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Desde las cenizas

En «Desde las cenizas», la novelista uruguaya Claudia Amengual construye una visión desencantada de la relación de pareja y la crisis del instituto matrimonial, en un paisaje contemporáneo signado por las angustias y las incertidumbres.

El relato describe explícitamente la rutina de una mujer madura, casada pero realmente descasada, cuya vida transcurre en una cotidianidad gris y agobiante.

Es una mera figura en el paisaje de la realidad, casi un objeto decorativo o una pieza en el museo personal de su indiferente marido, que la considera   más que una compañera   parte de su patrimonio personal.

La autora describe la existencia de la protagonista como una suerte de tormento. El amor está agotado, aunque el mayor problema no parece ser afectivo, sino una terrible pérdida de identidad.

Claudia Amengual reflexiona sobre las distancias, cuando alude al marido deliberadamente ausente, los hijos ya mayores que están disfrutando de vacaciones y quizás ni siquiera extrañen a sus padres y esa atribulada hermana que reside en el exterior, de la cual la separan bastante más que las distancias geográficas.

Aunque ambas fueron educadas en el mismo ambiente familiar, sus proyectos de vida son radicalmente opuestos, porque están fuertemente condicionados por las actitudes, los prejuicios, los miedos y hasta las conductas morales.

La autora recluye a Diana   que es su personaje femenino   entre los barrotes de una prisión que no es física pero sí emocional, porque ésta teme íntimamente a la inseguridad, a la soledad y al eventual escarnio social de la separación.

Sin embargo, como tantas y tantos otros de esta posmodernidad bastarda y vacía de sensibilidad, se refugia recurrentemente en la carretera virtual de Internet, donde suelen pulular las ofertas, las promociones comerciales que alimentan el consumismo y los discursos baladíes de huérfanas almas inidentificadas.

De algún modo, la autora ensaya una soterrada crítica a la cultura contemporánea de esa comunicación sin rostro que parece gobernar a quienes huyen obsesivamente de la realidad. Sin embargo, cuando en la pantalla de Diana aparece un mensaje firmado mediante un seudónimo, se inicia una nueva historia.

Ese amante informático que diariamente corteja a la protagonista sin identificarse, es una suerte de apertura hacia una ansiada resurrección, a la recuperación de la esperanza perdida.

Ese novio clandestino con el cual la descasada mujer intercambia mensajes, se transforma en el disparador de una experiencia fascinante y de la construcción de renovadas expectativas.

La novelista intercala esos secretos coloquios entre la protagonista y su Romeo cibernético, con la visión de un atestado aeropuerto, cuyas fauces devoran incesantemente a miles de uruguayos compulsivamente expulsados por la crisis.

Resultan elocuentes las imágenes de dolorosas despedidas, de madres, padres y abuelos que besan a sus jóvenes, a esa sangre nueva que drena abundantemente rumbo hacia el exilio económico, buscando oportunidades que su país natal le niega.

En ese contexto, la distancia se transforma en una suerte de metáfora del desarraigo, que no refiere meramente a la diáspora uruguaya, sino también a los exilios individuales, que son los del alma.

Alimentando aún más su discurso en torno al frecuente fracaso matrimonial, Claudia Amengual describe otras parejas entrecruzadas por lazos de amistad que padecen idénticos desencuentros y romances marchitados por el tiempo.

La autora reflexiona en torno a algunas de las causas más frecuentes del fracaso, aludiendo a los factores afectivos y también a los sociales y culturales.

A medida que avanza el relato, la novelista va construyendo a cada uno de sus personajes, todos los cuales tienen   más allá de eventuales particularidades   un denominador común: sus secretos.

Sin embargo, más allá de silencios y actitudes de ocultamiento, que suelen ser frecuentes en las parejas, la culpa se precipita en sus atribuladas conciencias, como si se tratara de techos que padecen goteras y filtraciones.

En esta historia de trazo bien cotidiano, abundan las mentiras y las infidelidades, las complicidades, los silencios complacientes y la permanente insurrección de los sentimientos.

La narradora describe explícitamente los dramáticos síntomas de agotamiento que suelen afectar a las parejas, que devienen inevitablemente en la sospecha, la desconfianza y la exasperación.

Cuando sobreviene esa sensación de fractura inexorable, la convivencia se torna intolerable, desaparece el cariño y hasta las afinidades que, en otros tiempos, edificaron proyectos y sueños compartidos.

A los efectos de recrear los orígenes de estos seres atribulados y gastados, la novelista evoca incluso a los ascendientes de los miembros de la pareja central del relato, mediante lo cual el lector podrá lucubrar e interpretar en torno a actitudes, conductas y motivaciones.

Todos los personajes son de clase media   en algunos casos de situación económica bastante holgada   de lo que se infiere que la fragmentación afectiva no siempre es un producto residual de situaciones socialmente dramáticas.

Sin embargo, de los testimonios de los jóvenes, que comparten sus inquietudes con sus abuelos, se infiere claramente que la sensación de desesperanza está instalada en todos los estratos de la sociedad. Hay, en esta historia, nuevas referencias al tema de la emigración, que abonan ciertamente esta tesis sin dudas irrefutable.

El relato sigue el curso de varias vidas paralelas, que transcurren entre el trabajo, el pasatiempo y los secretos celosamente guardados, como los encuentros furtivos entre un hombre casado y su amante y los coloquios informáticos de ese romance virtual que se procesa mediante cotidianos mensajes proyectados en la pantalla de un ordenador de computadora.

En esa torrencial vorágine de afectos y desafectos y amores y desamores, hay una suerte de construcción teatral, en la que cada personaje representa un papel que no desea interpretar, aunque así lo imponga la cultura de las apariencias intrínseca a nuestro estilo de convivencia.

Aunque algunos sospechan, intuyen o confirman engaños, todos asumen su rol en la comedia humana, porque éste es parte de las reglas del sistema, al margen de eventuales valoraciones dialécticas o disquisiciones ideológicas.

Claudia Amengual esboza una crítica no muy consistente a una sociedad hipócrita y fuertemente aferrada a los tabúes, cuyas ancestrales rémoras hubieran ameritado un alegato bastante más enérgico y contundente. De todos modos, esa reunión de amigos inducida que ocupa los últimos capítulos del relato, opera como explícito escenario de miserias, vanidades, banalidades y eventuales frivolidades.

De algún modo, en un universo pequeño de espacios físicos reducidos y hasta opresivos, la novelista lanza a sus personajes a una temeraria aventura de sinceramiento, donde todos se despedazan implacablemente. Allí se dirimen las supremacías, las identidades amputadas, los sentimientos de pertenencia, los derechos de propiedad de personas sobre otras personas legitimados por las costumbres y los miedos a la soledad, el fracaso y la pérdida.

Claudia Amengual plantea una visión terriblemente desencantada sobre el matrimonio y la relación de pareja, que por momentos asume un discurso bastante maniqueo.

Más allá que naturalmente todos los personajes son meras criaturas literarias de ficción, la novelista sugiere que el vínculo matrimonial destruye toda la magia del amor y consume el fuego de la pasión.

Incluso, de algún modo, afirma que las relaciones de pareja sólo se mantienen mediante actitudes de complicidad mutua ante la infi
delidad, la que, a su juicio, sería un destino inexorable de los matrimonios de larga aliento.

Aunque admitimos que el tema nuclear del relato debe ser abordado con realismo y no con inconvenientes idealismos epidérmicos, es claro que no todas las parejas están destinadas al fracaso, a la rutina, a los ritualismos cotidianos y al inexorable agotamiento de los afectos. Pese a que la autora no clausura definitivamente los sueños y mantiene la esperanza que es posible emerger de las cenizas a

las que alude el título, todos sus personajes son perdedores empedernidos, que parecen condenados al desastre y el desmoronamiento existencial.

Por más que Claudia Amengual plantea posturas exacerbadamente radicales y recurre a algunos clichés de la novela romántica, «Desde la cenizas» difícilmente deje indiferente al lector, porque reflexiona sobre la fragilidad de los afectos, la crisis del instituto matrimonial y la frivolidad de una sociedad gobernada por las apariencias.

(Editorial Planeta)

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