"HELDENPLATZ", DE THOMAS BERNHARD, EN EL TEATRO SAN PEDRO DE PORTO ALEGRE

Una inolvidable y difícil obra teatral

Heldenplatz» es la última obra de Thomas Bernhard, quien muere unos meses después del estreno.

Bernhard no perdió la oportunidad de vocear desde el escenario sus ideas sobre Austria y en las primeras líneas Zittel (Ida Celina) da cuenta de que el profesor Josef Schuster, que se ha suicidado, decía que «Ahora todo es mucho peor aún que hace cincuenta años». Si todo es peor que hace cincuenta años, si, como dice Schopenhauer, el filósofo preferido de Bernhard, «la vida está sufriendo», no hay seguridad de que Hitler haya sido derrotado. El profesor Josef Schuster era judío; ello no le impide ser un nazi para su ama de llaves Zittel (Ida Celina), a quien hostiliza hasta con la manera exacta de doblar una camisa. Ella todavía lo odia, o lo ama, o lo odia porque aún lo ama, aunque no debe ni puede decirlo; pero también puede ser despótica donde la dejen. También debemos comprender que el odio de Bernhard por Austria, esa «…tierra de seis millones y medio de idiotas», es la réplica de un amor no correspondido; y Schuster muestra una cicatriz de Bernhard cuando dice de su madre «Nunca se ha ocupado de mí». ¡Cómo habría querido Bernhard que su madre se ocupara de él, y que los austríacos fueran como los portugueses, a quienes considera los abanderados de la verdadera vida!

La puesta en escena de Luciano Alabarse subraya el sentido político de la pieza, con las cinco grandes banderas rojas con el círculo blanco que incluye la svástica negra. Aparecen tanto al principio, como un prólogo a las tres acciones de la pieza: la de 1938, con el discurso de Hitler en la Heldenplatz anunciando la anexión, luego lo que sucede en la postguerra, «cincuenta años» después y por último el apocalipsis final, donde la esposa de Josef Schuster cae sobre la mesa, desmayada o muerta, en tanto se oye con un volumen creciente la voz de Hitler y caen las banderas nazis sobre la familia reunida y a punto de partir, como los judíos de la Biblia, comiendo de pie los panes ázimos y las lechugas amargas. Sabemos o creemos que las banderas nada significan hoy; pero, obsoletas como son, caen como una mortaja sobre una vida que ya se ha extinguido. Los muertos entierran a los muertos. No sabemos, y es nuestra responsabilidad, cuál puede ser nuestra vida después del nazismo; debemos preguntarnos, con T.W. Adorno, en su ensayo de 1966, cómo debe ser la educación después de Auschwitz, o, para hablar en castellano, cómo debe ser la educación, comprendida la de los oficiales y reclutas, después de la Operación Cóndor, el general Cristi y el batallón 13, todos los horrores con los que aún hoy, en medio de tortuosos pasos de comedia, rehusamos enfrentarnos. Quizás deberíamos reflexionar sobre el nacionalismo, sobre el deporte, con su extraña identificación con lo colectivo, que tanto orgullo parece suscitar y aún sobre el culto de la «eficiencia». Es posible que no haya respuestas; es posible que debamos vivir, no sobre certezas sino en vilo, precarios e inestables como en la cuerda floja, conscientes de la ingravidez de esas nieblas que llamamos nuestra vida.

La pieza se beneficia de una artística escenografía de Sylvia Moreira, que emplea a consciencia y con gran sentido plástico las posibilidades del teatro San Pedro; algunos efectos son inolvidables, como la nieve que cae tras la ventana, como ese soplo gélido que los Schuster tratan en vano de alejar de lo que queda de sus vidas, o la escena del segundo acto, que reúne a una gigantesca fotografía de la Heldenplatz en el fondo con árboles truncados que sugieren el cementerio y la frustración sobre el desesperanzado regreso de los deudos.

Luiz Paulo Vasconcellos interpreta a Robert, el hermano del muerto, también un profesor ; debe prestarse al personaje y a través de él a Josef, el muerto, que va uniéndose a la mente del hermano vivo.

En todas las escenas es admirable la composición, la expresividad de los gestos, muy medidos, con que debe dar un personaje, una situación, un pasado y también un estrecho futuro. Ida Celina tiene el papel femenino más extenso, el de la casi trágica ama de llaves, no menos viva que la inmortal Francoise de «A la recherche du temps perdu», con gran poder expresivo en la perfecta modulación de la voz y en la pose del cuerpo, que en ocasiones lo dice todo sin palabras. Sandra Dani logra dar vida a un personaje que parece casi irreal, transparente, como la viuda de Josef Schuster, que en una gran escena final sale de una situación de ajenidad, como si formara parte de un museo o de la galería de retratos, para adquirir una fantástica dimensión y sentido simbólico lo que, como por un proceso fatal de transfiguración y muerte, culmina en su caída sobre la mesa, que significa un fin que no se ha querido, un destino impuesto a la fragilidad humana. Los demás actores, en sus distintos personajes tienen un único estilo de actuación y hacen sentir una perfecta comprensión de esta difícil e inolvidable obra. *

 

HELDENPLATZ, de Thomas Bernhard, con Ida Celina, Arlete Cunha, Evelyn Ligocki, Ekin, Luiz Paulo Vasconcellos, José Baldiserra, Zé Adaqo Barbosa y Sandra Dani. Escenografía de Sylvia Moreira, iluminación de Claudia De Bem, vestuario de Malu Rocha, traducción, banda sonora y dirección de Luciano Alabarse. Estreno del 21 de julio, teatro San Pedro, Porto Alegre.

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