Gulbenkian, magnate y coleccionista
Hace 50 años, el 20 de julio de 1955, falleció en Lisboa el magnate del petróleo y coleccionista de arte, Calouste Gulbenkian.
En los días tempranos y turbulentos de la industria del petróleo, varios nombres quedaron vinculados a su historia: Rothschild, Rockefeller, Getty, Deterling y Gulbenkian. Una época en que los beneficiarios de enormes fortunas derivadas del oro negro, en lugar de ser países o dirigentes de empresas multinacionales, eran individuos. Hombres audaces y emprendedores, combinaron exitosamente el talento y la falta de escrúpulos, la inclinación por el poder y el gusto refinado por saborearlo. Acumularon, al mismo tiempo que incalculables fortunas, sensacionales colecciones de arte, hoy convertidas en famosos museos.
Calouste Sarkis Gulbenkian fue uno de esos pioneros. Especie de niño prodigio (nació en Estambul en 1869, hijo de una familia de ricos comerciantes armenios), cuando aún no tenía 17 años ingresó al King´s College de Londres, graduándose con brillo dos años más tarde como ingeniero civil, con una tesis sobre ingeniería minera y su relación con el petróleo. Ocupándose de asuntos financieros de su familia, visitó las instalaciones petroleras rusas de Bakú y escribió artículos basados en esas experiencias en la Revue des Deux Mondes en la que depositaba toda su confianza en el petróleo como uno de los elementos fundamentales del mundo moderno.
El artículo lo catapultó a la fama. Instalado en Constantinopla, se convirtió, de importante hombre de negocios, en el centro fundamental de todas las transacciones y opiniones que se pudieran hacer en las áreas petroleras del Cercano Oriente.
La vida de Gulbenkian es un guión apto para el cine. A raíz de los masivos asesinatos de armenios en 1896, Gulbenkian se exilió con su familia y huyó a Egipto. En el barco que viajaba conoció a un ruso armenio, uno de los grandes de la industria petrolera rusa. Con endiablada habilidad quedó ligado a él como secretario privado cuando ambos se instalaron en El Cairo. Allí se benefició de la amistad del gobierno y de los diplomáticos británicos. Al año estaba en Londres como representante de los exportadores rusos, vinculado al poder financiero internacional. A pesar de haber escapado de su país, Gulbenkian quedó en buenas relaciones con el gobierno turco y fue consejero financiero del gobierno en las embajadas de París y Londres. Consolidado su prestigio, se lanzó a la aventura mayor: la búsqueda de petróleo en el Oriente Medio. En ese complejo núcleo de voraces intereses, Gulbenkian fue un negociador de reconocidas virtudes, estableciendo acuerdos con la banca inglesa, alemana y la compañía Shell, reteniendo para él un porcentaje del cinco por ciento de las transacciones petroleras turcas. Desde entonces pasó a ser conocido como Mr. 5%.
Poseedor de varios pasaportes como embajador de varios países, la Primera Guerra Mundial lo sorprendió en plena actividad y en el auge de su brillante talento especulador (se dice que auxilió a Lenin durante la revolución a cambio de algunas obras del museo del Ermitage para su ya comenzada colección de arte, varios Rembrandts). En su residencia parisina de la avenida de Iena acumuló una rigurosa colección de objetos de arte, casi sin rival en el coleccionismo privado internacional.
En 1942, la II Guerra Mundial lo empujó a salir de Europa, Se dirigió a Estados Unidos junto con su colección. Pero en su pasaje por Lisboa se enfermó. Atendido por un médico portugués con eficacia y satisfacción, quiso conservarlo. Esta fue al parecer, la razón de su radicación lusitana hasta el fin de sus días. Vivió en el hotel Aviz, hoy desaparecido, con un ejército de ayudantes y empleados mientras atendía por teléfono sus negocios urbi et orbi. Quizá le atrajo el Portugal del dictador Salazar, de aparente tranquilidad en una sociedad sometida que todavía prolongaba la manía imperial y aristocrática, siendo refugio de muchas cabezas coronadas en el balneario Estoril. Quizá le atrajo ese país de blandas costumbres y elegantes comportamientos. Nunca se aclaró la razón de esa elección por Lisboa. Lo cierto es que dejó, un mes antes de morir, una fundación que lleva su nombre e instituyó en su albacea portugués, el doctor Azeredo Perdigao, el cumplimiento de su voluntad, que sería presidente de la Fundación Gulbenkian hasta una edad muy avanzada, esquivando con enorme sutileza diplomática los embates tanto de la dictadura salarista como la de los revolucionarios de abril de 1976, que quisieron apoderarse de ese extraordinario patrimonio cultural.
Portugal en la década del 50 estaba «orgullosamente solo», al margen de cualquier atractivo turístico. País pobre y colonialista, con una férrea dictadura, el legado de Gulbenkian (desestimó las ofertas de Londres o Nueva York con estimulantes incentivos culturales, políticos y fiscales), revolucionó el panorama de las artes contemporáneas y las ciencias portuguesas, estableció becas de estudio de nacionales al extranjero (única manera de salir de artistas e intelectuales) y para extranjeros que vinieran a estudiar a Portugal, que luego se enriquecería con la instalación de dos museos poblados de suntuosos objetos (lámparas sirias, trajes turcos, tapices orientales, cerámicas, libros iluminados del Cercano Oriente, únicos en el mundo) junto a cuadros de Lochner, Ghirlandajo, Rembrandt, Rubens, Franz Hals,Van Dyck, Boucher, Fragonard, numerosos Corot y Guardi, Degas, Renoir, Gainsborough, Lawrence, Rommey, Burne-Jones, Rodin, Degas, Manet, Monet y una deslumbrante y numerosa colección de joyas de René Lalique, entre otras obras que prácticamente arrancan del antiguo Egipto y culminan en el siglo XIX. Hace pocos años se edificó un Centro de Arte Moderno (Gulbenkian no era afecto al arte actual), además de tener varias revistas regulares (de arte, literatura, ciencia), una propia orquesta y cuerpo de baile (ambos de justificada fama) que, justamente, este año, fue disuelto. Es que la crisis es global, sin duda, aunque ya se arrastraba desde hace una década. Con menos recursos, dependiendo de los vaivenes del precio del petróleo, el accionar de la Fundación Gulbenkian continúa con su actividad de una importancia fundamental para Portugal. *
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