La casa de cera: el terror está de moda
El asunto ya se está convirtiendo en costumbre dentro de la industria cinematográfica estadounidense. Se trata simplemente de apostar al viejo éxito terrorífico, pero con las variantes que permite la tecnología del siglo XXI incluyendo algo más de sexo y truculencia, por supuesto. El ejemplo de hoy nos retrotrae a un clásico de 1953 dirigido por André de Toth y protagonizado por el celebérrimo Vincent Price (aunque ya existía una primera versión filmada en la década del treinta) que se convirtió en fenómeno de culto bizarro para los fanáticos del género. En esta ocasión, la propuesta incluye algunas variantes y presenta a un grupo de jóvenes que, de camino a un partido de fútbol universitario desemboca, accidentalmente, en un desértico poblado llamado Ambrose donde la atracción principal es un extraño museo de cera. Como es de esperar, los protagonistas empiezan a ser asesinados de manera sangrientamente explícita mientras el espectador va comprendiendo el secreto (bastante siniestro sin duda) que oculta ese lugar perdido e inubicable en los mapas. Obviamente el reciclaje mantiene los clisés acostumbrados (el típico personaje que retrocede despaciosamente y sin mirar atrás mientras la pantalla deja un sugerente espacio vacío; las apariciones imprevistas fuera de cuadro o las persecuciones donde la víctima es atrapada en el preciso momento que se siente a salvo, además de alguna que otra trampita de edición como para despistar a la platea). De todos modos, a pesar de lo señalado, el espectáculo (que guarda lejanas similitudes con el desastre realizado por la motosierra en The Texas chainsaw massacre dirigida por Tobe Hooper) cumple su cometido como para no defraudar a un espectador de corte gótico. Mientras la acción corre inevitable hacia un desenlace de características infernales, con posibilidad de continuaciones, obviamente, hay golpes de efecto bastante impactantes que logran un buen par de saltos en la butaca en medio de un ambiente bastante irreal y pesadillesco (atmósfera que quizás pueda considerarse lo mejor del filme, generada por un microuniverso poblado por figuras de cera dentro y fuera del tétrico museo). Los posibles hallazgos del producto señalarían al director Jaume Collet-Sera como principal responsable, sin dejar de lado a la empresa Dark Castle Entertainment y productores de la talla de Robert Zemeckis que se han empeñado en el reciclaje de viejos sustos (como La casa de la colina embrujada y Trece fantasmas, entre otros) para beneplácito de los jóvenes amantes del escalofrío en fotogramas. Aparentemente es un público bastante extendido y consumista; ¿no resulta curioso advertir que casi todos los fines de semana se estrena una película de terror en la cartelera montevideana? Cabe señalar que, muchas veces, los títulos de estas características terminan siendo los más taquilleros, un fenómeno que también se da en el país de origen y otras latitudes. ¿Catarsis? ¿Incertidumbres colectivas por el cambio de milenio? ¿Fascinación por lo sobrenatural y desconocido? Vaya uno a saber. La cuestión es que mucha gente paga para que la asusten. En fin. *
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