Para ver o pasar de largo

Analía Sandleris, de corta e interesante trayectoria, mantuvo una línea de despojada estructura compositiva y retorna, luego de una experiencia en Alemania, con una serie de cuadros de 50×50 centímetros agrupados en paneles de varias hileras, juntas o separadas (también ocasionalmente aislados o en dípticos y trípticos), donde evidencia el virtuosismo de elaboración en la riqueza expresiva de blancos, negros e infinita gama de grises extendidos con variedad de recursos (espátula, pincel, goteado, raspados, grafismos) que remiten, en su obsesiva insistencia semifigurativa o abstracta, a las obras primeras de Anselm Kiefer y, por extensión, al informalismo y la neofiguración de los años cincuenta y sesenta. No le falta intensidad expresiva y lo curioso es constatar el regreso a la subjetividad gestual en una artista que prometía caminos más personales, como lo puso de manifiesto en una colectiva en el atrio del Palacio Municipal (Centro Cultural MEC).

A su manera, Nelson Ramos propone una incursión en su propio pasado, aquel de los años setenta en que rasgaba el papel con intención metafórica de una realidad inmediata. En Papel sobre papel, unas pocas obras absorbidas por la pétrea decoración de la galería El pasillo, Ramos documenta la exquisitez de su sensibilidad, la exactitud del corte y el recorte, la austera composición minimalista, el oportuno rasgado y la sabia elección de los diferentes tonos y texturas del papel pero el conjunto impresiona como un ejercicio maestral que poco agrega a su fecunda obra, de las más originales del arte uruguayo (Instituto Goethe).

Luego de una temporaria exhibición por la principal avenida de la ciudad, el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes, se instaló en el Palacio Santos. Profesores y alumnos que en una primera instancia convocaron pintura y escultura en relación con una determinada fecha y temática, prolongada sin razón durante seis meses para desconcierto visual del ciudadano, vuelven ahora con esculturas al interior de la (ampliada) galería y al patio colonial del Ministerio de Relaciones Exteriores. En la fachada principal cuelga el anuncio, bamboleante, de Bellas Artes en el Palacio Santos, con una escultura monumental en la vereda aunque la entrada es por la puerta lateral y directa de la calle Cuareim. A esa desorientación del visitante, en un horario (lunes a viernes entre las 11.00 y las 15.30) para turistas ocasionales, se agrega la poca imaginación y la deficiencia técnica de los trabajos afiliados a una estética lejana y ajena en el tiempo, en el espacio, en la circunstancia nacional, notándose la ausencia de investigación teórica como práctica que se realiza. No hay ninguna orientación didáctica que justifique la exposición (ni catálogo o texto de pared o fotocopiado), de obras que debieron permanecer o ser mostradas en el propio local en que se produjeron como simples ejercicios de taller (se confunde efectismo primario con creación) en un equivocado intento de desentralizar y sociologizar la actividad artística. Además del cartel anunciador de la muestra, el Palacio Santos luce en el techo otro enorme de la empresa de remodelación del edificio: ambos conforman un atentado estético al patrimonio arquitectónico nacional, ya deteriorado por los graffiti, que debieron ser eliminados de inmediato y antes que nada.

Más desconsoladora es la muestra auspiciada por los ministerios de Turismo, Cultura y Exteriores en la nueva y magnífica sede de la Embajada de Chile. En un viejo edificio reciclado de 25 de Mayo se colgaron, en varias hileras, pinturas de Artistas del Mercado del Puerto. No pudo ser más infeliz la inauguración de la agradable sala. Otra vez será. *

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