ARTE

Renovada tradición de la cerámica japonesa

Organizada por la Fundación Japón, no es la primera vez que la cerámica japonesa contemporánea recala en Montevideo. Hace una década, en el Palacio Municipal, por entonces con sala de exhibiciones por la calle Soriano, un montaje incisivo permitió acceder a una estética de notable calidad. En el suntuoso Palacio Taranco, sin iluminación ni espacio adecuados, las numerosas, extraordinarias piezas cerámicas no adquieren la rotundidad visual que merecen, muchas de ellas prisioneras en estrechas vitrinas recostadas a la pared, sin que el visitante pueda rodear la totalidad de las formas. Esas dificultades, característica de las limitaciones del ambiente museístico local, si perturba el disfrute de muchas obras, no consigue, empero, anularlo en la mayoría de los casos.

Es que la calidad e inventiva niponas se imponen a pesar de todo. Concentrada, en su mayor parte, en el tema de la vasija, son 71 obras pertenecientes a 35 artistas activos en siete de los talleres tradicionales del país, entre los cuales los célebres, varias veces seculares, de Seto, Bizen, Hagi, Mino y Arita. La muestra se subtitula La generación actual surgida de los hornos tradicionales japoneses. Son pues, artistas veteranos y jóvenes, nacidos entre 1953 y 1964, maestros consumados en la técnica, desplegando una generosa, variada inventiva de formas y dimensiones, tratamiento de superficies, espesor, color, diseño y textura.

Tienen, desde luego, una tradición ancestral. Una tradición que se remonta a la época medieval, introducida por los coreanos cuyos obreros trabajaron en la provincia de Bizen, en herencia recogida, como siempre, de los chinos que llevaron a la cerámica, en la época Sung, a la más perfecta expresión de toda la historia. Esa tradición, laboriosamente trasmitida por generaciones, nacida de la predilección por la ceremonia del té, un producto también importado de China, condujo a los artesanos japoneses a adquirir una nota de originalidad que los diferenciaron de sus colegas continentales y, aunque sin poder competir en calidad de arcilla ni en la sutileza decorativa, convirtieron los objetos utilitarios en utensilios refinados y exquisitos, de contenida emoción, esquivando muchas veces el peligro del buen gusto convencional de que hablaba el pintor Kazuya Sakai. Además, los japoneses acentuaron el tono individualista de la producción cerámica como lo afirma la existencia de numerosas personalidades que se han destacado (y se destacan), firmando las obras, y también por el talante íntimo que las caracterizó.

Así, la ceremonia del té, un ritual acompañado por la elección de los variados utensilios (jarra del agua fría, caldera para calentarla o tetera, cuencos, bandejas, cucharas, platos de cerámica) se convierte en un placer plural y sensorial: el contacto de los labios mientras se toma la bebida, el tacto al acariciar la taza y la vista, mientras se aprecia la cualidad de peso y el equilibrio de cada pieza. Esa complejidad de sensaciones a la hora del té, inexistente entre occidentales (aunque algunos se esfuerzan por imitar), hizo de la cerámica japonesa un elemento de enorme significación espiritual. Es imposible describir la rica variedad de colores de las 75 obras exhibidas (del blanco al negro, pasando por la sutileza de tonos intermedios hasta el estallido de colores puros), de las delgadísimas vasijas de Kawaki Tomoko (1957) a los enormes jarrones de Kurosawa Yuichi (1962), el tazón blanco de bordes barrocos y composición minimalista de Hasegawa Junko (1964), a los recipientes calados de Shibata Mariko (1957) o la enorme vasija con motivos lineales y abertura central, de Imaizumi Masato (1962). Cada cerámica tiene su propio encanto.

A la gratificante muestra japonesa hay que agregar otra que puede pasar inadvertida al despreocupado visitante. En las paredes cuelgan dos cuadros reveladores: uno, de Salvador Puig, Figura de mujer con flores, por su relación directa con Carlos María Herrera, y, más interesante aún, el Retrato de la señora de A. de Signorini, 1887,de Sorolla y Bastida, cuya parte inferior anticipa el estilo tumultuoso de Carlos F. Sáez. *

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