Porteñas excelencias y otras no tanto
No hubo nuevos nombramientos, no se atendieron los informes presentados para regular esas instituciones y las buenas intenciones del ministro actual José Nun, quizá por la inminencia de elecciones, quedaron durmiendo el sueño de los justos. Como afirmó Marcelo Pacheco, curador jefe del Malba, en una entrevista concedida a la revista Ramona, «para nuestro Estado las artes son un tema irrelevante. Continuamos en grado 0 en cuanto a políticas culturales en las artes visuales. Los funcionarios culturales, en general, carecen de una visión contemporánea y sus pensamientos son anacrónicos». Es un comentario que se aplica, como anillo al dedo, a la situación uruguaya. La diferencia radica en los múltiples resortes, públicos y privados, que se movilizan en Argentina y los limitados de acá, con pocos nombres, siempre los mismos (amigos) en lo nacional y municipal. Como dijo Pivel Devoto luego de dirigir durante 42 años (y nadie protestó) el Museo Histórico Nacional, «soy muy quedativo». Como lo son los funcionarios, pasando de la órbita comunal a la nacional, prolongando sine die un sistema operativo gastado. Así va la cultura nacional, con la soberbia como buque insignia.
Centro Cultural Borges
Situado en pleno centro, desde su aparición en 1995, el Centro Cultural Borges no consiguió una orientación definida. Oscilante entre la mediocridad comercial (ignotos pintores locales o célebre extranjeros) y las ocasionales excelencias (pasa exactamente lo mismo en el Centro Cultural Recoleta), acoge en estos momentos una buena antológica de grabados de Andy Warhol, un proyecto de la Fondazione Antonio Mazzotta de Milán y la Galería Sonnabend de Nueva York, en un recorrido itinerante por varios países latinoamericanos que, por ahora, no incluye Uruguay. Faltan los aspectos más urticantes de su producción referidos al erotismo que una bienal paulistana documentó con acierto, aunque abunda en la deliciosa obra de los años 50. Ahí está (casi) todo lo que se quería saber sobre Warhol y pocos conocen por estas latitudes, incluyendo los filmes y la revista Interview.
Al lado, otra muestra de grabado, escultura y orfebrería de Salvador Dalí, de la colección Enrique Sabater, el sospechoso secretario y administrador privado del artista, abarrotada de obras menores y ausencia total del talento que fue en sus primeros años surrealistas, con algunas imágenes de la serie Casanova, de perverso erotismo. Entre ambas muestras, versiones infames en teselas de mosaico de diseños por Marta Minujin, aunque la diva parece muy complacida en el derroche de vulgaridad y torpeza artesanal.
Por las diferentes y amplias salas del CCB se habilitan espacios de mediocridades que llevan la firma curatorial de Diana Saiegh y Julio Sánchez. Deprimentes. A la entrada, para ser inaugurada el 11 de setiembre, esculturas recientes del escultor uruguayo Ricardo Pascale, con curadoría de Sarah Guerra, en una vuelta de tuerca hacia la figuración que no lo beneficia.
Centro Cultural Recoleta
A la inteligente Nora Hochbaum, directora general del CCR, como a sus antecesores, se le escapa la elefantiásica dimensión de la institución. Si por un lado, en la Sala Cronopios, el nivel es siempre de alta calidad, en los numerosos e interminables cubículos restantes las muestras son penosas como ocurre con Diana Chorne, que se reclama sucesora de Joaquín Torres García, en juguetes de madera pintadas, desprolijos y mal realizados que asombra leer elogios de Hochbaum, Laura Malosetti y Adolfo Nigro en el lujoso catálogo.
Mayor interés, por el profesionalismo curatorial, son las exhibiciones de la mexicana Betsabée Romero, conocida en la última bienal del Mercosur con su automóvil cubierto en el exterior de vidrios rotos, y una feliz idea sobre el tratamiento de neumáticos, grabando en el caucho diferentes imágenes culturales que deja impresa, como rodillos, en el piso, diferenciándose de las conocidas instalaciones de la brasileña Regina Silveira. Rogelio Polesello, un cinético argentino de segundo orden, de impecable oficio, está muy bien presentado por Mercedes Casanegra, y las extrañas, sugestivas pinturas del holandés Mark Brusse, levantan (ma non troppo) el panorama de la institución.
Museo Nacional de Bellas Artes
Más sereno, aplacado de vanguardismo por la feliz intención recuperativa de la historia del arte nacional del director Alberto Bellucci, el MNBA, registra dos muestras temporarias: de Alberto Delmonte, a la sombra torresgarciana, soberanamente aburrida en sus escasas variaciones constructivas, y una modesta antología de la escultora María Simón que tuvo un momento aceptable en las décadas de los setenta y ochenta, mientras estuvo casada con el influyente crítico Jacques Lassaigne que le efectuó una importante exhibición en la Fundación Gulbenkian de Lisboa. Pero en esas salas pasó hace poco, la excelente muestra colombiana Otras miradas, que hasta ayer estuvo en el museo del parque Rodó.
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Malba
Es el espacio cultural porteño más dinámico y vital, cuidado y elegante. Ninguna muestra decepciona, inclusive con la del supervalorado Xul Solar que actualmente ocupa la principal sala con Visiones y revelaciones, obras menores referidas a sus relaciones con religiones y el ocultismo, muy aptas para el psicoanálisis y la literatura. Los jóvenes experimentales tienen lugar como ocurre con Transformaciones azarosas, tres instalaciones de Andrea Juan, Mariano Sardón y Paula Senderowicz, sencillas y eficaces en su formulación, seleccionadas por la curadora Corinne Sacca Abadi.
El Malba editó ¡Vamos al Malba!, 15 obras de la Colección Costantini para chicos, libro de casi cien páginas de inspirada diagramación, un proyecto para interesar a visitantes escolares que, por su importancia, vale la pena comentar con mayor detención.
A pocas cuadras del Malba, en el Museo Metropolitano, con una historia reciente de crímenes e incendios, se inauguraron demasiadas de pinturas y dibujos de Carlos Ferreira, santafecino de 1937, autodidacta, director y actor de teatro, increíblemente santificado por Julio Sapollnik (que tuvo mejor criterio en otros tiempos), un oficiante que se limita a repetir, con ineptitud de dibujo y solemne hartazgo con aspiraciones humorísticas y costumbristas, formas bastardeadas de Botero y Molina Campos, el ilustrador del almanaque Alpargatas, con un tono ya no populista sino populachista que harían el regocijo de las actuales directivas culturales y del patrimonio.
Fundación Cultural Proa
En el corazón de la Boca, a orillas del Riachuelo (que con viento desfavorable contamina el aire hasta lo insoportable) está la Fundación Proa, orientada por Adriana Rosenberg. La espléndida Colección Internacional del Museo Rufino Tamayo, México, consiste en 64 esculturas y pinturas firmadas por Miró, Magritte, Ernst, Dubuffet, Picasso, Brauner, Bacon, Léger, Matta, Lam, Rothko, Motherwell, Francis, Manessier, Tapies, Millares, Saura, Warhol, Lichtenstein, Larry Rivers, Chisto,Vasarely (deslumbrante). Le Parc, Sobrino, Camargo, Soto, Cruz Diez, Chillida, Moore, Lipchitz, David Smith, Bonevardi, Nelvelson, que, por su importancia, merece una nota aparte. Permanecerá habilitada hasta el 12 de setiembre (septiembre para los argentinos) y es el acontecimiento del año en Buenos Aires.
Centro Cultural de España
En el bien diseñado espacio, ahora intervenido por artistas en puertas, vidrieras y hasta en los baños, con hallazgos sonoros divertidos, se alojan seis fotógrafos españoles, sin mayor mérito, y una intervención en la pared de Cristian Segura, con recursos discretos pero muy transitado
s.
Dos galerías
Entre las numerosas galerías porteñas, dedicadas a muestras pictóricas convencionales, para el gusto convencional de los coleccionistas vernáculos, se destacan la Fundación Alberto Elía – Mario Robirosa, en la calle Azcuénaga, con una impecable serie de acuarelas a modo de instalación de Diego Perrotta, un talentoso dibujante joven ahora desviado hacia lo pictórico y guiñadas a Xul Solar, demasiado insistentes. Por su parte, Ruth Benzacar, sin los fulgores de antes, cuelga obras de Miguel Rothschild, nacido en 1963, alumno de Rebecca Horn, un argentino de ascendente prestigio, residente en Alemania, con acrílicos, collages y vitrales de celofán de segura intención renovadora. *
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