"LA EDAD DE LA CIRUELA" DE ARISTIDES VARGAS, EN EL TEATRO VICTORIA

Pasas del pasado

se año fue estrenada por Susana Rinaldi, creemos que porque tuvo éxito en Buenos Aires: es un espejismo en que han incurrido nuestras carteleras, inducido por un texto que alude sin parar a remembranzas.

El autor es incapaz de la menor evocación auténtica del pasado, pero insiste con el tema del recuerdo vivo como si tuviera al bollo de Magdalena entre los dientes. El señuelo para dos actrices es notorio: deben encarnar dos hermanas, Eleonora y Celina, que a su vez encarnan a los demás personajes, la tía Adriática, una doméstica, la madre, en demasiados cruces y conflictos, con los consabidos cambios de vestuario; es una oportunidad para el lucimiento; también para el fracaso. Vista por segunda vez, «La edad de la ciruela», o «Vino de ciruela» como la rebautizó Rinaldi, es una obra muy aburrida y hasta soporífera: damos fe de que en ambas presentaciones vimos dormir a parte del público a las primeras de cambio.

La escritura es muy pobre: nos sorprendió la pasividad con que dos inteligentes actrices (Graciela Escuder y Alician Dogliotti) han aceptado decir los lugares comunes de Vargas, que no retrocede ante frases como «…En la casa de nuestra infancia todo puede suceder», «La memoria es como un músculo, o mejor como una arteria» o, la que se lleva el premio a la petulancia, «¿Por qué la vida es como es?»

La puesta en escena (Marcelino Duffau) se desentiende de la pesadez de la obra, a la que presenta sin conflicto, contrastes ni progresión. Es una yuxtaposición de monólogos, en estilo divagador y confuso, difícil de seguir, donde Vargas trata de traer a la vida a una familia, compuesta al parecer sólo por mujeres.

Toda la obra es trivial; pero porque el ojo del artista lo es. Mientras padecíamos la aridez de «La edad de la ciruela» recordamos a todos los modelos que Vargas pudo tener en mente al escribir su obra: «Por el camino de Swann», donde mientras el autor construye sigilosamente una trama de acero, induce a creer (entre las «víctimas» de este artilugio se contaron Gide y Borges) que está enhebrando al azar recuerdos de la infancia, o «Winesburg, Ohio» de Sherwood Anderson, donde pareciera que sólo se cuentan algunas anécdotas sin importancia de un pueblo del Medio Oeste pero que cuando termina el libro el lector ve a la vez el cielo, el infierno, abismos y grandezas morales,

«Soledades, galerías y otros poemas» de Antonio Machado, al que le alcanza un par de líneas para poner de pie a un jardín con su fuente y a una infancia fija en la quietud de sus horas. Vargas se esfuerza penosamente por rememorar durante casi dos horas, sin ser interesante nunca.

Graciela Escuder y Alicia Dogliotti muestran una vez más sus cualidades de intérpretes. *

 

LA EDAD DE LA CIRUELA, de Arístides Vargas, con Graciela Escuder y Alicia Dogliotti. Vestuario de Ana Arrospide, música de Matilde Fernández, iluminación de Ruben Vieira, dirección general de Marcelino Duffau. Estreno del 21 de abril, Teatro Victoria.

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