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El misterio Horacio Q

n «El misterio Horacio Q», el narrador uruguayo Juan Carlos Mondragón propone una selección de cuentos de trazo agudo y a menudo despiadado, construyendo un extenso catálogo de pasiones y miserias humanas.

En tono reverente y a modo de breve prólogo, el autor se instala en los universos atribulados del excepcional cuentista salteño, en una introducción que no pretende ser un mero ensayo, sino una suerte de reveladora apología de su personalidad y producción.

Mondragón introduce su pluma a través de los intersticios del autor y del hombre, sus territorios vivenciales atormentados, sus fantasmas interiores y exteriores y su destino de tragedia.

Hay en el texto inaugural de este conjunto narrativo, una intensa apelación a los siempre inescrutables enigmas de la literatura, pero particularmente a la memoria, ese cofre que atesora turbulencias varias y pasiones abigarradas.

Desestimando todo propósito biográfico, Mondragón opta por homenajear al autor del «Decálogo del buen cuentista», mediante la construcción de otros territorios tan o más opresivos, tributarios de una intransferible impronta escritural.

De algún modo, el escritor sugiere que el Horacio Q del título sigue siendo un misterio inextricable, dueño de una estética peculiar y de un compromiso literario que fue una suerte de tributo a la vida, la libertad y la emancipación individual.

El espectro de Quiroga está presente, por ejemplo, en «El palacio del rey de la montaña», un relato largo parido desde los abismos de la demencia, sobre suicidas, ruinas financieras que bien podrían ser contemporáneas, herencias malditas, odios familiares y devastadoras inundaciones en lares litoraleños.

En buena medida, el cuento evoca el devastador diluvio de 1959, cuanto el país   bajo agua   fue postrado por el rigor de los agentes naturales, poco después de una elección nacional que supuso un cambio político determinante para su futuro.

Sin embargo, en la ficción, esta es una mera referencia histórica anecdótica, que para nada atañe al meollo de la creación.

Ese es un cuento perverso, de pesadillas entrelazadas por el azar y el destino, crímenes horrendos y sospechosos inocentes pero inexorablemente condenados.

Como en la literatura de otros autores nacionales, el Interior ocupa un lugar preponderante en los relatos contenidos en este libro, como espacios culturales con identidad propia.

En esa tierra adentro a menudo desconocida y enigmática para los capitalinos del Uruguay centralista, sobrevive un taximetrista pueblerino a quien siempre corresponde el trabajo sucio, un hombre gastado, arruinado por la desventura y abandonado por su mujer y su lesbiana amante.

Hay en esta historia también un trazo irreverente, que viola deliberadamente las costumbres de las pequeñas comunidades, en las que las morales anticonvencionales no suelen expresarse tan explícitamente como en los grandes centros urbanos.

En el cuento titulado «Drama familiar en la calle Tánger al 600″, Juan Carlos Mondragón juega con la frustración de los propios escritores, cuando un crimen pasional no consigue espacio de publicación, transformándose en material literario de desecho.

Corroborando su inclinación a la ruptura de reglas, el narrador retorna a tierra adentro, para construir un extraño triángulo amoroso por consenso, entre una mujer fea y segregada y dos amantes con inclinaciones poéticas. El trágico epílogo es una suerte de contradicción, que desestima toda lógica.

Uno de los cuentos de registro sin dudas más impactante es «Un apócrifo martillo de jesuitas», que es la crónica de un cazador cazado, que se volvió loco por sus culpas ancestrales. La historia está ambientada durante las dictaduras del cono sur, con dramáticas apelaciones a la purga religiosa y el Plan Cóndor, cuyas trágicas secuelas aún hoy padecemos.

Los tiempos del autoritarismo son explícitamente aludidos en otros cuentos ambientados en pequeños y anónimos pueblos, con reminiscencias de lastres que subyacen en la memoria colectiva, como el asesinato del médico Vladimir Roslik.

Horacio Quiroga se transforma en materia literaria en «El hombre con sombrero, segundo a la izquierda, sin identificar», un tortuoso cuadro que recrea los funerales del cuentista salteño.

La narración alude a los exilios del escritor, asumiendo una despiadada radiografía de la sociedad de la época y fustigando ácidamente a la propia crítica literaria, tan lisonjera como sepulturera.

Hay también fuertes cuestionamientos a la identidad uruguaya, a la que se califica de casi virtual, y al nacimiento de un país que   para muchos investigadores   es un accidente de la historia.

Otros cuadros de intenso trazo costumbrista no soslayan incluso lo escatológico, sin apartarse de un tono deliberadamente ácido con la dictadura y su influencia en la temperatura emocional de los pueblos chicos en los que habitualmente nada pasa.

Juan Carlos Mondragón viaja en el espacio rumbo a Rotterdam, para dar cuenta de una obsesión simbólica, que se expresa a través de la interpretación de «La torre de Babel», pieza pictórica del holandés Buegel.

A través de ese monumento a lo inconcluso, el escritor reflexiona en torno a las fracturas históricas y las cicatrices del pasado, representadas, en este caso concreto, en la herencia maldita del nazismo y los demenciales nacionalismos exacerbados.

El recurrente tema de los desaparecidos durante la dictadura sobrevuela ominosamente este libro, cuando el autor comparte la apesadumbrada angustia del familiar de un hombre asesinado.

Mondragón nos estremece de pies a cabeza con el soliloquio de un muerto, una voz que ya nadie oye y un alma en pena agobiada por las mezquindades del mundo, que ocupó un lugar en el espacio de la historia que ya no ocupará más. Hay, obviamente, claras influencias de la estética literaria de Edgard Alan Poe.

Abundan también en este relato, las apelaciones a nuestro pasado reciente, a las fracturas de la memoria y a la tragedia aún impresa en el imaginario colectivo.

Por su parte, «Muerte de un malevo uruguayo» es la crónica trágica de un descastado, un asesino a sueldo que mata para sobrevivir, en medio de una jungla de exacerbadas ambiciones y podredumbres humanas.

Este relato mixtura la literatura policial con el alegato social, sugiriendo que   a menudo- el único destino del marginado es el delito. Sin embargo, la ausencia de juicios de valor por parte del autor, no permite inferir ninguna eventual justificación.

«Un rig time bostoniano» es un cuento grotesco y surrealista, sobre la fealdad como condena, el talento, la frivolidad de los ignorantes y la marginalidad.

En este texto subyace la dicotomía entre lo bello y lo deforme, en oposición a los rostros reales del alma y a los verdaderos ángeles y monstruos, que exceden   naturalmente- a las acotadas fronteras de la mera percepción sensorial.

«Flash   back», que es uno de los relatos sin dudas más decantados y reflexivos, es una pieza de tono melancólico y acento autobiográfico, ambientada en una París invernal azotada por un frío polar y un auténtico diluvio.

Allí, en ese paisaje desolado, afloran la memoria del gran Juan Carlos Onetti y el propio Horacio Quiroga, que asumen, en este caso, una estatura metafórica sobre la identidad uruguaya siempre cargada de agudas paradojas.

Los relatos contenidos en este libro conjugan un variopinto pastiche estético y expresivo, que recorre los siempre vastos e inabarcables territorios de la literatura, con claras reminiscencias de Poe, Kipling, Nietzsche y Dostoiesky, entre otros.

No falta naturalmente a la cita el atormentado Kafka, que aparece retratado no en
forma explícita pero sí implícita, en la densidad y sobrecargada atmósfera de muchos de los relatos que integran este conjunto narrativo.

Las historias recorren variados escenarios, desde Montevideo a Buenos Aires, pasando por París y Rotterdam, hasta aterrizar en pueblos sin destino del interior uruguayo, tan inidentificados como sus anónimos habitantes.

El autor recorre los sinuosos laberintos de la memoria, con Horacio Quiroga como una suerte de guía o protagonista alterno.

En «El misterio Horacio Q», Juan Carlos Mondragón reproduce acendradamente muchas de las inflexiones creativas y emocionales quiroguianas y   en algunos casos – hasta exhuma algunos de sus ambientes y micromundos más entrañables.

Esta selección de cuentos de locura, amor y muerte no soslaya las atmósferas pesadillescas de la época del autoritarismo que azotó a la región, en una poética que se desliza a través de los laberintos del tiempo y el espacio.

(Editorial Planeta)

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