Un retrato perfecto donde no falta nada
Esto es sólo una parte de la verdad: observación, digámoslo de paso, muy en la cuerda del mismo Onetti, siempre escrupuloso con la exactitud de las palabras, detalles, matices y minucias. El tono de los reportajes, donde percibimos aquí y allá una nota de superficialidad y casi de frivolidad, no aparece en la escena, que nos ofrece un clima muy distinto. A través de esos diálogos se ha llegado, combinando equilibradamente agudas percepciones de la hiperestésica y aún frágil psiquis del autor con sus sólidas ideas estéticas, donde Onetti avanza con una seguridad y hasta con una maestría propias de quien ha encontrado, luego de recia lucha con el ángel, su vía y su destino. Diríamos que el material anecdótico de Giglio fue trasmutado por una rara alquimia en una imagen tridimensional, densa de color y de profundidad, como una escultura literaria sobre un mármol sin mácula, donde vemos, quizás por fin y definitivamente, al hombre. Muchas opiniones son posibles sobre Onetti: algunos podrán reprocharle, con justicia, el aburrimiento que suele causar su lectura; otros podrán objetar su vagabundeo alrededor de sí mismo, del que pudo decir Onetti, como su admirado Céline, «En mi espíritu, igual que en mi vida, todo era desorden». Pero sea cual fuere el ánimo del espectador, luego de Onetti en el espejo ya no tendrá juicios ni prejuicios. Es el retrato perfecto, donde no falta nada. No faltan ni sus carencias ni su trivial peripecia humana. Está, en particular su erotomanía, tan real como su erotismo, tan curiosamente distantes ambos de su escritura, donde apenas se alude al sexo con una elegancia a lo Stendhal, aristocrática y nada puritana, que considera de mal gusto dar detalles en materia de sexo como de amor; está, también, y felizmente, el artista, con su pasión y muerte, sus dificultades con sus propias creaciones y con la esquiva palabra y sobre todo esa lucha por obtener y retener un ámbito de soledad donde escuchar, en paz, su propia voz.
El espectáculo, así, es Onetti por Onetti. Como si en un recodo de su cuentos apareciera de pronto él mismo, con su andar inconfundible, su aire de soñar despierto. Este ha sido, a nuestro modo de ver, el propósito de la directora, Patricia Yosi, que se ha entregado a su personaje, a través del material en bruto de las entrevistas, para hacer del personaje no sólo el único protagonista sino el autor de la obra. Asumió sus sueños, se sumergió en su obra y en su vida, buceó y rescató de esas procelosas profundidades todo un drama, una aventura humana valiente y apasionada, un nuevo Onetti, más él mismo que el que creíamos conocido, resucitado noche a noche en la sala 2 del Circular. Todos aquellos que lo hayan resistido y rechazado podrán, todavía, no amarlo; pero han de respetarlo y aún reconciliarse con él. Quienes hayan admirado su áspero arte de narrador podrán advertir, con una emoción retrospectiva, cuántos cigarrillos, alcoholes e insomnios fueron el precio de una sola página definitiva.
Este es el libreto. La puesta en escena, que está cerca de la perfección, recorre el mismo derrotero: desde el hombre y hacia el hombre. Tiene la misma sobriedad, hasta la misma reserva del personaje: todo muy Onetti, al que no se le podrán reprochar palabras ociosas ni proclividad por la autobiografía. La escenografía (Osvaldo Reyno) insinúa algunos interiores de habitaciones; al fondo hay algo que puede ser Montevideo o «Santa María», imágenes próximas y a la vez distantes, como en protagonista: como en la narrativa del autor, sin asomo de color local. La puesta en escena tiene un ritmo calmo y uniforme, sin sobresaltos, con un notable sentido de las transiciones y de la resolución de las diferentes escenas; muy precisa en los climas, en los matices de la iluminación (Alejandro Piastra) y en la música de Ulivi.
La obra, tan cuidadosamente planeada y escenificada, sería otra sin la interpretación de Walter Reyno, al que hace tiempo no veíamos en un papel digno de sus condiciones. En un trabajo de composición que hace adivinar un largo asedio, Reyno ha logrado hacer andar y decir desde dentro a Onetti. Reproduce sus gestos y hasta sus tics, que deben revelar para quien sepa leerlos, esos fluctuantes estados de ánimo que se escondían tras una máscara impenetrable: una interpretación cálida, producto de una lograda intimidad con su personaje. En la escena en que Paola Venditto, también muy precisa en su papel de la periodista, dice el poema de Idea Vilariño «Ya no», la silenciosa contraescena, al borde de lo patético, de Reyno dice mucho más que el comentario verbal que sigue y que más que proseguir la escena parece querer liberarnos de ella. En ese momento, para recordar por mucho tiempo, la conjunción feliz de varios astros en escena, Onetti, Idea, Reyno, Paola y Patricia nos llega al alma. *
ONETTI EN EL ESPEJO, de María Esther Gilio, versión escénica de Hiber Conteris, con Walter Reyno y Paola Venditto. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Pilar González, iluminación de Alejandro Piastra, música de Fernando Ulivi, dirección de Patricia Yosi. Estreno el 14 de mayo, Teatro Circular, sala 2.
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