HOY A LAS 21.00 SE PRESENTA FACUNDO CABRAL EN EL TEATRO EL GALPON

Un eterno peregrino de la canción

A fuerza de paciencia, camina vacilante aferrado a su bastón con una pesada mansedumbre, como cargando un peso no merecido a sus espaldas. Como buen poeta nómade se pierde una y otra vez entre sus recuerdos y anécdotas, entre ese condensado mundo que le cuesta entender y explicar. «No soy de aquí, ni soy de allá» tiene setecientas versiones en veintitrés idiomas y fue grabada e interpretada por Alberto Cortez, Neild Diamond y Chavela Vargas, entre otros. Luego de un intenso y largo recorrido por el vasto territorio argentino fue fichado en 1976 como «cantante de protesta», por lo que tuvo que exiliarse en México. Hoy, vive solo en el barrio argentino de Retiro, en medio de una penumbra, que aún no es ceguera. Pero, a pesar de los pesares, Facundo sigiloso y musical, serpentea con su calidez y buen humor en nuestro país para sacarle ventaja a estas polares noches de invierno. Y así es, que cuando las metáforas no alcanzan y es preciso hablar claro, dejar constancia de un sentimiento lúcido y creíble, ahí está Cabral, con su latente humanismo y esa sorprendente sabiduría, que solamente se obtiene recorriendo este interminable camino que se proclama mundo. Por eso seguimos queriendo tanto a Cabral, un grande.

–El nombre del espectáculo es «Terriblemente solo, maravillosamente libre», ¿son compatibles ambos sentimientos?

–Sí, claro, el precio de la libertad es la soledad. La idea siempre es conocerse a uno mismo lo más posible, es como el «Ama a tu prójimo como a ti mismo», uno en la vida no puede hacer nada si no se conoce. Solo, no hay forma de que te puedas mentir. La soledad es un espejo, en esos minutos antes de dormirte, no hay forma de que te puedas engañar. Ese dolor o esa felicidad están ahí, patentes. Por eso «Terriblemente solo…» porque la soledad aparenta ser terrible.

–Y según tu obra así lo parece, ya que siempre recurrís a ella como un ser entrañable del que difícilmente se puede zafar…

–Sí, poblada. Porque es la hembra con la que más viví. Fue dada, yo nunca la conquisté. Mi vida se dio así, desde muy temprano estuve solo y nunca supe cómo es la otra manera de ser y estar.

–Tal vez el hecho de que tu padre los abandonara desde muy pequeños influyó en esa extraña forma de percibir y abrazar la soledad.

–Absolutamente. Mi madre siempre nos decía: «No estamos abandonados, estamos de vacaciones». Ella lo asumió por ahí, es mejor asumir de a poco las victorias o las derrotas para que en los momentos difíciles duelan menos. Hay que pensar que estamos de paso.

–¿Te ha quedado alguna cuenta que saldar en estos cuarenta y cinco años de carrera?

–Me quedó la alegría de que siempre fue una fiesta. Me ha quedado la impresión de que he viajado de fiesta en fiesta más que de país en país. Mi sueño de muy jovencito era conocer Buenos Aires, y la vida me sorprendió. No sabía que iba a conocer casi el mundo entero, el amor de mujer, el amor de hija, de amigos o escuchar música como la de Mozart. No pretendía tanto. El triunfo está en hacer lo que a uno le gusta y en esa maravillosa enfermedad que es el amor.

–¿De qué se trata eso de «meterse en tus propias botas, para así, no caminar más»?

–Leí por primera vez un libro por los años sesenta de un hombre llamado Krislamurthi, a quien le pregunté una vez: maestro, ¿hasta cuándo voy a caminar?. Y él me contestó: «hasta que te metas en tus propias botas». Y es muy significativo, porque parás cuando realmente te conocés. Todo funciona como un espejo para que te conozcas. Y cuando lo hacés, se terminó el cuento, te quedas quieto. *

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