Justicia de un hombre solo

Los horrores de la guerra suelen estigmatizar a los hombres, en tanto protagonistas a menudo involuntarios de conflictos políticos siempre pergeñados desde las cúpulas del poder.

Parece redundante destacar que las víctimas inocentes de estas confrontaciones bélicas dirimidas en los campos de batalla, son particularmente las poblaciones civiles, recurrentemente exterminadas por el atronador alarido de los cañones y las bombas.

Sin embargo, incluso muchos de los que empuñan las armas se transforman en chivos expiatorios de intereses económicos y corporativos, que ocultan sus ambiciones subalternas detrás de la fachada de la mentira.

En nuestro tiempo, abundan los ejemplos de los perros de la guerra que promueven la tragedia y la desolación, invadiendo y exterminando pueblos enteros en nombre de una supuesta democracia a la que insultan permanentemente con sus prácticas genocidas.

En pleno tercer milenio, la violencia sigue entronizada en este mundo ahora unipolar, en el que los falsarios invocan a supuestos «ejes del mal» para justificar incalificables crímenes lesa humanidad.

En el pasado siglo XX, definido recurrentemente por numerosos investigadores como el tiempo más violento de la historia de la humanidad, ideologías liberticidas impregnaron de odio a sus pueblos para lanzarlos a demenciales aventuras militares.

Además del siempre invocado holocausto perpetrado por el alienado odio racial del nazismo, las peores tragedias fueron las hecatombes nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

Aunque sugestivamente la historia oficial suele ocultar los devastadores efectos de estos genocidios planificados, ambos episodios deben ser considerados como crímenes contra la humanidad.

En «Justicia de un hombre solo», el escritor japonés Akira Yoshimura construye un despiadado cuadro humano, ambientado en medio del paisaje literalmente arrasado del Japón de la posguerra.

Este relato, que es observado desde la trinchera de los vencidos, es la historia de un militar nipón desmovilizado tras la rendición, que debe luchar por sobrevivir a la persecución de los aliados.

Para escapar de las tropas norteamericanas, Takuya se transforma virtualmente en fugitivo en su propia tierra, que es un territorio ruinoso y humillado por las tropas de ocupación.

Mientras viaja en trenes abarrotados de gente angustiada y hambrienta, el protagonista de este relato de ficción se observa a sí mismo como una víctima del destino.

En esta novela de sesgo sin dudas dramático, el escritor japonés interpela a la historia, a la guerra y a la barbarie. Su pluma sobrevuela naturalmente las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, que él experimentó cuando era apenas un adolescente.

«Justicia de un hombre solo» mixtura el suspenso psicológico con la lucha por la supervivencia, mediante un discurso literario explícito y contundente.

La novela es también una parábola que reflexiona profundamente en torno a la tragedia del hombre enfrentado a su destino, en un tiempo histórico impregnado odio, violencia e injusticia.

 

(Ediciones de Emecé)

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