Una clara provocación al espectador
Del filme en sí mismo se ha dicho que era una mezcla de esquizofrenia y los postulados del Dogma, y de hecho ha contado con el apoyo de Thomas Vinterberg, el principal colaborador y amigo de Lars von Trier (y autor de una de las mejores «películas Dogma»: La celebración). Pero lo que el filme se propone es en realidad subvertir el rígido catálogo del movimiento danés, descomponiendo la imagen y renunciando a toda convención narrativa, para desconcertar al espectador mediante el uso (y hasta abuso, ha dicho alguien) de cámaras digitales, diciéndole adiós a los planos-secuencia, a los travellings, al plano y contraplano.
Lo que se muestra en Julien Donkey-boy es el proceso de esquizofrenia del personaje central, Julien, y pareciera que es él mismo quien ha elegido la forma de rodar, que es la antítesis de lo cinematográfico en el sentido clásico del término. El desequilibrio se extiende incluso a la manera de concebir las secuencias, que son meros retazos insertados uno tras otro sin aparente conexión entre ellos, y con unas mínimas líneas de diálogo que a menudo no contribuyen a hacer más comprensible la película.
El espectador es provocado a cavar hondo para componer el cuadro familiar del personaje, que supone una extensión de su propia enfermedad. Rodeándolo hay una hermana embarazada, un hermano atleta y emocionalmente inestable, un padre desquiciado y déspota. A diferencia de su anterior (y primer) filme Gunmo, en el que Korine provocaba un deliberado distanciamiento respecto a sus personajes, en esta indagación en lo sórdido hay una mirada piadosa sobre éstos, que solo pueden ser contemplados con ternura porque la oportunidad de redención les queda lejos. A ello contribuye un espléndido ejercicio de improvisación actoral, desde la siempre correcta Chloé Sevigny hasta el despótico padre, al que da vida el director Werner Herzog, fiel defensor del Dogma que es indirectamente homenajeado con alguna referencia a Aguirre, la ira de Dios.
Entre lo horrendo, lo patético, lo absurdo y el caos, Korine proporciona un fresco demoledor, árido y fascinante a la vez, que se introduce con una absoluta libertad formal en los entretelones menos amables de la psiquis humana. Es una deliberada provocación, y a mucha gente no va a gustarle, pero quien supere esa primera impresión puede encontrarse con una de las reales experiencias cinematográficas de la temporada. Premio al mejor actor (Ewen Bremner) y mención especial a la fotografía en el Festival de Buenos Aires 2000, mejor dirección artística en el festival de Gijón 1999.*
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