Pariendo historias desde el dolor
Las hormigas se comerán a Roma, está dicho. Entre lajas andan, loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta?» , recuerdo que comienza uno de los tantísimos cuentos de Historias de cronopios y famas del maestro de los «ojos de pez», Julio Cortázar. Y es que Plá, sin lugar a dudas, está a la talla del título oficial de «cronopio». Un personaje rarísimo, bondadoso, sarcástico y cien por ciento gracioso y transgresor. Sus historias existencialistas ahondan en lo más profundo de los sentimientos, logrando un clima entre ameno y seductor donde Plá se transforma en un vocero de las miserias que acechan a diario a los seres humanos.
Compuso un sinfín de temas que con el pasar del tiempo se han transformado en himnos contestatarios marcando con tesón su peculiar obsesión por el rol que desempeñan los músicos como artistas (en sí mismos) y la devoción que vuelcan hacia el público.
Con su espectáculo más conocido titulado Canción de amor y droga (Cançons d´amor i droga), basado en el legado que dejó Pepe Sales, escritor y pintor, quien se dejó envolver y adueñar por su amor más perro: la heroína) Plá recorrió de punta a punta la madre patria. Aunque, su nuevo Matacerdos representa un espectáculo teatral que advierte un sinfín de valores opuestos a la normalidad y a lo socialmente aprobado.
Es que Plá tiene un don especial y ha demostrado a lo largo de su carrera acceder sin mayores dificultades a renovadas esferas artísticas con un marcado poder creativo que se renueva en cada composición. Todo combina en su puesta en escena: la simpleza en escenografía (en las tablas sólo se veía un sillón negro y las guitarras) y vestuario (estética de choque: túnicas romanas con botas negras y medias rojas con un deliberado corte punk) así como la destreza y enorme capacidad instrumental y animal del guitarrista Diego Cortés (con un solo de guitarra que marcó uno de los mejores picos del show) que se repetía como loops, al igual que la simpatía de la actriz y dj Judit Farres.
El público se rió sin cortes, interactuó (pedían a gritos sus clásicos: «La puta», «El negro», «La Muerte» o «El gallo») y hasta aplaudió de pie.
«Ahora vamos a cantarle una canción a esas cosas que se echan de menos, porque ya no están, o nunca estuvieron, o quién sabe si se echan realmente de menos» es como encabezó el prólogo antecesor a un espectáculo que afila los descarnados ingredientes que no escapan a la realidad social: la homosexualidad, el sida, las drogas, Estados Unidos, el sexo, la cárcel, el amor y el dolor.
Que Plá fume un cigarrillo de marihuana interpretando al presidente de Estados Unidos en escena, o que se acaricie con estímulo sus partes con gestualidad morbosa y hasta «cachonda» para desglosar la historia de un singular pedófilo, en vez de causar asombro y controversia entre el público, genera naturalidad en ese particular universo que retrata este esquizoide compositor. A final de cuentas, es éste el universo sórdido, marginal y violento que bajo un velo de hipocresía ahuyenta la realidad en que vivimos, o que tal vez, nos cueste ver y entender. Vale enfatizar que más que los paseos musicales (desde rumba, balada o un costado punk) son las letras de las canciones las protagonistas y desgarradoras que marcaban las pulsaciones del show.
Un espectáculo notable e incisivo desde el primer minuto hasta el final.
Albert Plá es un músico y artista de pura cepa. Ojalá vuelva y ojalá haya quedado enamorado de Uruguay, como nosotros de su sinceridad y locura. *
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