Un retratista de almas atormentadas
El reciente estreno de Saraband, su último opus, es el cabal testimonio de que su genio está intacto. El filme, que es una suerte de secuela de su recordado Escenas de la vida conyugal, recupera en cierta medida la densidad de climas y los cuadros desgarradores de las convivencias opresivas de los mejores momentos de su carrera.
En ese contexto, la paleta artística del autor, que apela a múltiples recursos teatrales, asume las tonalidades dramáticas de la tormenta cotidiana, que colisionan las conductas humanas a menudo expuestas a la intemperie del desamparo.
Sin embargo, el propósito de esta nota no es analizar concretamente Saraband que ha agotado elogios de los colegas luego de su presentación en el XXIII Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay – sino recrear su prolífica trayectoria artística, de más de seis décadas.
Como se recordará, luego de su excepcional Fanny y Alexander (1982), el emblemático dramaturgo anunció su definitivo retiro de los estudios cinematográficos, para dedicarse a la escritura y el teatro.
Sin embargo, tuvo dos retornos: en 1984, con Después del ensayo, y en 1986, con En presencia de un payaso. Ambas películas, destinadas inicialmente al consumo del público televisivo, tuvieron una escasa difusión en la pantalla grande.
El origen de un genio
El notable cineasta, que se casó seis veces y vive actualmente emancipado en su isla de Faro en el Mar Báltico, nació en 1918 en Upsala, Suecia, en el seno de una familia de espartana disciplina.
Su padre, que era un pastor protestante obsesionado por sus creencias, lo educó con una moral estricta y aséptica.
Sin embargo, la prédica de su progenitor no logró modificar radicalmente su destino, ya que el espíritu libre y rebelde del joven Bergman demolió todas las fronteras de la intolerancia.
El futuro realizador cursó estudios en la Universidad de Estocolmo, donde recibió formación académica en literatura e historia del arte, antes de incorporarse como ayudante de producción en la Opera Real.
En 1942, por el montaje de la obra La muerte de Gaspar, la productora Svensk Filmindustri lo contrató para trabajar en el departamento de guiones, en lo que sin dudas fue la inauguración de su carrera artística.
Al año siguiente, la productora rodó una película a partir de Tortura, una novela corta del joven Bergman, que dirigió Alf Sjöberg.
Polifacético pero siempre en la actividad cultural, entre 1944 y 1952 Ingmar Bergman se desempeñó como director artístico del Teatro Municipal Helsingborg, en un período que coincidió con su debut cinematográfico. En ese momento nació Crisis (1946), un título poco conocido de su extensa producción.
Luego, dirigió una serie de adaptaciones para el productor Lorens Malmstedt. En la última, La prisión (1948), que fue bien acogida por la crítica, ya afloran las preocupaciones existencialistas que marcaron su controvertida obra.
Este recordado título marca un inicial punto de inflexión en la carrera del autor, que comienza a cosechar sus primeros reconocimientos.
Juegos de verano (1950) y Un verano con Mónica (1952), contribuyeron luego a seguir edificando la reputación del célebre cineasta sueco, que siempre volcó sus propias pasiones y angustias en su obra artística.
En el amplio conjunto de su propuesta, Ingmar Bergman ha escrito, producido y dirigido películas que abordan un vasto espectro temático, abarcando desde la comedia ligera en el primer tramo de su carrera, hasta el drama psicológico y el ensayo filosófico de perfiles metafísicos en su etapa más prolífica y reflexiva.
Entre las comedias, poco apreciadas por los admiradores que prefieren al Bergman más trascendente e introspectivo, cabe recordar, particularmente, Una lección de amor (1954), Sonrisas de una noche de verano (1955) y El ojo del diablo (1960).
En estos títulos se destaca particularmente el tratamiento lírico de su contenido sexual explícito, que demolió muchos de los tabúes de una moral social aún pacata y no habituada a un abordaje tan osado de las relaciones de pareja.
El mundo en blanco y negro
Sin embargo, la mayoría de los cinéfilos que aprecian la obra del genio sueco como un cineasta de culto, se identifican con el período que coincide con el último tramo de la década del cincuenta, los años sesenta, setenta y ochenta.
En ese momento crucial de su extensa trayectoria, Bergman desarrolló su predilección por las exploraciones existenciales del alma humana, confrontada a la incertidumbre y la angustia del agotamiento del ciclo biológico, la culpa, el misterio de la muerte y el silencio de Dios.
A este período corresponde, por ejemplo, el magistral El séptimo sello (1956), un filme sin dudas emblemático e infaltable en cualquier buena retrospectiva del excepcional autor.
En esta película, en la que nos detendremos brevemente por razones obvias, Bergman compone una oscura alegoría sobre el destino del hombre.
La partida de ajedrez que enfrenta al caballero medieval en un escenario de imágenes sombrías y esfumadas con la muerte, comporta toda una metáfora de los temores, las angustias y los miedos del ser humano. El filme propone también una iconoclasta lectura bíblica relacionada con el Apocalipsis.
En los primeros tramos de su creación, el cineasta optó por renunciar al esplendor del color, imprimiendo su obra siempre en blanco y negro.
También resulta sugestiva la ausencia de la música, que genera en el espectador una agobiante sensación de vacío y desamparo.
El despojamiento de esos recursos formales, habituales en el cine de pasatiempo, permite al espectador concentrar su atención en la real dimensión y trascendencia de los mensajes, los simbolismos, los diálogos y las gestualidades de los actores.
El séptimo sello, que es sin dudas uno de los títulos más representativos del conjunto de la producción bergmaniana, sobresale también por el despliegue de una auténtica artillería de simbolismos y apelaciones a la iconografía cristiana.
A ese período tan particular y fermental de la obra del autor, corresponden también Cuando huye el día (1958) y La fuente de la doncella (1959).
En el primer caso, Bergman trasunta su conocida obsesión por la controversial ecuación tiempo- espacio, a través de la peripecia de un anciano en tránsito hacia la muerte, que recorre paisajes desolados con relojes sin agujas. La obra es una poesía que mixtura la nostalgia con el drama y la opresión de la incertidumbre por el destino último.
Aunque el cineasta ha dirigido películas cuya arquitectura artística se sustenta en el lirismo, es evidente su afinidad con la obra de Víctor Sjöström, por ejemplo, en el recurrente empleo de las narraciones superpuestas.
A partir de Persona (1966), el artista ratificó su avidez por seguir experimentando con nuevos recursos creativos, como las simetrías compositivas, el empleo de los primeros planos y hasta la aparición de la música.
Angustias existenciales
Persona, al igual que Fresas salvajes (1957), explora el alma humana, apelando a una batería creativa típicamente bergmaniana, que incluye entre otros recursos los flashbacks (mixtura entre imágenes del pasado y el presente), secuencias de sueños y visiones.
Obras como Detrás de un vidrio oscuro (1961) y El silencio (1963), reflejan una conjunción entre las preocupaciones existenciales, e
l letargo del alma y la incapacidad de comunicar, sentir o recibir amor.
Particularmente en El silencio, el realizador propone un conjunto de reflexiones sobre la soledad, el miedo y la incomunicación, componentes que reaparecen en títulos posteriores de su extensa producción cinematográfica.
A mediados de la década del sesenta, el cine de Ingmar Bergman se torna aún más hermético, quedando reservado a un reducido núcleo de cinéfilos intelectuales, que vieron en su obra un efectivo anticuerpo contra el virus de la frivolidad que se iba apropiando de una sociedad cada vez más huérfana de valores.
Entre los títulos que ameritan ser mencionados por marcar un sesgo cada vez más distante de la masividad, cabe mencionar, particularmente, La hora del lobo (1967) y La pasión de Ana (1969).
En ambos filmes, el espectador comparte el sentimiento de angustia de los protagonistas, en una densa atmósfera claustrofóbica cargada de metáforas y lecturas difusas. Sin embargo, en todos los casos, el maestro imprime su reconocida sabiduría, al otorgar el verdadero protagonismo a las emociones humanas.
Sin abandonar del todo los laberintos del alma, Bergman propuso luego otras lecturas bastante más cotidianas, en películas como El toque (1971) y, muy particularmente, la aclamada Escenas de la vida conyugal (1973).
Precisamente esta última obra, que es la génesis de Saraband, comienza a desnudar las propias tormentas interiores del cineasta, al abordar el tema de la fragilidad de los sentimientos y los problemas derivados de la convivencia.
El éxito de la película, aún tratándose de un director recurrentemente asociado con las elites intelectuales, no sorprendió. El abordaje de asuntos bien cotidianos que permiten una fácil identificación del espectador con los personajes, demolió las fronteras aparentemente impenetrables entre el realizador y el público masivo.
En la década del setenta, Ingmar Bergman ganó definitivamente el reconocimiento internacional, con títulos tan emblemáticos como Gritos y susurros (1972) y La flauta mágica (1974).
La primera película, que es considerada una de las obras mayores de la filmografía del dramaturgo sueco, impactó y aún impacta por la explícita crudeza de sus imágenes y el entrecruzamiento de sentimientos desgarrados.
El filme narra la traumática existencia de cuatro hermanas solitarias, espiritualmente vacías y afectivamente desamparadas.
La muerte, el amor y la incomunicación afloran nuevamente como componentes de la escritura bergmaniana.
El genial realizador exhuma también su obsesión por el tiempo como centro de los estadios emocionales de sus personajes femeninos, que tanta relevancia tuvieron en su obra y en su propia vida privada.
Gritos y susurros está concebida con una atmósfera pesadillesca, aunque el terror al que recurre el autor está obviamente absolutamente divorciado de toda connotación sobrenatural.
La película, aunque explora los universos metafísicos habituales en el cine de Bergman, concitó igualmente una clamorosa adhesión del público, por su fina caligrafía y sensibilidad narrativa.
Dos años después, La flauta mágica (1974), propone una obra intensamente poética, en la que Bergman despliega su más extensa gama de recursos artísticos y su inmensa sabiduría.
La paleta de un maestro
Tras el estreno de Cara a cara (1976), que propone una despiadada lectura de los conflictos y las patologías humanas, el realizador sorprendió con un filme claramente desmarcado de sus temáticas habituales: El huevo de la serpiente (1977). Esta película marcó un nuevo punto de inflexión en la carrera del realizador escandinavo.
Ambientada a comienzos de la década del veinte en Alemania, El huevo de la serpiente propone una traumática alegoría sobre el advenimiento del nazismo.
Las imágenes de fuerte y sugerente registro sensorial trasladan al espectador la angustia colectiva de un pueblo en pleno colapso económico y socialmente deprimido, en el que comenzaban a aflorar odios subyacentes, viscerales sentimientos de xenofobia e inequívocos síntomas del advenimiento del autoritarismo liberticida.
La obra muestra a un Bergman más sensible a las tormentas de la historia e ideológicamente más comprometido.
Luego vendrían, sucesivamente, Sonata otoñal (1978), De la vida de las marionetas (1980), la inconmensurable Fanny y Alexander (1982) y Después del ensayo (1984), tras lo cual el realizador abandonó transitoriamente el cine y la televisión.
Esta es una mera síntesis analítica de la extensa producción artística de este genio mayor, que capturó en su obra la sensibilidad de la poesía, la angustia de los sentimientos amputados y la más extensa gama de las incertidumbres humanas.
Ingmar Bergman ha publicado sus memorias en dos libros: Linterna mágica (1988) e Imágenes (1990).
Además, escribió el guión de la película Las mejores intenciones (dirigida por su discípulo Claude August) y Los niños del domingo, de su hijo Daniel, ambas en 1992.
Entre los numerosos galardones recibidos, Ingmar Bergman fue distinguido con el Oso de Oro del Festival de Berlín (1958) y tres premios Oscar a la Mejor Película Extranjera, en 1961, 1962 y 1983, por La fuente de la doncella, Detrás de un vidrio oscuro y Fanny y Alexander.
El aclamado realizador también fue distinguido con la Placa de Oro de la Academia Sueca (1958), el premio holandés Erasmus (1965) y el doctorado honorífico en Filosofía de la Universidad de Estocolmo, en 1975.
Aunque ya tiene 87 años de edad, Bergman no es un anciano, ya que mantiene intactas sus reconocidas cualidades creativas. Su excepcional producción lo sitúa entre los más grandes cineastas de todos los tiempos, que trascendió fronteras geográficas y culturales, pese a su caligrafía artística singularmente compleja y a menudo hasta opresiva. *
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