Triángulo

La vida es una experiencia intensa y apasionante, que está intrínsecamente asociada a la historia, en la medida que discurre siempre por diversos parámetros existenciales, emocionales, sociales y hasta culturales.

No en vano se afirma que el presente es el único momento que nos pertenece, porque el pasado es ya historia inalterable y el futuro es pura incertidumbre, por más que nuestras acciones puedan tener una determinante incidencia en los desenlaces.

Este razonamiento está íntimamente asociado a las diversas expresiones del arte en tantos estéticas representativas de la realidad y la imaginación, particularmente a la literatura.

Para los escritores, las letras son un mandato supremo, una suerte de compromiso que nace siempre de las entrañas del alma y de la perentoria necesidad de parir nuevos micromundos, que se nutren no sólo de la fantasía, sino también del cotidiano conocimiento empírico.

La literatura es también hermana de la historia, porque de ella recoge los diversos registros de la peripecia humana y el discurso de los personajes, así como también la percepción de los éxitos y los fracasos, de las angustias y de las laceraciones.

En ese contexto, los creadores pertenecen – en cierta medida- a una raza de elegidos por el destino, porque ejercitan permanentemente la capacidad de condensar historias y multiplicar las vivencias de propios y extraños.

Todo ese proceso constituye un itinerario complejo pero no menos apasionante, porque escribir es construir pero también destruir, dar a luz pero también matar, porque -en definitivo- la creación está intrínsecamente emparentada con la realidad.

El escritor uruguayo Ramón Martínez Guarino, que nació en 1941 en Cerro Largo, no es un nombre es ciertamente un nombre conocido para los lectores habituales, porque su obra recién llega a nosotros.

Residente desde hace más de tres décadas en la desolada Patagonia argentina, este sensible narrador compatriota refleja en estos relatos, que comenzó a crear tardíamente por los tiempos acotados que le determina su actividad profesional de arquitecto, los avatares de su vida de viajero.

En cierto sentido, la literatura de Martínez Guarino es fruto de la experiencia, pero particularmente de su indudable capacidad de atento observador e intérprete de una realidad siempre desafiante.

Las historia contenida en este pequeño volumen revelan abordan diversos y variopintos registros, que evidencian los testimonios emanados de una vida errante y de permanente aprendizaje.

La prosa del autor posee la potencia de quien ha escrutado su tiempo histórico con avidez, lo cual se refleja en estas páginas, con un trazo a menudo incisivo y en otros casos quizás hasta simpático y risueño. El narrador dibuja múltiples realidades con una pluma elocuente, mediante la cual registra municiosamente episodios -algunos de ellos insólitos- y personajes originales, cuya peripecia siempre sugiere reflexiones al lector.

En esta compilación de relatos, el autor trabaja con la materia prima de los universos que ha percibido, tanto desde el punto de vista meramente sensorial como del emocional. En todos los casos, aporta una impronta siempre intransferible y reveladora de una intensa sensibilidad.

(Ediciones de la Banda Oriental)

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