Desaparecen cuatro ilustres portugueses

En pocos días, del viernes 10, fecha nacional de Portugal, al lunes 13 de junio, se acumularon en ese país «a beira mar plantado», una insólita secuencia de fallecimientos de personalidades de la política y la cultura que conmovieron a toda la sociedad local.

 

Dos revolucionarios carismáticos

En el exterior, se difundió sólo la desaparición de Alvaro Cunhal (91 años), uno de los pocos sobrevivientes de la vieja ortodoxia comunista, líder del Partido Comunista Portugués que organizó y dirigió desde 1936, secretario general hasta 1992, incansable luchador contra el régimen del dictador Salazar, entrando y fugándose de las cárceles, agudo teórico marxista, (buen) dibujante y periodista que, en ocasiones, incursionó, con seudónimo, por la crítica de arte. Desempeñó, después del 25 de abril de 1974 y la Revolución de los Claveles, instrumentadas por un grupo de oficiales de las fuerzas armadas, un papel importante, incluso en un intento de apropiación del poder, finalmente frustrado. Nunca simpatizó con la perestroika y fue el único comunista histórico que apoyó el golpe de Moscú contra Gorbachov en 1991, desplegando con gran señorío y elegancia sus convicciones ideológicas (era proverbial su bonhomía en los medios, en las célebres fiestas anuales de Avante!) que lo llevaron, en su etapa final, al aislamiento en su propio partido.

El general Vasco Gonçalves (83 años), menos conocido en el exterior, falleció al mismo tiempo. Primer ministro de los cinco gobiernos provisorios entre 1974 y 1975, a los 52 años, amigo y compañero de ruta de Cunhal, no estaba preparado para la política y se convirtió en un hombre polémico y discutido en esos años de fervor militante recuperados para la libertad, pero dejó el recuerdo respetuoso, teñido de cariño, por su honestidad en la voluntad de cambio. Los «últimos mohicanos», los llamó el semanario lisboeta Expresso, dos protagonistas del llamado Proceso Revolucionario en Curso (PREC) que caracterizó los frenéticos años de la Revolución de los Claveles. Rojos, claro.

 

Poeta Eugénio de Andrade

Eugénio de Andrade (1923) escribió sus primeros poemas en 1936 y aunque pasó un tiempo en Lisboa y Coimbra, amistando con los escritores Miguel Torga y Eduardo Lourenço, se radicó en Oporto en 1950. En 1948 publicó Las manos y los frutos, un libro de poemas, de título emblemático, que recibió el aplauso de los críticos Jorge de Sena y Vitorino Nemésio. A partir de ahí su obra poética, editada con cierta regularidad, adquirió una dimensión creadora de intensidad creciente, hecha de obstinado rigor en la celebración del cuerpo, de la tierra y de la vida en sus momentos de plenitud, la memoria y el olvido, la amistad y el amor, la música y la pintura, a la que fue afecto (elaboró pequeñas obras de enorme sensibilidad para el color) y estuvo cercano al pintor Angelo de Souza y al escultor José Rodrigues en los comienzos de la Cooperativa Arvore de Oporto, un centro cultural muy activo en los sesenta. Como afirmó el crítico y ensayista Eduardo Prado Coelho, «era la imagen de la poesía», porque pocos como él se identificaron en el imaginario colectivo lusitano por su sostenido lirismo pues a los ochenta años «Aunque envejecido / también el corazón canta», escribiendo «Como si no dijese nada va / por fin diciéndolo todo». Hombre refinado, ajeno a la mundanidad, frecuentó los clásicos cafés portuenses y fue traducido a numerosos idiomas, entre ellos el español, en constantes ediciones, la última, Lugares de la lumbre, 2003. Recibió innumerables distinciones, entre las cuales, Gran Premio de la Poesía de la Asociación de Escritores. Portugueses, 1989, y Premio Camões, 2001.

 

Pintor René Bértholo

La muerte del pintor René Bértholo transcurrió silenciosa, opacada por las anteriores. Es cierto que los artistas plásticos tienen menos popularidad, por su escasa visibilidad mediática, que la política y la poesía. Bértholo, nacido en 1935, formado en las escuelas de Artes Decorativas António Arroio y de Bellas Artes de Lisboa, reveló desde muy joven inquietudes organizativas de salones y revistas y aún antes de los veinte años se orientó hacia la pintura abstracta (algo insólito en esa época, en un país conservador y aislado del mundo, orgullosamente solo como decía Salazar) para radicarse, primero, en Munich y luego en París donde permaneció varias décadas. En la capital francesa fundó junto con la pintora Lourdes Castro, su esposa, el grupo KWY, tres letras que no figuran en el alfabeto portugués y que irónicamente muchos interpretaron como «cá vamos indo» (Acá seguimos, es decir, resistiendo, lejos de la dictadura salazarista), incorporándose luego Jan Voss y Christo. Con delicado sentido poético, Bértholo creó cuadros de una narrativa inventada con seres y cosas extraídos de la vida cotidiana que remiten a lugares y personajes de su país, de mayor refinamiento que el argentino Antonio Seguí, con quien tuvo puntos de contacto. Son composiciones abiertas desparramando en tropelía diminutas figuras navegando en el espacio, sin rumbo cierto, dibujadas con deliberada torpeza al igual que su firma. A partir de 1966 comenzó a pergeñar objetos mecanizados de encantadora factura (el uruguayo José Gamarra frecuentó una línea similar, muy en boga entonces), pequeños paisajes accionados por motores, constituyéndose en un referente del arte portugués del siglo XX en el exterior. Murió el viernes 10, Día de Portugal, en Algarve, al sur del país, donde residía en los últimos años. *

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