La tragedia y nosotros
Tanta energía y tanta aplicación tenía que haberse extendido, y con mucho mejor motivo, a la puesta en escena; puesta en escena que había de competir en nuestro recuerdo con la noble versión de Eduardo Schinca en la sala Zavala Muniz, en la época en que el teatro Solís era un teatro y no un parque de diversiones.
Nos dicen que «Las troyanas» está por bajar de cartel; de ser así, no será por falta de público, que prácticamente llenaba, un jueves de noche, el amplio teatro Coliseo. Para mayor admiración de nuestra parte, el público era en su mayoría juvenil que hasta pateó el piso con fervor para acelerar el comienzo del espectáculo.
Se encienden las luces y vemos a Troya en ruinas: los despojos de un escenario desnudo, sus aparejos y las paredes rústicas a la vista, cables de luces que no se encenderán nunca, lo que sí harán unos veinte televisores que proveerán escenas de explosiones y barcos de guerra; televisores de hoy que, por algún motivo digno de investigación, darán a las escenas en que aparecen un toque arcaico y sepulcral, propio del «mundo mineral de los muertos».
La versión de Sartre se produjo como una asíntota de la guerra de Argelia y le permitió colocar frases dignas de un Prometeo – Lucifer, particularmente al final, exhortando al hombre, una vez más, a que enfrente a los dioses; y Szuchmacher, cuyo sentido de la historia es muy agudo, erige las ruinas de Troya como un poste indicador del rumbo imperial del mundo en el siglo XX. Apenas se permite el director un tenue subrayado, cuando viste a los griegos con uniformes militares argentinos, y así como en «Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido» de Jelinek, comenzó la acción sobre el escenario antes de que llegara el texto, aquí, como una coda o nota al pie de la página, una vez que han terminado hasta los aplausos, puede verse fugazmente en todos los televisores, al rostro, impávido entre los escombros, de George W. Bush.
Pero, naturalmente, Szuchmacher no tuvo ninguna intención de subirse a una tribuna para espetarnos una proclama, como tampoco lo había hecho Sartre, que era también, antes que nada, un artista. Tenemos en esta versión toda la gama de la grandeza y miseria del hombre y sus crisis de consciencia que puede darnos la tragedia griega: el examen, como en «Antígona», de hasta dónde debe llegar el deber, y aun cuánto valen estos deberes; la justificación o reprobación de la conducta por la pasión o por el amor; la lucha, que ya parecía a Eurípides perdida, de la Vida contra las potencias del Cosmos. Todo ello viene servido en la belleza de la escritura de Eurípides – Sartre, que nos llega en una admirable traducción de Ingrid Pelicori, escritura que hace vibrar al espectador en dos o tres escenas conmovedoras, como el choque de Andrómaca (Ingrid Pelicori) con Hécuba (Elena Tasisto) o el enfrentamiento, de una dialéctica digna de un tribunal de justicia, entre Hécuba y Helena (Diana Lamas) o el refulgente impromtu de Casandra (Irina Alonso) que profetiza, al borde de la ignominia y más allá de la locura, la futura ruina de los Atridas y la indirecta venganza de Troya, de la que ella será la portadora. Nueva catástrofe que dará comienzo a un nuevo ciclo de persecución y muerte; inquietante anuncio, porque el público ve en un relámpago, en medio de la desesperación de Casandra, destinada aconcubina de Agamenón, lo que no pueden ver las troyanas, los espantos de Micenas.
La dirección de Szuchmacher valoriza y vivifica cada línea del diálogo, cada minuto de la acción, con un ritmo y una precisión que ha sido su marca de fábrica desde «La historia del loco y la monja», de Witkiewiz, a «Polvo eres», de Pinter y «Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido» de Jelinek, pasando por el inolvidable «Calígula» de Albert Camus. En cuanto a los intérpretes, hemos admirado, desde que los vimos por primera vez, tanto el arte de Ingrid Pelicori, aquí una devastadora Andrómaca, como el de Horacio Peña, magistral en el muy difícil papel de Thaltibios; habíamos visto los méritos, en una obra menor, de la hermana de Ingrid, Irina Alonso, que aquí sacude a los espectadores con su Casandra. Pero la palma es para Elena Tasisto, una actriz de una ductilidad y de una gama de recursos tan bien asimilados que le permite recorrer, en poco más de una hora y media, casi todos los sentimientos humanos con una combinación de comunicatividad, sobriedad y pasión que concluyeron por hacer de esta versión de «Las troyanas» un espectáculo imposible de olvidar.
LAS TROYANAS, de Eurípides, en versión de Jean Paul Sartre, traducción de Ingrid Pelicori. Con Elena Tasisto (Hécuba), Ingrid Pelicori (Andrómaca), Horacio Peña (Talthibios), Irina Alonso (Casandra), Diana Lamas (Helena), Pablo Caramelo (Menelao), Graciela Martinelli, Susana Lanteri, Berta Gagliano y Javier Rodríguez. Coro: Karina Antonelli, Patricia Becker, Emilse Díaz, Silvia Hilario, Andrea Jaet, Eugenia Mercante, Valeria Richeti, Martha Rodríguez, Vilma Rodríguez, María Inés Sancerni, Muriel Santa Ana, Bárbara Togander y María Zambelli. Soldados : Francisco Civit, Rubén Dellarosa, Francisco Egido, Pablo Maritano, Paul Mauch, Julián Vilar. Dirección de arte, Jorge Ferrari, iluminación de Gonzalo Córdoba, sonido de Bárbara Togander y Rubén Szuchmacher, dirección de Rubén Szuchmacher. En teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125, Buenos Aires.
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