Mujeres en la cocina

Somos tan incapaces de ver la realidad que tenemos delante de los ojos, que la vida miserable de la mayoría de nuestras mujeres nos llega a través del azar de las mexicanas que convoca Rascón. Todo viene sesgado: esta obra llegó en la valija de un viajero, como podrían venir réplicas de las cabezas olmecas o una botella de tequila. Aún así, hay descuidos en la versión local: en el primer monólogo se alude una y otra vez, sin más, a «El Barzón», palabra que nombra a una organización de defensa de deudores que para los mexicanos tiene un sentido muy claro pero que para nosotros es un enigma.

La pieza demuestra con elocuencia que las mujeres siempre tienen que hacer algo más, y después todavía algo más. La cocina, como la limpieza y al cuidado de los niños, se les da por descontado. Aún hoy en un restaurante de Campania vimos a una camarera que, en tanto no era requerida por los comensales, se sentaba a tejer para contribuir a la economía familiar. Además de la cocina que limita, retiene y dobla el espinazo, están todas las demás tareas; y no contamos la asunción de los fracasos familiares, los hijos descarriados, las traiciones y los abandonos y aún los velorios, donde hasta hace poco tiempo debían preparar y servir café. Este sentido social de las obras de Rascón, quizás rústico pero muy sincero, aparece en la puesta en escena de Rocío Villamil en un segundo, tercer o cuarto plano. La anécdota absorbe todo; pero también mata, porque fuera de un sentido global, las vidas individuales de estas mujeres poco o nada significan. Cada una de ellas cuenta su historia, que es también la historia de una sumisión, de una vida subalterna que debería causarnos espanto y que apenas despierta una curiosidad de turistas. Las historias se narran una tras otra, subrayando una terrible soledad; las tres mujeres están simultáneamente presentes en la escena, pero parecen no verse ni conocerse, lo que subraya su afligente soledad. No hay acción, sino narrativa en escena, como si la vida hubiera huido ya de esos cuerpos, que adivinamos cansados y envejecidos.

Al fin de la obra las mujeres convidan a los espectadores con los alimentos que cocinaron de principio a fin. Saben bien; pero hay un regusto a lágrimas tragadas que arruina la diversión sin comunicarnos mayores emociones. *

SAZON DE MUJER, de Víctor Hugo Rascón, por teatro El Picadero, con Rita Olivera, Ileana López y Daniela Muñoz. Dirección de Rocío Villamil. En Las casernas del muelle viejo, Rambla 25 de Agosto e Ituzaingó.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje