"LA GUERRA DE LOS MUNDOS": DE WELLS A SPIELBERG

Una nueva versión de un clásico

En realidad, la Revolución Industrial ya era un hecho consumado cuando Herbert George Wells, en 1898, publicó La guerra de los mundos en Gran Bretaña. Este fenómeno histórico implicaba, además, una lucha sin cuartel entre los diversos países que pretendían ejercer su primacía dentro de un nuevo panorama que incluía el próximo cambio de siglo. Como siempre, el poderío bélico sumaba su carta persuasiva en un mundo que ya integraba la transformación industrializada en el naciente mercado de consumo global. Todavía existía ese espíritu colonialista que intentaba abarcar espacios y aumentar su poderío en una carrera armamentista que prefería el enfrentamiento antes que la diplomacia. Dentro de estas coordenadas es que surgió la obra de Wells como dramática parábola de un mundo que subvertía sus valores, enfrentando pueblos y razas. Curiosamente, el «progreso» generaba rivalidades entre las naciones; una rivalidad que -lamentablemente- iba a desembocar en la Primera Guerra Mundial. El autor de La Guerra de los mundos fue uno de los que advirtió sobre este descontrol planetario. Intelectual de corte pacifista, Wells propugnaba por una sociedad más equilibrada y su obra refleja ese sentimiento pesimista frente a la barbarie. Por cierto que la intención del escritor al imaginar esta fantasía era criticar, de manera alegórica, ese presente finisecular que dividía a las naciones poderosas sumidas, vorazmente, en la conquista económica, política y militar de los países más débiles.

 

Del colonialismo a los alienígenas

Además de escritor y guionista de cine (El hombre que hacía milagros, 1936), Wells fue sociólogo e historiador por lo que no resulta difícil advertir las relaciones que, en su momento, pretendió establecer entre esta fábula de ciencia ficción y el mundo que le rodeaba. No fue la única obra que jugó a la anticipación simbólica; también en La máquina del tiempo (1895) había presagiado la hecatombe de la raza humana a la vez que propuso su tenebrosa Isla del doctor Moreau (1896) y experimentó con otras posibilidades pseudocientíficas en El hombre invisible (1897). Si bien su obra también manejó otras áreas de carácter ensayístico (Breve historia del mundo; La ciencia de la vida; El destino del homo sapiens) e, incluso de sátira social (Tono Bungay; Juana y Pedro), fueron esas obras de fantaciencia las que lo catapultaron a la fama mundial y le dieron su justo espacio, junto a Julio Verne, como pionero del género. (Cabe señalar que Wells calificaba estas obras como «romances científicos; en realidad, el término «ciencia ficción» fue acuñado por Hugo Gerinsbak en 1927).

En relación concreta con La guerra de los mundos, podría señalarse que la lectura inicial tenía que ver con una crítica abierta al colonialismo salvaje del Imperio Británico. Quizás el autor pretendía que los ingleses se pusieran en el lugar de sus súbditos/esclavos, al ser atacados por una fuerza superior extraterrestre y lograran comprender, en carne propia, lo injusto de ese sometimiento. Para hacerlo, no escatimó una imaginería que visualizaba gigantescas naves trípodes y la impotencia de la raza humana frente a un poder destructor planetario. (Incluso la vuelta de tuerca ideada por Wells  donde los marcianos son vencidos por microorganismos y bacterias  también daba su golpe maestro en esa «defensa ecológica» por parte de una naturaleza que también sufría el vandalismo del depredador humano). Por si el mensaje resultara poco claro, el propio novelista señalaba que antes de juzgar «con excesiva severidad a los marcianos, debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completamente no tan sólo a especies animales sino razas humanas culturalmente inferiores».

 

La radio ataca y otras versiones

No menos famosa que la novela resultó la adaptación radial de La guerra de los mundos que Orson Welles realizó el 30 de octubre de 1938 en el Mercury Theater, causando el pánico colectivo de los escuchas ya que el programa simulaba ser un informativo que anunciaba la invasión extraterrestre en el corazón de los Estados Unidos de América. Es que la imaginación de H. G. Wells resultaba (y resulta) un disparador para otras mentes creativas que supieron ver en su literatura una fuente inagotable de posibilidades. Entre los múltiples ejemplos podemos recordar la propuesta de La isla del doctor Moreau (que recibió el título cinéfilo de La isla de las almas perdidas) protagonizada por Charles Laughton y Bela Lugosi en 1933. Este título tuvo otras interpretaciones, como la de Burt Lancaster en 1977 (Moreau) y la más reciente, que desemboca en 1996 con Marlon Brando y Val Kilmer, bajo la dirección de John Frankenheimer.

Por su parte, La máquina del tiempo fue dirigida por George Pal en 1960 (que también tuvo su correspondiente remake en el año 2001, de la mano de Simon Wells, nieto del escritor). Cabe recordar al filme Los pasajeros del tiempo donde el protagonista resulta ser el mismísimo H.G. Wells que perseguía a Jack el Destripador a través del túnel temporal. En la lista también hay lugar para El hombre invisible, adaptación cinematográfica que fue dirigida por el mismísimo James Whale, que había llevado Frankenstein a la pantalla. (El título no resultó una excepción para el reciclaje, como lo comprueba la sangrienta versión de Paul Verhoeven en el año 2000).

La novela que ahora nos ocupa ya tenía una versión cinematográfica dirigida por Byron Haskins en 1953 y su idea central se ha continuado y repetido en innumerables filmes, revistas de historietas y seriales televisivas. Hoy por hoy, como se sabe, La guerra de los mundos es la nueva súper producción de Spielberg, director que ya ha tenido algún que otro encuentro cercano del tercer tipo. La obra, por supuesto, no supone una crítica al colonialismo de otrora aunque quizás algunos teóricos puedan otorgarle la «lectura» de otras invasiones contemporáneas. Pero más allá de dichas hipótesis, esta guerra interplanetaria cuenta con varios ingredientes de consideración. Por un lado el protagonismo de Tom Cruise junto a Dakota Fleming la niña prodigio de Hombre en llamas y Mi nombre es Sam y la adaptación guionística que corrió por cuenta de David Koepp (el libretista estrella de El hombre araña y Parque Jurásico, entre otros) mientras que la producción general abarcó un presupuesto cercano a los 130 millones de dólares. Y, Spielberg es Spielberg. *

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