No más monumentos, por favor
Mientras el país y la sociedad uruguaya cambió, Montevideo es una de esas urbes que no supo modernizarse. El paisaje urbanístico adquirido en el siglo pasado (a principios y a mitad) sigue inalterable. Algo se hizo hacia la parte oeste y fragmentariamente, en la zona sur. Pero la arquitectura sigue siendo convencional (algunos llaman arquitectura basura), y la audacia (Torre de Antel de Ott) paga altos dividendos económicos en un país en crisis. Otros proyectos envejecen desde su lejana concepción (Estudio Auditorio) o sus espacios interiores son jibarizados en la remodelación (Teatro Solís). La arquitectura actual, intensamente renovadora, no existe. Los genios difundidos por los premios Priztker o Mies van der Rohe (ver nota aparte), quedan al margen de la educación visual de los uruguayos.
Algo similar sucede con los monumentos. Hay diseminados por las calles y plazas montevideanas cerca de doscientos. La mayoría naufraga en su rancio academismo, recordando héroes nacionales y extranjeros, generalmente estatuas ecuestres, o figuras de pie o sedentes y bustos de personalidades políticas, escritores o artistas que asaltan a la vuelta de cualquier esquina o plazuela (los más recientes a Gagarin y Tolstoi) y que desfilan, interminables, en la Avenida de las Américas. Pocos alcanzan la dignidad del Monumento cósmico de Torres García (a espera de una mejor ubicación), en los jardines del Museo Nacional de Artes Visuales, Los Caídos en el mar de Yepes, en Plaza Virgilio, bárbaramente deformado posteriormente, El Obelisco, El Gaucho, El Viejo Vizcacha y Fuente de los atletas de Zorrilla de San Martín, La carreta de Belloni, El árbol de la vida de Lorieto en Av. Italia y Bolivia, y el Parque de Esculturas en los jardines presidenciales, lo más equilibrado en su conjunto.
Falta una educación visual que se fue deteriorando en ocupación e intervención de las plazas Constitución, Libertad (pocas veces el Monumento a la Justicia resultó una paradojal demostración contraria), de los Treinta y Tres y hasta la propia explanada municipal, con deplorables demostraciones de incompetencia estética y urbanístca. Lo mejor de los espacios públicos es dejarlos vacíos para que el ciudadano pueda aprovecharlo y disfrutarlo como mejor le parezca, con la deseable tranquilidad sonora y visual. Como sucede con los dedicados al holocausto en la rambla y a los desaparecidos en el Cerro que, sin mucha originalidad, son más afines a los requerimientos estéticos actuales.
En ocasión de la visita de Juan Pablo II a Montevideo en 1988, se levantó una horrorosa cruz, desproporcionada, mal diseñada y con un basamento imposible, que se pensó provisoria y quedó permanente, con la anuencia presidencial y el rechinar de la mayoría de los orientales laicos. Modificó el espacio urbano de Tres Cruces, desestabilizó la armonía del neoclacisismo del Hospital Italiano y minimizó el emblemático Obelisco, ya alterado durante la dictadura militar con el cemento de la Plaza de la Bandera. Ahora, las embestidas de la iglesia católica que viene presionando desde hace varios años a las autoridades municipales y nacionales, se colocará, por decisión presidencial, al pie de la cruz, la estatua (no menos horrorosa) del papa recién fallecido, pero ejecutada en vida, algo que solamente los dictadores se atrevieron. Error sobre error, adefesio sobre adefesio. La reacción de dolor colectivo, apoyada por un impresionante circuito mediático nunca visto, escenificó una muerte individual en un espectáculo por momentos obsceno en su impúdico empeño en registrar la agonía papal. No era, pues el momento propicio para reclamar, por un lado, la santificación con pancartas y por otro, imponer réplicas de estatuas, hechas al por mayor por intereses comerciales de la propia iglesia, en un país que constitucionalmente permanece al margen de la religión. La democracia de la reflexión y de la opinión ha sido sustituida por la democracia de emoción, como escribió el filósofo Paul Virilio, con la consiguiente opacidad en su calidad. No más monumentos, por favor, debería ser la consigna de un movimiento colectivo que desaliente la intención de erigir esa estatua (una escultura mediocre) y, para peor sin el tiempo prudencial para el diseño adecuado, por licitación y con transparencia e idoneidad, como debería ser. La decisión de Lily Seregni de oponerse al monumento a Líber Seregni es ejemplar que otras comunidades políticas debieran seguir. Pero la sensatez es privilegio de pocos.*
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