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Religaciones: una invención del vivir y después

En «Religaciones: una invención del vivir y después», el escritor y dramaturgo Milton Schinca construye un revelador ensayo de sesgo filosófico, que analiza minuciosamente los territorios de la religión, las creencias, la muerte, el amor y hasta el erotismo, que, en su particular concepción, trasciende a le mera carnalidad temporal.

El autor reflexiona en torno al ser, en tanto noción ontológica del existir en el universo, partiendo de la tesis-hipótesis que el ser humano es parte de una compleja totalidad, que debe armonizar con todos los elementos que integran el cosmos esencial.

El escritor analiza la inevitable oposición entre lo racional y lo irracional, entre el razonamiento meramente lógico y dogmático y lo emocional.

En ese contexto, resalta a la imaginación y la intuición como fuentes primigenias del conocimiento y herramientas constructoras de la peripecia existencial del ser humano.

El ensayista interpela intensamente a la realidad, mediante lo cual – en más de un sentido- se interpela a sí mismo. En ese contexto, acude a las primeras inquietudes e interrogantes del adolescente, cuando aflora una interminable secuencia de preguntas.

Hay allí una reflexión sobre el inevitable y fatigoso periplo cognoscitivo que suele transitar quien comienza a asomar a la realidad, en la insoslayable emergencia de conocer y conocerse.

Según el autor, todo es parte de un proyecto humano existencial, que siempre discurre entre la razón y la emoción. Sin embargo, entre esas dos antípodas bien humanas, suele afloran la necesidad de emprender una experiencia de reflexión.

A partir de esos supuestos, Milton Schinca construye una nueva teogonía y una novedosa concepción de la religión absolutamente divorciada del dogma, que suele encorsetar y anestesiar la conciencia.

El dramaturgo apela a la rebeldía que se opone a los convencionalismos, ensayando un ejercicio de intensa lucidez, que permite construir un nuevo ideal, tanto del mundo meramente material como de la sustancia trascendente.

Para el autor, hay un existir y un estar que apunta claramente a la emancipación, mediante una poética que suma la libertad y los afectos, como sentimientos cuasi compulsivos de la condición humana.

El creador plantea el concepto de Dios como una suerte de controversia, en un esfuerzo por desligarse de las religiones institucionalizadas, asumiendo una construcción simbólica humanizada por la sensibilidad, que está en todo pero también en el individuo.

La idea de unicidad que propone Schinca como materia de reflexión, parece estar más próxima al panteísmo que a cualquier otra corriente, tanto filosófica como religiosa. En su opinión, todos los objetos -aún aquellos ajenos a lo meramente humano- son fragmentos indivisibles de la totalidad, que sólo están disociados por la percepción sensorial.

La nueva noción fenomenológica de Dios, que suele estar identificada con lo masculino, aparece en este ensayo con un perfil radicalmente diferente.

La controversia parte, en consecuencia, de una cuestión de género, pero también existe una indudable vinculación con acontecimientos históricos, políticos y sociales, con los que el autor confiesa disentir.

Partiendo de esa tesis, Milton Schinca transforma al dios de las religiones judeocristianas en otro ente de carácter simbólico, al que bautiza como Eis.

A partir de esta denominación, el ensayista construye una nueva concepción en materia de trascendencia espiritual, que se traduce en una presunta representación femenina, en oposición al modelo cultural machista imperante desde hace miles de años.

El dramaturgo metaforiza en torno a esta nueva deidad que, partiendo de su propio ejercicio de meditación, podría deducirse que ha sido creada por el hombre.

Schinca asocia a este símbolo con el misterio y el eterno enigma de lo inescrutable, planteando claramente que no hay un principio creador, como sucede en la mayoría de las religiones que gobiernan la fe de millones de seres humanos en todo el mundo.

También critica la ritualización de las creencias y a las religiones de cultos ceremoniales, que, en este caso, serían casi remplazados por una nueva fe igualadora sustentada en la disciplina interior.

Otro eje de discusión de este novedoso ensayo es la filosofía del erotismo ligado a la religión, que trasciende a lo meramente carnal, para asumirse como una nueva forma de bienestar individual.

El autor aborda la sexualidad religiosa y el afecto como vínculos entre la inmensidad del cosmos y la realidad de las cosas disociadas.

También destaca los antagonismos como fuente de conocimiento esencial, afirmando que los opuestos están claramente divorciados de la idea de la totalidad.

En la concepción de Milton Schinca, la afirmación de las particularidades no entra para nada en conflicto con la totalidad, porque cada singularidad reivindica – a su vez- el concepto del yo como parte integral del cosmos.

Este tratado de sesgo claramente filosófico, refiere también a la muerte, como una de las mayores fuentes de temor para la humanidad. La idea de la desaparición física tan cual la concebimos está, en este caso concreto, absolutamente desdramatizada.

La muerte no sería, entonces, una experiencia sombría ni escabrosa, sino un tránsito hacia el estadio de consagración e integración a esa totalidad, que ninguna relación guarda con las creencias dominantes en la sociedad blanca, occidental y cristiana.

Schinca fustiga a la habitual idea de pecado y al discurso único presuntamente moralizante, que suele condicionar todas las actividades humanas y promueve una suerte de miedo paralizante.

El escritor también reanaliza el habitual antagonismo entre paraíso e infierno, que suele estigmatizar al ser humano e impregnarlo de apócrifas culpas.

El razonamiento de Schinca evoluciona también hacia la superación de lo trivial y lo banal, como urgente desafío en el incesante proceso introspectivo del autoconocimiento.

En el curso de esta extensa reflexión, el dramaturgo asume la necesidad de construir un nuevo paradigma, despojado de todos los prejuicios dominantes, de las amputaciones y los sentimientos de frustración, habituales e intrínsecos a la condición humana.

Schinca rompe con las convenciones, en un recurrente ejercicio de superación espiritual que permita arribar a los estadios más trascendentes de la espiritualidad, en tanto experiencia individual.

Otro de los ejes de debate es, como no podía ser de otro modo, el amor humano, también en plena asociación con el ejercicio religioso. En este caso, la relación entre amantes no es el tradicional vínculo parental que subordina al padre con el hijo, sino una instancia bastante más trascendente de madurez individual y de integración a la totalidad.

El autor pone bajo su lupa a la comunidad del niño con el todo, que se inicia precozmente, en una suerte de aprendizaje temprano. Este proceso no sería otra cosa que un discurrir inevitable en el camino hacia el conocimiento pleno, ese que le permite al individuo asumirse como una parte de la asociación universal del ser.

Contrariamente a lo que sucede con abordajes temáticos análogos, el tiempo y el espacio no parecen ser fronteras infranqueables en esta nueva doctrina religioso filosófica.

El autor teoriza con profunda convicción, sobre la naturaleza y la ubicación del ser humano en ella, así como en torno a la necesidad de asumirse como parte de un todo siempre trascendente.

Milton Schinca ensaya una profunda reflexión acerca de los eternos dilemas existenciales, que aborda particularmente todo lo vinculado al ser y su devenir, que -en este caso- no es trágico ni apocalípt
ico.

En ese contexto, el dramaturgo propone diversas líneas de razonamiento, aunque desestima toda asociación con dogmatismos y se desmarca claramente de las doctrinas religiosas y filosóficas que han gobernado, durante siglos, la conciencia del ser humano.

El discurso de autor establece claras fronteras con el habitual catecismo virtual de los manuales de autoayuda que anegan los anaqueles de las librerías contemporáneas.

Por el contrario, Milton Schinca propone reflexionar a partir de nuevos supuestos, sobre el destino del hombre y su real ubicación en el cosmos, despojando a su prédica de todo temor a lo desconocido y a los tenebrosos infiernos proclamados por el discurso unidireccional de las teocracias contemporáneas dominantes.

(Edición del autor)

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