La espiritualidad sin exclusiones
Como estaba previsto, la película del realizador compatriota Alvaro Buela comenzó ya a ganar terreno en el reconocimiento internacional, por sus indudables virtudes cinematográficas que exceden al mero localismo.
Alma mater es, sin dudas, uno de los mejores filmes producidos por la incipiente industria uruguaya, porque tiene la virtud de conjugar logros formales como un discurso conceptual que excede al mero convencionalismo.
La historia de Pamela, esa mujer reprimida que retrata tan elocuentemente la excelente Roxana Blanco, representa un itinerario de conversión que trasciende a lo meramente espiritual.
Situada en el paisaje urbano deprimido que observamos cotidianamente en el Montevideo contemporáneo, la paleta artística del talentoso Alvaro Buela logra condensar el periplo evasivo de esta mujer solitaria y segregada, que se refugia, como tanto otros uruguayos, en el paraíso artificial de la religión.
El filme posee una estética onírica que le sitúa en la frontera entre la realidad y la fantasía, para retratar la traumática peripecia vital de una mujer condenada a una vida vacía y oscura, distante del afecto de una madre autista y hasta incomprendida por sus compañeros de trabajo.
El apunte surrealista que aporta esa suerte de ángel de la guarda encarnado por Walter Reyno, propone una lectura claramente simbólica e inmersa en los intensos delirios místicos de la protagonista.
Sin embargo, la película no debe asumirse como una simple apuesta a retratar a una sociedad de tradición laica que está evolucionando a la religiosidad, como una suerte de terapia colectiva contra el desencanto.
Si bien el realizador captura en el celuloide el creciente fanatismo que se está apropiando de los territorios cotidianos como respuesta a la pérdida de referentes contemporáneos, Alma Mater propone otros mensajes algunos de ellos subliminales- que merecen ser debidamente decodificados.
En la historia de Buela, hay fuertes rupturas con tabúes aún fuertemente arraigados en la sociedad uruguaya, como la homosexualidad, la prostitución y otras formas de marginación.
Aunque pueda no advertirse a simple vista, la protagonista de la historia funda una nueva Iglesia, claramente divorciada de los cultos que han gobernado durante siglos la voluntad de los fieles e incluso de las nuevas sectas que compiten cotidianamente por los espacios de colonización espiritual.
En ese aspecto, el discurso de Buela es contestatario, porque cuestiona la cultura machista fuertemente arraigada en las religiones institucionalizadas, que suelen relegar a la mujer a un segundo plano. Para la ideología dominante, resulta inverosímil imaginar a una mujer oficiando una misa u ocupando el trono de Pedro en El Vaticano.
Alma mater construye un contradiscurso, ya que transforma a una mujer en líder de una nueva corriente, lo que se materializa en las últimas escenas de la película. No hay otra interpretación al respecto.
Otro aspecto no menor es que este nuevo culto es inclusivo, admitiendo incluso a los homosexuales y prostitutas y otros sectores habitualmente marginados por la prédica oficial.
Llama poderosamente la atención que la propuesta no haya generado previsibles reacciones. El silencio es ciertamente sugestivo.
El filme no se limita a narrar la historia de una mujer asfixiada por sus propios prejuicios y limitaciones.
La obra plantea más de un debate, que refiere no sólo a los avances o eventuales retrocesos de las religiones en nuestra sociedad, sino al siempre traumático y controvertido problema de la marginalidad.
La espiritualidad, que es el tema central de la película, no es aquí un mero refugio contra la intemperie y el desamparo, sino el sustento de una nueva construcción colectiva.
La protagonista del filme experimenta una singular transformación, casi una metamorfosis esencial, a partir de la continentación social que logra entre otros segregados, que le proporcionan el afecto que le niega la sociedad que la rodea.
Ello genera una suerte de cultura de convivencia casi subterránea, que incluye a todos y no excluye a nadie, en contraposición a los dogmas hegemónicos.
En ese sentido, el filme reivindica otro presupuesto muy caro a nuestra tradicional cultura humanista que es, sin dudas, la solidaridad.
Alma Mater propone, simultáneamente, lecturas desalentadoras y esperanzadoras, lo que para nada constituye un contrasentido.
Aunque existe una crítica explícita al fanatismo religioso y a otras formas de subordinación, la fundación de esa nueva iglesia que tiene como protagonista a una mujer, supone una apertura inédita de tono claramente provocador.
Roxana Blanca dota a su personaje de realismo y vuelo dramático, coadyuvando a transformar a Alma Mater en un sugestivo, removedor y reflexivo ejercicio cinematográfico que merece verse. *
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