El barrio era una fiesta
En «El barrio era una fiesta», el escritor Mauricio Rosencof pincela un conmovedor friso costumbrista de trazo autobiográfico, que rescata los paisajes de la cultura ciudadana del Uruguay de otrora.
Narrador, dramaturgo y periodista cuya obra ha sido traducida a varias lenguas, Rosencof ha logrado edificar un sólido prestigio que trasciende a lo meramente profesional, por su siempre inclaudicable compromiso con los más desamparados.
En este libro, el autor desanda los territorios de la memoria, materia prima primordial de la construcción de la identidad y del colectivo social al que pertenece.
La nostalgia se instala entonces en los paisajes del pasado, poblados de abundantes vivencias recurrentes, que representan fragmentos de historia propia y ajena.
El narrador recorre raudamente un mosaico de tiempo coagulado en nuestro imaginario, que le pertenece no sólo al propio Mauricio Rosencof, sino también a todos los uruguayos.
Los relatos contenidos en esta obra recrean y describen a un país que ha mutado rumbo al presente, a un presente que se compone del Uruguay de hoy pero también del ayer, atesorado obstinadamente por el recuerdo.
Una de las figuras que registra vívidamente la inquieta memoria del novelista es la del Gallego, un ex brigadista que partió al exilio desde la España de la tragedia de la guerra civil, buscando otro destino, distante de sus afectos y sus raíces.
Este emigrado expulsado de su tierra natal, un luchador que supo enfrentar a la conspiración fascista para defender a la democracia y la dignidad, inicia de este lado del océano- una nueva epopeya por la supervivencia cotidiana en condiciones adversas.
Mauricio Rosencof registra toda la carga emocional de este estigmatizado personaje, que procura reconstruir su vida desafiando al dolor de la distancia, la pérdida y el desarraigo.
La pluma del autor reconstruye elocuentemente la cultura de barrio que antaño identificó a nuestro Uruguay, que con su entrañable sentido de pertenencia- solía transformarse en una suerte de bálsamo para los forasteros, a quienes acogía como miembros de la comunidad.
Ese barrio hábitat, que hoy es apenas un mero espejismo de lo que fue, era una construcción simbólica, psicológico, sociológica y emocional, habitada por héroes anónimos.
Esta historia de trazo autobiográfico que evoca el barrio en el que coincidentemente nació quien escribe esta nota, está situado en pleno corazón del Parque de los Aliados (hoy Parque Batlle), muy cerca del Estadio Centenario de las grandes hazañas deportivas de la celeste y otras enseñas colmadas de gloria.
Los paisajes ciudadanos que reconstruye el entrañable «Ruso» están marcados también por el contraste que emerge de la pobreza, de los tuberculosos que sobrevivían a su bacilar estigma, condenados por una sociedad que por entonces les segregaba por temor al contagio.
El discurso literario del autor asume un trazo crítico, cuando describe las dicotomías sociales, determinadas por las asimetrías entre los que muchos tenían y lo que carecían de todo, a excepción de su dignidad y sus sueños.
El narrador rescata impactantes y elocuentes imágenes del pasado, nutridas de peculiares personajes del barrio y de ese patético desfile de tísicos que acampa junto al monumento al fútbol mundial, en vísperas de la disputa del campeonato sudamericano.
Allí, junto al silencioso coloso de cemento cuyas tribunas fueron bautizadas en alusión a las proezas deportivas del balompié nacional, transcurre una experiencia comunitaria y solidaria realmente singular, que la memoria de Rosencof transforma en materia literaria.
El escritor dibuja con su pluma otros ambientes y personajes inmortalizados por la evocación, como el Negro de la Mirada, el Castillo, el hojalatero Jacinto, el «macho» Gutiérrez, el garrapiñero Jesús, la Cristina, Zacarías y la Portera, entre muchos otros seres rescatados de los profusos anaqueles de su memoria.
Nombres y personajes que construían la historia cotidiana de un barrio, del paisaje ciudadano de la década del cuarenta del siglo pasado, la del Uruguay de «las vacas gordas» para algunos, que para otros eran siempre flacas.
Mauricio Rosencof describe, sin eufemismos, la desolación del hospital para tuberculosos, un territorio tan temido como inexplorado, habitado por almas irredentas sin hogar.
A la tragedia de la enfermedad marginadora, el autor contrapone al barrio como escudo contra la intemperie de la pobreza y la soledad. En ese contexto, recuerda la solidaridad de sus comerciantes minoristas, la tradición de sus costumbres y oficios, la iglesia Tierra Santa siempre de puertas abiertas y el cine teatro Metropol de la fantasía de las matinés domingueras.
También recupera del pasado a los personajes más típicos y respetados de esa experiencia de convivencia compartida, esos que eran intrínsecos a la identidad y la idiosincrasia ciudadanas.
El autor retrata la pobreza digna de antaño, de un país de firmes convicciones que sabía qué era y a dónde se dirigía.
En ese espacio sin fronteras geográficas pero sí tributario de una fuerte cultura de pertenencia, el gallego inmigrante construyó su propio «reino», entre sus baldíos cultivos de maíz, choclo y papas. La emotiva impronta literaria de Mauricio Rosencof permite al lector inhalar el olor de esta tierra prometida, con la que soñaron los inmigrantes que llegaron a este territorio hospitalario y se afincaron junto a nosotros.
Como si se tratara de un arquitecto, Rosencof edifica recuerdos sin cesar, añadiendo fragmentos de pasado, vivencias compartidas, afectos y solidaridades.
Hay postales muy elocuentes de esa «fauna» humana barrial,
que teje pacientemente su peripecia existencial y su destino de sobreviviente, de ollas populares desbordadas de puchero en los que la carne era casi una quimera, de desinteresada ayuda al desamparado y transpiradas piezas de prostíbulo.
El escritor intercala insoslayables referencias históricas en torno a lo que por entonces sucedía en el hemisferio norte, en la añosa Europa, irracionalmente desangrada por la más cruel de todas las guerras del siglo pasado.
Aún a la distancia, el acontecimiento provocó una intensa conmoción en nuestro hospitalario Uruguay, donde residían miles de inmigrantes refugiados, a quienes la pesadilla había robado bastante más que el sueño.
El gallego de este relato autobiográfico es en más de un sentido- un arquetipo de ese traumático proceso de desarraigo. Su humilde chacra, con los maizales y los choclos que crecen buscando el cielo, constituyen ciertamente un elocuente testimonio de la perdurabilidad de las utopías.
El ansiado arribo de la cosecha que alimenta a los famélicos estómagos de los desamparados, constituye toda una metáfora de lo compartido y del sentido de pertenencia que a todos incluye.
Subliminalmente, Mauricio Rosencof extrapola el raudo avance de la urbanización que va «aniquilado» a los baldíos barriales, con la marcha de las tropas franquistas en la guerra civil española que evoca el ex brigadista.
El progreso coloniza y estrangula el espacio vital de seres que viven en un territorio que sin dudas les pertenece, porque allí se han afincado con sus sueños a cuestas.
El narrador evoca que la plaga de langosta de dimensiones bíblicas, fue aún más implacable que la carga de las fuerzas de choque de la Metropolitana que pretendió desalojar a los tuberculosos instalados junto al estadio Centenario.
En este auténtico fresco evocativo que apela a la memoria de «otro» Uruguay, el escritor reconstruye el pasado y con él un fragmento capital de nuestra historia contemporánea.
Sin embargo, el rela
to está absolutamente desprovisto de personajes célebres. Deliberadamente, todos los protagonistas de la narración que es la memoria viva del autor- son criaturas cotidianas y jamás registradas por los cronistas e investigadores, como si jamás hubieran existido.
Rosencof recupera a los héroes anónimos, cuya épica real fue la suprema proeza de la supervivencia, a la intemperie de las adversidades y de la marginación.
Aunque estas experiencias íntimas constituyen una crónica del desamparo, el novelista plasma en su obra la geografía ciudadana de un país con identidad propia, en el que la sensibilidad abatía cotidianamente a la indiferencia que hoy se ha apropiado de nuestra compartida convivencia.
«El barrio era una fiesta» es un conmovedor cuadro costumbrista, que recrea la iconografía humana de un Uruguay solidario, cuya ética y espíritu humanista resulta indispensable recrear. *
(Editorial Alfaguara)
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