En la Fundación Proa porteña la Colección Tamayo
Es un acontecimiento de primera categoría. Pocas veces se tiene oportunidad de acceder a los maestros del siglo XX en países latinoamericanos donde escasean las colecciones. Es cierto, no es la audaz Colección Jumex que vino también de México al Malba con obras de estricta actualidad y los nuevos lenguajes, pero repasar los pintores fundadores de la modernidad, para generaciones jóvenes que ignoran sus antecedentes, no deja de ser una necesidad además de un privilegio. Sin descuidar la relación posible con las salas del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, donde existen piezas, legadas por Torcuato Di Tella, de excelencia extraordinaria.
El Museo Rufino Tamayo de Arte Contemporáneo Internacional se inauguró en la ciudad de México en 1981, dentro del bosque de Chapultepec. No pocas dificultades tuvo el emprendimiento a través de muchos años. Primero, luchar contra el nacionalismo azteca y la tradición del muralismo mexicano. Quebrar las reglas culturales establecidas fue precisamente iniciativa del pintor Rufino Tamayo (1899-1991), quien se apartó de las directivas culturales de la famosa trilogía integrada por Siqueiros, Orozco y Rivera, para encontrar una senda independiente. Sus contactos con el arte estadounidense a fines de la década del treinta y su largo exilio en Francia a partir de los sesenta, lo catapultaron como el emblemático renovador del arte en su país. Poco a poco, junto con su mujer, fue adquiriendo obras de amigos, viviendo en Nueva York o París. Así se incorporaron a su acervo obras sumamente significativas, no por representar el devenir histórico de la modernidad, sino por afinidades estéticas y otras muy ajenas a su obra. Influido por el surrealismo, Tamayo (su obra se conoció en Montevideo hace pocos años) acogió cuadros de Joan Miró (fechado en 1927, una témpera sobre tela formidable), Matta, Picasso (no del mejor), Max Ernst (notable), René Magritte, Dubuffet, Lam, Torres García (dos telas mediocres, de factura desprolija), Fernand Léger, Bacon, Andy Warhol, Motherwell, Saura y Millares que, confrontados en la misma pared con un sobrio e intenso Alechinsky, adolecen, más que nunca, de la retórica dramática española, mientras un soberbio Antoni Tapies se destaca por la madurez conseguida.
Hay un guión curatorial inteligente en la lectura de los diversos maestros (la colección es mucho mayor que el centenar de obras enviadas) y así la parte dedicada al arte cinético es sumamente brillante con un admirable Vasarely, rodeado de Soto, Cruz Diez, Le Parc, Marta Boto, esta última, poco conocida pero de gran autenticidad, que no abunda en las colecciones de su propio país. Los escultores Louise Nevelson, incorrectamente asociada a Torres García, Henry Moore, David Smith, Chillida, Lipchitz, Lasar Segal también marcan presencia en una colección de excepcional calidad, además de varias obras del propio Tamayo. Se puede disfrutar hasta el 18 de setiembre. *
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