Sobre un vampiro del siglo XVI
Erzébeth Bathory, condesa húngara nacida en 1560, asesinó a unas 610 jóvenes para bañarse en su sangre y así conservarse lozana y bella. Pero todo se descubre y Erzébeth es condenada a envejecer en una habitación sin ventanas, de la que no saldrá; no tendrá más mueble que un espejo, que le dirá el arribo de su decrepitud. El contradictorio programa de mano asevera que además Erzébeth fue condenada a muerte; las páginas de Internet limitan el castigo al confinamiento.
Aquella información del programa es lo único claro de esta obra. El autor y director, Nelson González, a quien se debió una pieza, no menos oscura, llamada adecuadamente «Tinieblas», sobre unas monjas excéntricas (en Teatro Abierto), se limita aquí, en no más de cuarenta minutos, a suplementar la trama original con una letanía o autoelogio a cargo de esta aventajada discípula de Drácula. No hay acción alguna, salvo unos movimientos de la condesa entrando y saliendo de una especie de pedestal o trono. Muy poco o nada pudimos comprender; ni siquiera pudimos acertar con el momento en que terminaba la obra, fallo en que nos acompañaron todos los espectadores del día del estreno, incluyendo a los que dormían. Supimos, es cierto, que la impenitente condesa se consideraba una reina; también pudimos verificar que el autor no toma en cuenta más que los lugares comunes de la seudopoesía, como «…la rosa de mármol ríe», «el impacto del rocío» y otras imágenes vacuas que harían las delicias de los admiradores de Marosa di Giorgio.
La intérprete (Camila Carbajal) emplea, quizás para recordarnos que Erzébeth era húngara, un acento extranjero inidentificable y un arrastrar sin fin de todas las erres: «murros» en vez de «muros», «funerrales» en vez de «funerales». Todo un detalle, un accesorio; cuando se desatiende lo que importa los detalles reinan. Así la lujosa escenografía en rojo y negro, el vestuario suntuoso, las luces aplicadas. Como último y definitivo adorno, Erzébeth luce en sus manos, como sobrededos, unos cuchillos que le debe haber prestado Freddy Krüger.
A no alarmarse con el «teatro joven»: hay en la obra tan poca crueldad auténtica como verdadera poesía. La preocupación del autor con los aspectos más negativos del «eterno femenino» es visible; pero ello no explica el empleo del muy difícil tema de Erzébeth Bathory como mero disparador de una divagación. *
ERZEBETH, de Nelson González, con actuación de Camila Carbajal. Escenografía de Verónica Lagomarsino y Claudia Sánchez, luces de Claudia Sánchez, dirección de Nelson González. En Teatro Circular.
Compartí tu opinión con toda la comunidad