Tiene la palabra
Tabaquismo
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Dicen que no hay nadie peor que un pecador arrepentido. Soy un ex fumador. Desde los 14 años hasta los 48 llegué a fumar hasta 60 cigarrillos diarios.
Cuando sufrí mi segunda neumonía traté dos veces, pese a ello, de fumar un excelente cigarrillo, fue como meterme un rallador de punta en mis vías respiratorias.
Eso me hizo pensar que yo, como hombre, insistiendo en autolesionarme, era aún más débil que todos los fumadores empedernidos del mundo, porque soy médico y neumólogo.
No me justificaba ni la ignorancia ni el desconocimiento de los sufrimientos del fumador por sus enfermedades.
Y proponiéndome dejar el vicio por 24 horas, para no asumir la pesada carga de dejar de fumar por el resto de mi vida, fui aguantándome sin fumar cada día de esos últimos 24 años.
No sólo he aguantado. Ahora no soporto el humo del tabaco, me provoca tos y malestar. A tal punto que rechazo las reuniones donde se fuma indiscriminadamente.
El 23 de mayo pasado, leí en la página 8 del diario LA REPUBLICA de Montevideo, una columna de llamadas telefónicas de cinco fumadores, todos ellos rompiendo lanzas ante las posibles medidas gubernamentales a tomar contra el tabaquismo.
Todos los fumadores afirmaron que «una ley que prohiba el tabaquismo es un atentado a la libertad individual».
O sea, a la libertad.
Quien está referido en el 2º lugar, sostiene: «Estoy de acuerdo con el periodista Lincoln Maiztegui que dijo que prohibir fumar era una medida fascista. Va a ser peor. ¿Y qué me van a hacer? ¿Me van a meter preso? Yo pienso seguir fumando cuando y en donde quiera porque soy libre. Y eso no es Cuba que hay que hacer lo que dice el comandante».
Podría contestarles, con todo respeto, que la libertad no es un valor absoluto; que es relativo, porque está condicionada por las leyes de la naturaleza, por las de la sociedad y por las propias del interior humano, del psiquis. Más simple: mi libertad se limita cuando toca la libertad de cada uno de ustedes.
Tengo que saberlo y tenerlo siempre presente.
Y aunque no me gusten sus ideas, tengo que respetar a sus personas. Por eso les ruego que si leen esto, lo mediten antes de rechazarlo.
Podría contestarles también que por mi experiencia vital me atrevo a afirmar que no hay presidente, comandante ni dirigente que pueda impedirle a un pueblo el placer de fumar.
Pero sí vi a un presidente, comandante y dirigente capaz de dar el ejemplo dejando de fumar; capaz de impulsar la discusión del problema por absolutamente todo el pueblo, de todos los que quisieran discutir, en las bases, en los lugares de trabajo o de vivienda; y capaz de persuadir a ese mismo pueblo razonando en largas conversaciones públicas, hasta que el pueblo mismo comprendió y exigió a la Asamblea Nacional una ley que prohibiera el hábito de fumar en todos los locales públicos cerrados exceptos los bares y boites.
Eso en un país tan fumador o más que el nuestro, porque es uno de los mayores productores mundiales de tabaco.
Un país donde en 1974 aún estaba permitido fumar en los ómnibus de transporte urbano, y se prohibió hacerlo sólo en 1975 porque un bebito se quemó por el cigarro de un pasajero sentado a su lado.
No fue por un decretazo de un mandamás, sino una obra colectiva de largos años de ensayos, acuerdos y fracasos, hasta llegar al convencimiento masivo.
Hay un derecho humano colectivo a defenderse de la contaminación del aire por el humo del tabaco. Porque no hay derecho a contaminar el ambiente con nada. Con deshechos sólidos ni líquidos, con polvo, con humo, con ruidos.
Uno de los contaminantes comprobados fehacientemente es el humo del cigarro de hoja, de la pipa y de los cigarrillos. El peor es el del cigarrillo, porque el papel quemado produce la liberación de benzopirenos, que son altamente cancerígenos.
«También está hoy absolutamente comprobado el daño del que está próximo al fumador: es lo que se ha definido como el fumador pasivo, que inhala el humo expirado por el que fuma.
En el momento actual es archiconocido que el tabaquismo provoca más de 50 afecciones diferentes en el ser humano.
No deseo ser redundante, pero ennumero al pasar el cáncer de pulmón, el cáncer de vejiga, todas las lesiones arterioscleróticas (aorta, coronarias, carótidas, arterias de los miembros) con sus respectivos infartos, enfisema pulmonar, agravación del asma, etc.
Si nos referimos al sufrimiento, «no hay apetito humano más desesperante que la sed de aire». Cuando un cáncer de pulmón es ya incurable (sólo son eficaces la prevención o el tratamiento precoz), el sufrimiento mayor no es el dolor sino la sed de aire, durante meses y meses. ¿Cuál no será el sufrimiento de un enfisematoso que sobrevive con disnea, con sed de aire progresiva años y años hasta morir?
Entonces: no es que nadie vaya a dejar de fumar porque se lo prohiban, por más leyes que le pongan. Solamente si una persona sabe las consecuencias invalidantes y finalmente, mortales, del cigarrillo y llega a tener miedo de enfermarse con ese hábito -que no resuelve ningún problema ni quita la angustia- solamente por convicción, alguien deja de fumar.
Convicción que a veces es desencadenada por una enfermedad intercurrente aguda, como una neumonía, o por la muerte de alguien muy querido a causa del tabaquismo.
Podríamos referirnos también a la responsabilidad individual, no sólo a la de no contaminar a los demás, sino a la responsabilidad de un padre o una madre fumadores hacia sus hijos, fumadores pasivos o futuros huérfanos.
No solamente los oncólogos ni los neumólogos, sino cualquier médico, indica hoy a sus pacientes no fumar, para que nadie sea perjudicado.
Es función ética de todo médico, y debe serlo en igual medida de todo político en el poder, impulsar toda medida que impida la contaminación del medio por cualquier polutante. En este caso, el humo del cigarrillo.
Para hacer respetar la libertad de la sociedad de respirar un aire puro, ¿cómo conciliar esta libertad con la libertad de fumar?
La única solución es que los fumadores fumen donde no contaminen a los no fumadores. ¿Dónde? Al aire libre, que diluye el humo, o en un lugar cerrado hecho para los fumadores y los no fumadores que se arriesguen conscientemente a estar allí.
Por tanto, sólo ciertos lugares de reunión de tiempo libre podrían ser fumaderos colectivos.
Otro de los fumadores que llamó, sostiene que «es el vicio de los pobres, porque a veces fumar nos saca el hambre».
No, lo que saca el hambre es el alimento, la comida. A veces, el sueño. Tampoco fumar saca los nervios. Sólo distrae por un ratito la angustia, por estar uno ocupado en algo, pero no resuelve el problema que provoca la ansiedad.
El gesto de llevarse el cigarrillo «compañero» a la boca puede ser sustituido por cualquier otro automatismo: chuparse un dedo, portar una boquilla, una pipa o un cigarro sin encender, tomar mate, masticar chicle, caminar, hacer ejercicio. Todos procedimientos opinables, pero que raramente causan daño a otras personas.
En cambio, un fumador hace que el humo, tóxico, penetre a través de las vías respiratorias de su prójimo, y que llegue hasta los finísimos alvéolos pulmonares, comparables a una delicadísima esponja de muselina rosada: y a través de ellos, la nicotina y los cancerígenos pasan a la sangre, que además, a causa del aire viciado de humo, porta menos oxígeno.
Por eso el cigarrillo es tan nocivo para la embarazada y su feto en desarrollo. Si lo primero es la vida, habría que gritar aún con mayor energía qu
e contra el aborto mejor legislado (porque la legislación actual lo permite), contra la contaminación del feto por el tabaquismo, porque se dañan más fetos por el tabaquismo que por el aborto provocado.
El tercer fumador, arriba mencionado, dice también que «tendrían que prohibir muchas otras cosas», «que hay cosas más importantes».
Claro que sí. Es mucho más importante prohibir la falta de libertad individual, prohibir la indignidad individual que es para un ser humano carecer de trabajo, de comida, de techo, de abrigo, de salud, de escuela, y ni qué hablar, de cultura, de tiempo libre para las artes, los deportes o la meditación.
Y por supuesto, prohibir la falta de solidaridad.
Pero se debe prohibir por acuerdo colectivo, por pacto social, por ley constitucional, y no simplemente por decreto, la contaminación ambiental, por la causa que sea.
En este caso, la contaminación por el tabaquismo es una de las prohibiciones que la sociedad debe encarar para llegar a «la pública felicidad».
PROFESOR DR. RICARDO ELENA
El cartero llama dos veces; Antel, ni una
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Es curioso que la prensa, en los últimos días, no se haya ocupado de un tema que para el correo, tiene mucha significación: por decisión de su Directorio, Antel no repartirá más sus facturas a través de sus propios funcionarios sino que, en el futuro, la distribución se hará por cuenta del Correo. Como lo reclamó incesantemente en los últimos tiempos la dirigencia sindical del organismo postal a través de su vehemente y siempre locuaz representante José Mato.
Más curioso aún resulta el hecho que, en las propias agencias de correos, muchos funcionarios ignoraran la implantación de dicha medida, que sin duda significará para el organismo postal una fuente de ingresos de la que se veía privado, lo que había motivado continuos reclamos desde la órbita sindical. «Zapatero a tus zapatos», como suele decirse, en adelante las facturas de Antel serán repartidas por el cartero, lo que sin duda originará a la vez airadas protestas de los funcionarios del ente de las comunicaciones, (Sutel se haya en preconflicto por la decisión) que con dicha actividad extra, veían mes a mes incrementados sus sueldos.
Resta saber ahora, si tanto el Banco de Seguros del Estado (que otorga a sus funcionarios el reparto de pólizas, incrementando más aún los ya de por sí excelentes sueldos de los bancarios oficiales) adoptará igual medida. La que también, suponemos, se extenderá a otros organismos estatales, caso de UTE, devolviendo al Correo una acción que legítimamente le corresponde, dado que ni los funcionarios de Antel, ni los del BSE ni los de UTE y otros organismos oficiales, fueron ingresados para reparto de correspondencia, sino para cumplir tareas administrativas o de servicios generales.
Si bien ya Sutel, el sindicato de funcionarios de Antel ha «puesto el grito en el cielo», lo que pensamos ocurrirá también con AEBU, entre otras dirigencias gremiales, el reclamo esgrimido carece de bases de sustentación posibles por una sencilla razón: el reparto de correspondencia, de todo tipo de correspondencia, compete a la Dirección de Correos. Y punto.
Saluda atentamente:
JOSE CANTERA
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