La viajera en el tiempo
Norma Aleandro fue perseguida por la dictadura militar argentina; vivió, oculta, en el Uruguay; estrenó en 1981 «La señorita de Tacna» pasando por alto amenazas de muerte. No le faltó coraje ni fe en sus convicciones. «La historia oficial» (dirección de Luis Puenzo), fue una obra tan fallida como premiada, pese al tema que trata, tan actual, los niños raptados por los militares.
Al César lo que es del César. Concedido lo anterior, este reestreno en Montevideo de «La señorita de Tacna», luego de una temporada en el Maipo de Buenos Aires y en provincias es un error de comienzo a fin. La obra es un ejemplo del teatro de un novelista: hay demasiados temas. El primer gran tema de «La señorita de Tacna» es el de las última líneas de «El tiempo recobrado»: la descripción de los hombres «…como ocupando un lugar tan considerable, junto a ese tan restringido que les es reservado en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin medida -ya que tocan simultáneamente, como gigantes sumergidos en los años, a épocas tan distantes, entre las que tantos días han venido a colocarse – en el Tiempo». Está el arte de escribir como tema de novela, por donde «La señorita de Tacna» se vuelve a aproximar a «En busca del tiempo perdido»; está la fascinación personal del autor con las mujeres mayores; están los armónicos del tiempo, la juventud, la vejez; está el amor, y las pasiones más fuertes que el amor; están el sexo y la infidelidad; está la guerra; hay un interesante cuadro de costumbres, que nos hace pensar en la estructura familiar del Uruguay de comienzos del siglo XX y del coetáneo Chile que describe Isabel Allende en «Mi país inventado». «La plétora, la plétora es lo que nos mata», escribió Alfonso Reyes. Pero el primer gran tema, el del tiempo, es muy sutil, y el teatro es de efectos gruesos y grandes planos bien definidos; los flashbacks requerirían, para producir el efecto deseado, una maquinaria escénica muy costosa y un desplazamiento de los actores muy difícil de lograr. Es verdad que, con recursos limitados, Alberto Félix Alberto los ha logrado («Lulú ha desaparecido», «Tango varsoviano»); pero Alberto es un artista único, que no encontró en el director de «La señorita de Tacna», Oscar Ferrigno, la menor equivalencia.
La escenografía (Jorge Sarudiansky) y la iluminación (Roberto Traferri) está puesta al servicio de algunas transparencias, que no valen la contrapartida, muy desagradable, de sentir que la obra transcurre bajo un tul. La dirección de Ferrigno, como su arte de intérprete, no tiene ni ritmo ni equilibrio: no hay claroscuro (no sólo en la iluminación, sino fundamentalmente en la acción), ni organización clara de las escenas, que parecen superponerse unas con otras. En cuanto a la interpretación, nuestro conocimiento de la escena argentina es escaso, pero con la única excepción de «Master Class» (Terrence Mc Nally) donde Aleandro brilló, no le hemos visto trabajos satisfactorios. Así, estuvo fuera de foco en «Viaje de un largo día hacia la noche» de O’Neill, dejó una sensación incómoda de frialdad y ausencia en «Escenas de la vida conyugal» de Ingmar Bergman (ambas con Alfredo Alcón). La obra de teatro de la misma Aleandro, «De rigurosa etiqueta» pese a los elogios de Ernesto Schoó, nos resultó, como los poemas de la actriz que se incluyen en el programa: apta para ser olvidada lo más pronto posible. *
LA SEÃORITA DE TACNA, de Mario Vargas Llosa, con Norma Aleandro, Paola Messina, Oscar Ferrigno, Iván Espeche, Silvina Bosco, Julio López, Florencia Raggi, Fabio Aste y Marcos Montes. Escenografía de Jorge Sarudiansky, vestuario de María Julia Bertotto, iluminación de Roberto Traferri, dirección de Oscar Ferrigno. Estreno del 24 de junio, teatro Solís.
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