CHARLIE Y LA FABRICA DE CHOCOLATE: UNA FABULA ALUCINANTE

Pecados de una sociedad alienada y exitista

En realidad, esta última propuesta del cineasta Tim Robins (El joven manos de tijera, Batman, Ed Wood, El gran pez) recoge el espíritu original de las fábulas «para niños» sin descartar esa posible dosis de perversión que tan prolijamente detalló Bruno Bettelheim en su libro «Psicoanálisis de los cuentos de hadas». Para redondear esta propuesta, por supuesto, tiene el apoyo literario de Roald Dahl, (un autor que ha sabido dosificar esa extraña mezcla de aterradora fascinación en sus relatos), además de una infraestructura tecnológica que le permite plasmar en pantalla todos los delirios habidos y por haber.

La trama, ampliamente conocida por millones de lectores en el mundo entero (que además ya contaba con una primera versión cinematográfica), presenta al excéntrico Willie Wonka (Johnny Deep), un fabricante de golosinas que decide legar su fábrica al niño que cumpla una serie de requisitos muy especiales. Para ello, organiza un concurso donde varios niños resultan favorecidos y acceden a ese misterioso lugar de donde salen los chocolates más sabrosos del mundo. Este pasaje también supone, desde luego, el ingreso a un alucinante microuniverso onírico. Probablemente esto -junto a alguna que otra guiñada cinéfila (Psicosis, 2001, Odisea del espacio, etcétera)- resulte el verdadero plato fuerte de una obra que funciona como sueño disparatado con ríos de chocolate (¿Strawberry fields for ever?), ardillas reclutadas como procesadoras de nueces, indígenas enanos (los Oomma Loompa, que en realidad es uno multiplicado mil veces por un ordenador digital), botes de caramelo y un ascensor de vidrio que vuela impulsado por cohetes, entre otras locuras. (El paquete también incluye, no está de más señalarlo, varias coreografías musicales que se integran perfectamente al nivel de fantástica absurdidad que posee el conjunto).

Junto a esto, aparece una galería de personajes esteriotipados que representan los posibles vicios de una sociedad consumista (Augusto, el gordo glotonazo que se come todo; Veruca, la niña rica, mimada y caprichosa; Violeta la competitiva campeona de karate y mascado de chicle; Mike, un «sabelotodo», obsesivo jugador de videojuegos) y se enfrentan, en desigual lucha, al humilde Carlitos, un inteligente niño y referente modélico de los valores familiares. Pero más allá de la moraleja que encierra el largometraje, el impacto audiovisual también hace lo suyo gracias maravillosos efectos especiales que permiten contar, por ejemplo, con pequeños robotitos denominados animatronics (en este caso, las ardillitas ya mencionadas) y otros efectos especiales cercanos a lo inverosímil. En resumen, una locura recomendable que quizás pueda ser disfrutada más por adultos que por los niños, aparentes destinatarios de esta empalagosa demencia de Burton, un freak que no pierde oportunidad a la hora de tirar sus dardos contra los pecados de una sociedad alienada y exitista. Vale. *

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