EL BANDA ORIENTAL: A 25 AÑOS DE UNA IMBORRABLE EXPERIENCIA ARTISTICA

Un teatro con la raíz en su tiempo

El Teatro de la Banda Oriental nació en el año 1970. Ninguno de sus integrantes había pensado en concretar un proyecto de esa naturaleza cuando un grupo de cañeros, que venían en marchas a Montevideo pidiendo tierras para trabajar, nos convocó. Había que «armar algo de teatro» para los actos de solidaridad que realizarían algunos sindicatos en apoyo a la lucha de los cortadores de caña que Raúl Sendic había conseguido organizar.

Conrado Britos (Coco), Susana Castro, Fernando Gilmet, Irene Grassi (Gaby), Roberto Jones, Ernesto Laíño, Marisa Montana, Alfredo Torres (Tobi), y yo proveníamos del movimiento teatral; Juan Techera y Teresa Trujillo, fundamentalmente, de la danza moderna.

Comenzamos a reunirnos para la tarea. Primero recogimos textos dispersos, algunos datos, poemas, etc., se repartieron entre los actores y actrices, y «armamos» un pequeño sketch que una vez presentado dejó conforme a los cañeros y al público militante que lo vio, pero no a nosotros que pensábamos que se podía elaborar una pieza un poco más estructurada.

Entusiasmados con la idea, nos repartimos el trabajo. Comencé a escribir algunas escenas. El periodista Ettore Pierri me había provisto de algunos datos hasta ese momento poco conocidos con respecto a la labor de Sendic en Bella Unión y me había relatado ciertos hechos de los que había sido testigo. Yo llevé al grupo aquellos textos que fueron destripados, reacomodados y vueltos a armar por sugerencia de todos.

 

«Hacia la tierra»

Finalmente una obrita de una hora y media de duración vio la luz: «Hacia la tierra». En ella se hablaba de las marchas de los trabajadores campesinos, azucareros y remolacheros hacia Montevideo para reclamar por sus derechos ante el Parlamento, y la necesidad de obtener tierras para trabajar, las mismas tierras que pese al Reglamento artiguista seguían en manos de terratenientes. Y explicaba cómo por falta de respuesta de las autoridades ante situaciones de injusticia los más jóvenes se veían empujados a la lucha armada.

Aunque obviamente el toque panfletario no estaba ausente, tratábamos de conservar el buen nivel artístico. Desfilaban por la escena personajes reconocidos por los uruguayos aunque poco abordados por la dramaturgia nacional: Orosmín Leguizamón, quien fundara el sindicato remolachero, Raúl Sendic, el «abogado justiciero» de los cañeros, el dos veces secuestrado Pereira Reverbel, y otros. Las canciones, que sin ningún pudor yo misma había realizado y cantaba, enlazaban las diferentes escenas, pero ante la necesidad de incluir una voz masculina, un joven cantante proveniente de la llamada entonces música folclórica, Jorge Estella, se agregó al grupo.

Si bien, al mismo tiempo que actuábamos en la pieza, todos «los del Banda» opinábamos e interveníamos algo caóticamente en la puesta en escena, Ernesto Laíño terminó ejerciendo la dirección apuntalado por Teresa Trujillo. Por fin, «Hacia la tierra» se presentó en el entonces «nuevo» teatro El Galpón de 18 de Julio. Al espectáculo asistieron cañeros, algunos militantes políticos, intelectuales, teatreros y público en general.

Al finalizar el espectáculo, el elenco se reunió a solas y algunos manifestamos nuestra decepción. «No les gustó, no les gustó», nos decíamos. Entonces el espíritu pionero de Marisa Montana salió a relucir. «¿Qué nos importa lo que piense una manga de intelectuales? Ellos están en otra. Los cañeros estaban contentísimos. ¿No los vieron? Nosotros hicimos esta obra para otro público. Vamos a ver qué pasa cuando empecemos a recorrer las fábricas ocupadas y los lugares donde hay gente que no viene nunca al teatro». El ecuánime Tobi se agregó a lo positivo y poco a poco aquellos compañeros fueron levantando el ánimo de todos, aunque no se necesitó de mucho tiempo para reconocer que tenían razón.

El grupo iba a cualquier rincón de Montevideo y del Uruguay todo, donde se necesitara apoyar una medida solidaria o combativa. Las fábricas textiles, ocupadas o no, fueron la mayor reserva de nuevos espectadores, pero también cantegriles, pueblos y ciudades del Interior.

La experiencia fue gratificante. A algunos lugares se tuvo que asistir dos, tres, cuatro veces, y Tobi empezó a contabilizar los espectadores: se superaba ampliamente a los que acostumbraban pisar los teatros.

El grupo comenzó entonces a elaborar la teoría: había nacido como un teatro sin sala porque había elegido un público que no iba al teatro, las obras a encarar serían todas de tono social-combativo, el estilo de actuación debía cambiar -al tener que elaborar personajes reales, vivos y conocidos- y el estilo dramático también. De modo que la estructura de los textos, el enlace de cortos sketch con canciones y relatores, hizo que el trabajo se emparentara con el estilo murguístico. El grupo estaba orgulloso. Era un teatro originalmente nacional y, aunque algunos intelectuales manifestaran un abierto disenso, la gente continuaba acercándose a pedir que abordáramos temas que les preocupaban. Desocupados, obreros, los sin tierra del momento, jóvenes, jubilados, todos tenían ideas para darnos. Ellos mismos irrumpían en medio de nuestras funciones agregando comentarios a nuestros parlamentos, o cebándonos mate mientras actuábamos en medio de las máqui- nas detenidas de una fábrica en conflicto.

 

No calificamos como teatro «unitario»

En 1971 nació el Frente Amplio. La Coordinadora de Intelectuales y Artistas de este movimiento realizó reuniones con todos los grupos con la finalidad de apoyar al Frente en la campaña electoral y «llevar el teatro a la gente». El Banda Oriental también fue convocado. En la reunión el grupo señaló que había nacido con la finalidad de trabajar exclusivamente para el público que no iba al teatro, pero los convocantes a la reunión advirtieron que habría un jurado teatral que controlaría el material, de manera que el mensaje fuera «unitario» y se atuviera a la línea frentista. «Los del Banda» sabíamos que lo que presentábamos no era precisamente «unitario», ya que en él no se ponía el acento en la democracia electoral sino que más bien se intentaba explicar el origen y las causas de la lucha armada y su inevitabilidad. Pero igualmente nos presentamos a la prueba de admisión. Obviamente nos dijeron que el espectáculo no reflejaba la línea del Frente Amplio y no era «unitario». Sin embargo, se nos permitió participar en los actos políticos, cosa que no nos robaba el sueño porque de todos modos seguíamos siendo requeridos por el público que habíamos ido a buscar.

Vinieron entonces otros espectáculos elaborados para el momento. Fernando Gilmet escribió el texto de «El submarino amarillo», y después él y yo elaboramos una sátira sobre los candidatos presidenciales. Más tarde vino «A la opinión pública», un recordatorio sobre los sucesos de Pando y la muerte del Che Guevara.

 

Con la divisa de Artigas

El Frente no ganó las elecciones, la situación se puso más difícil y la represión se agudizó. El Teatro de la Banda Oriental pretendía seguir con sus obras, pero a veces sus integrantes eran detenidos por la policía. De manera que había que ser un poco más sutiles con las palabras y menos «subversivos» en los espectáculos. Surgió entonces la idea de hacer un trabajo en el que se pudieran decir ciertas cosas imposibles de censurar. Fue así que pude elaborar un texto donde se hablaba de los comienzos de la revolución en la Banda Oriental y culminaba con la asamblea popular donde se nombraba a Artigas jefe de los orientales. De todos modos, lo que estaba pasando en el país era «casi igualito» a lo del pasado, como di
jeron entusiasmados los directores Atahualpa del Cioppo y Omar Grasso cuando asistieron a la presentación de «Con la misma divisa», obra que se pensó más tarde como el comienzo de una trilogía que incluiría el éxodo y el gobierno de Artigas en el Ayuí hasta su partida al Paraguay. La pieza también atrajo a maestros y profesores que veían allí representadas, en dos horas de espectáculo, varias clases de historia.

Para ese espectáculo se integran al Banda Oriental la actriz Mary Pereira y un joven actor no-profesional, Eduardo Siracusa. El cantante Estella es reemplazado por un casi desconocido Rodolfo Da Costa, más tarde se agregan Gilda Gutiérrez y Mario Troche, entre otros. Para dirigirlo se convoca a alguien ajeno al Banda, un director que entonces pertenecía al teatro El Galpón, Ruben Yáñez.

En aquel momento, pues, todo estaba planteado para que se conformara un grupo pionero de un estilo de teatro muy particular, indagador de nuevas formas y con una filosofía propia. En una ponencia que el Teatro de la Banda Oriental elaboró y que Teresa Trujillo llevó a la Conferencia de Teatro del Tercer Mundo realizada en Caracas en 1976, se señalaba que «el arte no puede estar separado de la realidad; el artista, en cuanto creador, debe ser un tipo atento y sensible a la realidad que lo circunda. El producto intelectual que da a luz no debe limitarse a un mero acto de protesta, sino que debe ser de afirmación, en la medida en que lo que ha creado conlleva o incluye una propuesta concreta, y entendida por la gente, para modificar la realidad que se critica. Por lo tanto, el trabajo que haga el creador no puede limitarse a retratar la realidad tal cual es, o tal cual aparece superficialmente a través de una simple recopilación de datos o de informaciones. Resulta absolutamente imprescindible que esos datos, esas informaciones vayan acompañados de un esfuerzo de interpretación, a través del cual saldrá claramente la propuesta del cambio». Más adelante se sostenía: «Se debe insistir en una revisión de los valores culturales que nos circundan. Muchas veces -con una formación que olvidamos es, en su mayor parte, de origen europeo y/o ajeno- se pugna porque los creadores jóvenes de enmarquen dentro de las nuevas corrientes artísticas provenientes de los mismos centros que nos han formado y deformado, creyendo que a eso se debe la eficacia de la realización. Y no se avizora la necesidad de insistir en la investigación de lo original y originario del ser artístico de nuestros pueblos».

Sin embargo, la situación del país hizo insostenible la permanencia del Teatro de la Banda Oriental. Muchos artistas, fascinados, pasaron por aquel grupo, cuando en medio de la represión iban sustituyendo a los que no podían estar. Nombrarlos a todos sería difícil. Algunos están lejos, otros no volverán y otros simplemente ya no están. Por otra parte, se podrían cometer olvidos imperdonables.

Este simple recuerdo viene a cuento gracias a los siempre jóvenes ímpetus de Marisa Montana, que cuando viene a Montevideo convoca a viejos integrantes y esta última vez logró reunir a algunos de ellos en un encuentro histórico. *

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