"DOCE HOMBRES EN PUGNA", DE REGINALD ROSE, EN EL TEATRO CIRCULAR

La aventura del pensamiento

Nos llega esta puesta en escena de Imilce Viñas después de ver «Doce hombres en pugna» varias veces, tanto en teatro como en cine.

La encontramos nueva y actual, como si no le hubieran pasado los años. Mérito de la directora, sin duda; pero también de la obra, y nos preguntamos por el secreto de su lozanía. Atrae, pero inquieta, el pensador solitario, el arquitecto (Emilio Pigot) que en la primera votación del jurado se inclina por la inocencia del acusado, pero no porque crea en ella, sino sólo para darse tiempo a pensar y hacer pensar. No es un abogado, no es Emile Zola en defensa de Dreyfus; pero ha suspendido el juicio y no lo moverán sin razones suficientes. Nada puede con él y menos que nada la emoción, la presión o el ruido. La teoría económica tradicional parte del supuesto del «homo oeconomicus rationalis», el sujeto que se decide por consideraciones racionales, lo que lleva a los mercados perfectos; pero el hombre racional es una ficción; existen las pasiones; la guerra de Troya pudo contar con los derechos de paso del Helesponto, pero aqueos y troyanos murieron por la belleza de Helena. En «Hacia un pensamiento eficaz» de Burton, Kimball y Wing (Troquel, 1965) leemos esta página que parece escrita para el jurado número 8: «El pensamiento puede traer también incomodidades sociales. Los amigos, los compañeros, se mostrarán muy impacientes con el pensador cuidadoso, lo pondrán en ridículo, se burlarán de él y tratarán de forzarlo a concordar con la ‘sabiduría’ convencional. Será… considerado ‘peligroso’, si no ‘subversivo’, por la élite de la sociedad». Sócrates, muere por enseñar a desconfiar de los dioses; los dioses son, antes que nada, los fetiches del pensamiento convencional. «Vas tomuer si analizás – no te hagás el Keyserling», dice el tango «Mentiras criollas». El jurado número ocho piensa; pero como todo buen pensador quiere hacer pensar, quiere que los demás piensen por sí mismos, que den a luz la verdad. Es un camino que lleva muy lejos.

Debemos a Imilce Viñas el redescubrimiento de esta joya. Ha convocado, con muy buen tino en la selección, a un elenco que viene de muy diversas tiendas pero que muestra aquí una integración admirable y un estilo único. Imilce ha cuidado pulcramente de los detalles de cada mini escena, que son muchas; como de costumbre, mostró muy buen sentido del ritmo y de los necesarios claroscuros; y no es poca tarea tener y mantener doce hombres en escena sin que desequilibre ni por un momento la acción, que se mueve con soltura. En la interpretación, que en todos los casos es adecuada, lucen Emilio Pigot, que se encamina a grandes realizaciones como actor, en el papel del socrático arquitecto, Adhemar Rubbo, como el jurado anciano, Luis Lage, que siempre acierta con los tonos de voz y la mímica y Gustavo Antúnez, al que hemos visto últimamente en diversos papeles siempre con precisión y brillo. *

 

DOCE HOMBRES EN PUGNA, de Reginald Rose, en traducción de Agustín Maggi con Luis Lage, Pablo Modernell, Jorge Muniz, Leandro Núñez, Federico Longo, Alejandro Camino, José María Novo, Emilio Pigot, Adhemar Rubbo, Gustavo Antúnez, Felipe Dibarboure, Nicolás Albornoz y Marcelo Martínez. Vestuario de Felipe Maqueira, escenografía de Claudio Goeckler, luces de Hugo Leao, ambientación sonora y música original de Ignacio Novo y Gonzalo Quinteros,

Dirección y puesta en escena de Imilce Viñas. Estreno del 30 de junio, teatro Circular, Sala 1.

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