Por siempre el Teatro Payró
El descubrimiento de Eduardo Pavlovsky, en «El señor Galíndez» en 1973, «Historia del loco y la monja» de Witkiewitz, donde conocimos a Rubén Szuchmacher, «La oscuridad de la razón» de Monti, que reabrió, con «Calderón» de Pasolini el nuevo Payró en 1992. Un teatro blanco de la intolerancia de la clase dominante: «El señor Galíndez» terminó con una bomba que dañó la galería de arte y el busto de Romain Rolland; los actores que representaban «Anna Christie» de O’Neill fueron atacados a tiros, uno de ellos herido; Ferrocarriles Argentinos trató de desalojar al teatro. La penúltima escena de este drama, con el teatro semiderruido, fue «Poesía entre los escombros» por Alfredo Alcón. Pero por la otra parte estaba, alma mater desde 1967 y siempre seguro de prevalecer, Jaime Kogan, animoso, los ojos brillantes, que supo convocar a una legión de los mejores dramaturgos argentinos: Cuzzani, Pavlovsky, Abelardo Castillo, Orgambide, Dragún, Mosquera, Rovner, Monti, Griffero, Gelman, Pais, Kartún, Langsner…
Pero el Payró no es sólo historia. Es presente: y hoy podemos y debemos aprender de su mensaje. Renovó su arquitectura con el arte de Tito Egurza, que lo rediseñó como para servir de teatro a la italiana, como en «La sierva», bifrontal o incaico como en «Ella», de teatro circular y aún trifrontal o romano. Adaptable a todo, con capacidad para no más de 370 espectadores, está entre nuestros preferidos, del mismo modo que preferimos y preferiremos el café de San Martín y Córdoba a los espacios vacíos de las galerías Pacífico. Nos indignaron, por supuesto, los atentados; pero eso es lo que puede y debe esperarse de la derecha, y más nos afligen las obras que no producen el más mínimo rechazo o escozor, la menor réplica, el menor conato de discusión. Hoy aplauden hasta los que desaprueban. Es, en realidad, indiferencia, que se maquilla con los colores de la tolerancia y la benevolencia; es tibieza y media tinta, que se hace llamar «consenso»; es pérdida de tiempo, que se quiere «diálogo», con sus «mesas» que hay que «instalar» para luego «sentarse». Burocracia, cuando habría que ponerse de pie, levantar la cabeza y, de una vez, decir las verdades.
Ninguna de las dos obras que vimos en el Payró es imaginable en un escenario de Montevideo. Ambas son serias: «Ella» es un drama inquietante donde las identidades giran hasta el vértigo; «La sierva» es un abismo de horror y sexo. Nadie la prohibiría; nadie se atrevería a darla. De ninguna de las dos podrá decirse, pagando un vergonzoso tributo a lo cómico, que son obras «con mucho humor»; y casi hemos perdido la facultad de escenificar un drama por el espejismo del «éxito». Ya nos decía el mismo Kogan en un reportaje (LA REPUBLICA, 11 de abril de 1993) que, como el uruguayo, «…el teatro argentino, y no hablo de tantos años atrás, ha tenido éxitos masivos de público con obras no precisamente de índole comercial…».
«Ella»: las vidas virtuales
«Ella», de Susana Torres Molina es el cruce dialéctico, en la atmósfera distendida o caldeada de un sauna, de dos hombres que descubren o dicen descubrir que son amantes de la misma mujer. El argumento, con su sorpresivo pero no incongruente giro final, es casi un clásico, y nos muestra una Torres Molina muy lejos de obras anteriores, como «Unión mística», «Extraño juguete» o «Modus operandi», que encontramos, bajo una apariencia de comedia normal, un texto no sólo críptico, sino extrañamente impersonal, como si la vida de la autora, que es necesariamente el sustento de la obra, quedara, definitivamente y por completo, detrás de un vidrio oscuro. «Ella» no nos dice mucho más de la autora que sus obras anteriores; pero la comunicación con el público es muy superior. Para no ser infiel a sus antecedentes, hay en esta obra de Torres Molina dobles fondos, una constante reticencia sobre los móviles de los personajes, una personalidad que se oculta y hasta la posibilidad de un argumento oculto en la fuerza que aproxima y separa a los dos hombres; pero por lo menos aquí comprendemos las razones de las máscaras y los disfraces. Hay un diálogo preciso, aunque un tanto neutro, y eficiente; en algún momento, muy fugaz, pareció que sobraban palabras y que la conversación prevalecía sobre el drama.
La autora y directora ubicó la pieza en la forma bifrontal o «incaica» del Payró, donde se enfrentan los dos hombres y aún las dos plateas; dio a la obra, en estilo clásico, una buena exposición y un momento de crisis; como desenlace prefirió una escena ambigua, que se disuelve en la oscuridad, donde todos los finales imaginables parecen posibles. La interpretación fue un apoyo esencial en la pieza: tanto Patricio Contreras como Luis Machín nos hicieron vivir hasta el fin las peripecias de un comprometedor drama. Contreras aborda su personaje con una interpretación de corte clásico, muy preciso en dicción, en gestos y sobre todo en el tiempo adecuado para las réplicas, dejando ver el espacio, que siempre existe, entre el actor y lo actuado; lo que, es muy curioso, le viene de medida tanto a su personaje como a la elusiva personalidad de la autora. Luis Machín, por lo que conocemos, viene del teatro no convencional de Ricardo Bartís, como en «Teatro por asalto», que vimos en el IIIer. Festival de teatro de Buenos Aires, donde también intervino en un punto alto como «Cercano Oriente» o «La caja» (con Alejandro Catalán); pero ha sabido también interpretar a Krogstad en «Casa de muñecas» de Ibsen, en el San Martín. La interpretación es más visceral y directa, más comprometida con el físico del actor; quizás por algo que conviene tanto al estilo del actor como al personaje está semidesnudo; sea como fuere, sun interpretación no es menos conmovedora que la de Contreras. Ambos estilos, uno por personaje, parecieron ensamblarse a la perfección en un espectáculo tan intrigante como apasionante.
«La sierva»: el revés de la trama
«La sierva» plantea también la ambigüedad, pero en otro terreno y en forma mucho más directa y con mayor unidad de estilo. Basados en un cuento de Andrés Rivera, el adaptador Andrés Bazzalo, que con Mónica Scandizio también dirige la obra, concentra la prosa, a menudo divagadora, de Rivera en un drama que participa a la vez de la historia del siglo XIX en la Argentina, de la opresión económica, de la dialéctica del dominador y del dominado y de los vertiginosos bajos fondos del sexo cuando se contamina con la codicia, el afán posesivo y el impulso prometeico de ultrapasar los límites. Lucrecia (Heidi Fauth) sirve en la chacra de Negretti (Leonardo Odierna); comete un crimen por interés, es descubierta y sojuzgada por el juez Bedoya (Luis Campos) con quien inicia una relación poblada de enigmas. Los directores muestran nervio, economía de medios y de tiempo; logran ensamblar la historia con el misterio, la psicología con la acción, el mundo del foro con sus trasfondos económicos y brindan un corte transversal de la Argentina que no suele llegar a los libros de texto. Lo mejor de la puesta en escena es el magistral trato del sexo.
Los directores disponen de una extraordinaria reserva de buen gusto y nunca llegan ni a las orillas de la exhibición: las audaces escenas atienden estrictamente, en su armado, resolución y detalles, a la progresión del acerado drama. Además de su agraciado físico, Heidi Fauth exhibe no sólo una buena escuela sino considerables aptitudes para el drama; pero Luis Campos consigue competir sin desmedro con la actriz en la atención del espectador, con un personaje que muestra múltiples facetas, a la vez respetable y repulsivo, valiente pero timorato, y más aún desesperado; su psiquis, un tanto «moderna» para la época pero no anacrónica, nos a
cerca un pasado vivo mucho mejor que las efemérides y los actos patrióticos. *
ELLA, de Susana Torres Molina, con Patricio Contreras y Luis Machín. Escenografía de Andrés Vaccaro, iluminación de Leandra Rodríguez, sonido de Martín Pavlovsky, dirección de Susana Torres Molina. En Teatro Payró.
LA SIERVA, versión teatral de Andrés Bazzalo de la novela de Andrés Rivera, con Luis Campos (Bedoya), Heidi Fauth (Lucrecia), Mario de Cabo, Fernando Martín y Leonardo Odierna. Escenografía y vestuario de Stella Iglesias, dirección de Andrés Bazzalo y Mónica Scandizzo. En Teatro Payró, San Martín 766, tel/fax 4312 5922, Buenos Aires.
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