte de Porto Alegre. Una revisión inoperante, confusa, entre informalismo, arte geométrico y cinetismo que produce, en su mirada retrospectiva, una confusión cierta. En una sala, los uruguayos Manuel Espínola Gómez y Washington Barcala se enfrentan con desventaja para el último que necesita, como estaba determinado previamente, la cercanía de María Leontina, para no desaparecer antes el contundencia de su amigo Espínola. Los más indicados, de acuerdo a la visión general, eran Antonio Llorens, José P. Costigliolo o Lincoln Presno. Además, los agregados de pequeños elementos del taller y dibujos de cada uno de esos maestros, propios de antologías individuales, que en un certamen internacional parecen superfluos. Descubrir, a la chilena Matilde Pérez (1920), una afable mujer que asistió personalmente y dialogó sin reservas con los visitantes, en sus investigaciones cinéticas es uno de los pocos momentos reconfortantes de la bienal que, para los fieles concurrentes a las paulistas, depara la satisfacción del reencuentro con nombres consagrados ya hace medio siglo: Abraham Palátnik y sus máquinas de colores, los cuadros impecables de Geraldo de Barros, Luiz Sacilotto, Hércules Barsotti, Aluiso Carvao o Mira Schendel (con audaces esculturas), para nombrar algunos de los abusivos 88 representantes locales. (Segunda de una serie de notas sobre la V Bienal del Mercosur). *

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