Un perseguido del dictador Alfredo Stroessner
Augusto Roa Bastos fue el más destacado escritor paraguayo y un firme opositor a los regímenes autoritarios que gobernaron Paraguay desde 1947. Durante la larga dictadura de 35 años de Alfredo Stroessner (1954-89) permaneció exiliado, primero en Argentina y luego en España y Francia, donde forjó su obra literaria.
En ella aludió -tangencial o más directamente- al mandamás de su país, hoy exiliado en Brasilia. Roa Bastos ya había salido del país en 1947 como consecuencia de la guerra de ese año, un enfrentamiento entre civiles del Partido Colorado y una coalición de liberales y comunistas. Su obra cumbre, Yo, el Supremo, está inspirada en el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia, «Padre de la Patria» y uno de los cerebros de la independencia de España en 1811. Pero para muchos la obra Yo, el Supremo es un retrato de Stroessner, y por eso estuvo prohibida por varios años. Su estudio y análisis en los colegios y universidades paraguayos comenzó tímidamente a iniciativa de catedráticos arrojados que desafiaron las represalias. La dictadura terminó expulsando a Roa Bastos en 1982, cuando visitaba el país tras haber conseguido un permiso de ingreso.
El escritor fue acusado por el régimen de «subvertir el orden constituido»: los servicios sospecharon de sus intenciones «subversivas» por los numerosos encuentros que protagonizó con jóvenes estudiantes secundarios y universitarios. Por ese motivo, un pelotón de policías allanó la pensión donde se alojaba, y virtualmente lo secuestró y lo arrojó en la vecina población argentina de Clorinda. Roa Bastos describió al régimen de Stroessner como «el trogloditismo tribal, anclado en un tiempo petrificado fuera del tiempo». En las últimas épocas del stroessnerismo se popularizó el mote que le impuso al dictador: la imagen de «el tiranosaurio» fue utilizada por la oposición, que comenzó a salir a las calles acicateada por el retorno a la democracia en Argentina, Brasil y Uruguay.
En 1989 Roa Bastos saludó al golpe militar que derribó a «la más larga dictadura sudamericana que asoló esta tierra, de la que pareciera haberse enamorado el infortunio».
En casi cincuenta años de exilio jamás había integrado un partido político. Pero su figura no concitó la atención del electorado que continuó votando por los tradicionales partidos Colorado y Liberal, con preeminencia del primero. A su retorno en 1989 se mantuvo alejado de la política, pero en 1998 fue convencido para integrar el Partido Encuentro Nacional (PEN), que hoy tiene una banca en el Congreso. Al afiliarse dijo que no pretendía satisfacer -como otros intelectuales- «esa pequeña indigna soberbia de los que buscan granjearse el premio de una carrera política más o menos exitosa» o pescar embajadas, «que parece ser el síndrome de intelectuales mediocres o fracasados».
Su deseo era formar un grupo para enfrentar «al cáncer terrible de la corrupción, que amenaza destruir las bases» de Paraguay.
En una de sus entrevistas con la AFP dijo ser partidario de una mujer a la presidencia del país, como una solución a la dirigencia política enfrascada en eternas luchas intestinas, intolerancias y robos al patrimonio nacional «a expensas de un pueblo secularmente estigmatizado y golpeado en forma indeleble por la mentalidad autoritaria de sus gobernantes». «Mi aspiración máxima es que haya una presidenta mujer», enfatizó.
En una de sus últimas intervenciones públicas, advirtió que el tiempo de degradación y de ruina moral, el signo de la persecución, de la arbitrariedad y de la corrupción «continúa hasta hoy corroyendo la república como el estigma indeleble del régimen dictatorial de más de treinta años que acogotó al país». *
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