Cuando el amor deviene en tragedia
Esas tendencias compulsivas se expresan a menudo en situaciones de violencia extrema, que devienen en masivos asesinatos o masacres que nos colman de estupor.
En el decurso de su centenaria historia, el cine ha sabido capitalizar esos estremecedores fenómenos, adaptando incluso situaciones reales al celuloide.
Un ejemplo concreto, entre muchos otros, es la historia del asesino serial Alberto De Salvo, cuya pesadillesca peripecia de personalidad múltiple fue trasladada al cine en la década del sesenta, en El estrangulador de Boston, con una sorprendente actuación protagónica de Tony Curtis.
Sin embargo, quizás una de las películas que mejor retrató los tortuosos laberintos de una mente enfermiza en el territorio de la ficción, sea la recordada El silencio de los inocentes, del realizador Jonathan Demme, que en la década del noventa cosechó varios premios Oscar y permitió la definitiva consagración de Jodie Foster y Anthony Hopkins.
De todos modos, es claro que este género cinematográfico ha aportado más productos de baja calidad que títulos que ameriten ser recordados, porque la industria suele apostar más a la taquilla que al buen gusto.
En La dama de honor, el emblemático realizador francés Claude Chabrol construye un policial psicológico de atmósfera asfixiante, en el que las patologías humanas relegan la historia a un plano casi marginal.
Los personajes son casi todos enigmáticos y atribulados: un joven posesivo y dominante, una peluquera viuda que sobreprotege a hijos ya mayores, una adolescente cleptómana, drogadicta y dependiente y una joven hermosa, inteligente pero rodeada por una aureola de impenetrable misterio.
Fiel a su estilo minucioso, el famoso realizador va construyendo el turbulento perfil emocional de sus criaturas de ficción, que presenta paulatinamente como si se tratara de una pieza teatral.
La lente de la cámara va capturando las gestualidades de los protagonistas, permitiendo inferir la furia de las pasiones que se agitan bajo esos rostros inicialmente impertérritos.
En ese contexto, la historia evoluciona desde un mero cuadro cotidiano de conflictos familiares y afectivos aparentemente baladíes, a estadios de singular dramatismo.
A medida que avanza el relato, comienza a aflorar el lado más atormentado de casi todos los personajes, que se oculta tras esas inexpresivas máscaras.
Abundan los celos, los sentimientos ocultos, los instintos de posesión, las obsesiones y hasta algunas patologías de connotación freudiana.
Hay secuencias reveladoras de ese volcánico universo que subyace bajo las apariencias, como la del casamiento de una de las hermanas del protagonista. Allí, en medio del júbilo general, afloran soterradamente otras actitudes y motivaciones ajenas a lo que está sucediendo.
Chabrol trabaja en espacios físicos a menudo cerrados y opresivos, como el sótano donde vive la enigmática dama de honor, en el que la oscuridad del ambiente parece estar en sintonía con la grisura interior de una pareja unida por un amor enfermizo.
Como es habitual, Chabrol desafía permanentemente la inteligencia del espectador, mediante un lenguaje cinematográfico sugerente, moroso y despojado de eventuales golpes efectistas.
Esta es una historia de crímenes y pasiones desenfrenadas, que discurre entre el drama y el género policial, por más que la anécdota sea un mero pretexto para desnudar habituales paranoicas subyacentes.
En un reparto de sólido desempeño, sobresale la actuación protagónica de Benôit Magimel (que ya fue dirigido por el realizador galo en La flor del mal), de la hermosa y enignática Laure Smet y de la veterana actriz Aurore Clément.
Si bien La dama de honor no será recordado como uno de los mejores filmes de Claude Chabrol, la talentosa paleta artística del cineasta se nota en la prolijidad narrativa, la creación de climas y personajes y la sobria resolución de la trama. Puede verse. *
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