LIBROS

En la boca del lobo

En «En la boca del lobo», el escritor y periodista José Luis Baumgartner elabora un descarnado testimonio de los tiempos más oscuros, a partir de su propia experiencia.

El narrador construye una novela dentro de otra, en la que un presunto director de cine se propone rodar una película, adaptando un explosivo libro que reproduce algunos acontecimientos capitales de nuestra historia reciente.

Los escenarios son   naturalmente   las agitadas décadas de los sesenta, los setenta y la primera mitad de los ochenta del siglo pasado, cuando nuestro país se precipitó a un auténtico aquelarre de violencia y autoritarismo genocida.

El protagonista del relato «el Tío», un alter ego del autor, abogado y periodista como él, negocia con el cineasta el contenido de la cinta, que capturará los orígenes y el transcurso de la pesadilla que padecimos los uruguayos durante la cruenta dictadura.

Por las páginas iniciales de esta novela testimonial narrada en dos cursos paralelos, desfilan sonados casos de corrupción financiera durante la década del sesenta, el atraco al Casino San Rafael, la toma de Pando, varias operaciones guerrilleras contra objetivos militares y el copamiento de la planta emisora de Radio Sarandí, entre otros acontecimientos cruciales acaecidos en los tiempos de mayor efervescencia.

No faltan explícitas referencias al diario «Ya» («Sur» en la ficción) cuyo staff integró el autor, un medio escrito que retrató con osadía los turbulentos paisajes de un Uruguay fracturado. Su vida fue efímera, en un país de prensa férreamente amordazada por el pachecato, que se encaminaba aceleradamente rumbo a la ruptura institucional.

Confiriendo a su relato un trazo novelesco y hasta cinematográfico, José Luis Baumgartner modifica deliberadamente los nombres de los protagonistas de ese tiempo de antagonismos y agudas contradicciones políticas y sociales.

Sin embargo, aporta los elementos y rasgos indispensables para la identificación de muchos personajes, como Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti, Wilson Ferreira Aldunate, Enrique Erro, Zelmar Michelini y algunos oscuros militares que participaron del Golpe de Estado y la posterior experiencia dictatorial.

Sin abandonar su formato deliberadamente novelado, el autor intercala referencias explícitas a los secuestros del perverso instructor de la CIA, Dan Mitrione   posteriormente ejecutado por los tupamaros   el cónsul brasileño, Aloysio Días Comide y el experto norteamericano en suelos, Claude Fly.

También abundan los pantallazos acerca de la multitudinaria fuga de presos políticos del penal de Punta Carretas, la captura del líder guerrillero Raúl Sendic, las fraudulentas elecciones de noviembre de 1971, el pacto de Boiso Lanza y el golpe de Estado. Según los propios documentos castrenses, la insurgencia había sido derrotada militarmente un año antes, lo que descalifica de plano los habituales sofismas de los golpistas y de sus aliados civiles.

Sin embargo, todas esas imágenes operan como meros fragmentos del complejo mosaico del relato, cuyo eje fundamental es realmente la historia del autor, protagonista de la narración a través de su clon literario.

El tema vertebral es la participación de este abogado y periodista en negocios financiados por capitales pertenecientes al MLN, que en plena derrota – a comienzos de 1974   y sin proponérselo, llegaron a detentar fuertes intereses en la industria pesquera uruguaya.

Lo más sugestivo y realmente sorprendente, es que al frente de la empresa estaba un oficial perteneciente a la marina, que es recordado por su participación en la insubordinación castrense del 9 de febrero de 1973. El militar se enteró mucho tiempo después que había sido   sin saberlo   director de la empresa tupamara.

El autor-actor describe minuciosamente las tratativas secretas tendientes a concretar el frustrado proyecto empresarial, así como las posteriores consecuencias de esas actividades de trasfondo clandestino, que, por un tiempo, funcionaron legalmente ante la total ignorancia del régimen dictatorial.

Trabajando simultáneamente con los tiempos reales y los tiempos literarios, Baumgartner elabora pacientemente la intrincada trama de su novela que es, sin dudas, una historia de fuente acento testimonial.

Sin embargo, este libro, que en sus primeros tramos posee la estética de una mera intriga política, evoluciona rápidamente hacia territorios de mayor crudeza y realismo.

El lenguaje del autor comienza a adquirir una deliberada contundencia, cuando se registra la detención del protagonista por parte de fuerzas militares y su posterior reclusión en un cuartel, transformado   a la sazón   en una suerte de campo de concentración y exterminio.

La descripción de la pesadilla padecida resulta una experiencia impactante y sobrecogedora, cuando el escritor recrea los extenuantes interrogatorios, la tortura, el «submarino», el caballete, la picana eléctrica y el terror psicológico que imponían los carceleros a sus víctimas.

Baumgartner narra el calvario padecido por «El Tío», sometido recurrente a tratamientos inhumanos y al horror inenarrable provocado por un grupo de monstruos uniformados gobernados por el fanatismo y la paranoia.

El escritor y periodista construye imágenes tan elocuentes como descarnadas, para trasladar al lector todo el sentimiento opresivo que padeció en ese infierno.

La novela tiene la virtud de observar e interpretar la realidad exterior desde la experiencia de confinamiento, así como los movimientos que se operaban en el seno del propio régimen.

Los acontecimientos que devinieron en el cambio de la cúpula militar en 1974, son un buen ejemplo de que las aguas de la interna dictatorial   por rivalidades políticas y la encarnizada competencia por apropiarse del botín de guerra   llegaron a adquirir una singular turbulencia.

En ese marco, afloran las diputas y las purgas, así como las prácticas de corrupción de muchos de los integrantes de las Fuerzas Armadas. Algunos de ellos, además de implacables asesinos, también eran ladrones o meros rateros, como el propio José «Nino» Gavazzo, que en este libro también tiene nombre ficticio.

El escritor ensaya una despiadada radiografía del la exacerbada patología autoritaria, que se expresaba particularmente en la crueldad, la saña y el odio con el que maltrataban y torturaban impunemente a los presos políticos.

José Luis Baumgartner presenta a los uniformados protagonistas de esta historia real como auténticas máquinas criminales dispuestas a todo, que violaban impunemente los derechos de sus víctimas y las sometían a aberrantes vejámenes.

Empleando el recurso del doble relato   el protagonista como personaje de la historia y como relator de su propia experiencia de calvario   el escritor transmite al lector la fuerte fractura que provocaron los carceleros entre los presos y sus familiares.

También retrata la agobiante sensación de aislamiento padecida por los reclusos, involuntarios protagonistas de una historia vacía y un tiempo muerto sin tiempo, que fue irrecuperable.

Sin embargo, al margen de tristezas, nostalgias y recurrentes angustias, el autor rescata la fortaleza de los afectos y los lazos filiales, que se enfrentaban y sobreponían al drama de la soledad, la distancia y la incertidumbre.

Incluso, reproduce elocuentemente la sensación de estar preso aún luego de abandonar los muros del penal de Libertad, porque afuera aguarda la ardua readaptación al mundo que ya no es el mismo que era, cuando   siete años antes   ingresó a los ominosos parajes del calvario en las bastillas del régimen.

No era libre aún luego de ser liberado, porque vivía en una sociedad cotidianament
e sometida al oprobio, permanentemente hostigado por los mastines uniformados y desocupado, ya que

se le había prohibido expresamente el ejercicio de su profesión.

En los últimos capítulos del libro, José Luis Baumgartner reflexiona en torno a los orígenes del proceso que devino en el abismo: el pachecato, la escalada represiva, la farsa de la «guerra» contra una guerrilla ya aniquilada en 1972, la dictadura como asalto al poder de una banda armada al servicio de la oligarquía nativa y la connivencia con los proyectos de dominación hemisférica del imperio.

Obviamente, el escritor no soslaya una explícita referencia a los desaparecidos, una suerte de estigma que aún   veinte años después del epílogo de la dictadura   mantiene una dramática vigencia.

«En la boca del loco» es un relato de trazo contundente, que coadyuva a superar las fracturas de la memoria, en un tiempo de cambios y paulatina construcción colectiva de la verdad histórica.

(Editorial Fin de Siglo)

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