En busca de Marcel Proust
ste fenómeno que trasciende a la voluntad humana, es en más de un sentido el origen de muchos de nuestros miedos ancestrales, que se expresan en la impotencia ante lo inexorable.
«En busca de Marcel Proust», obra biográfica de André Maurois publicada inicialmente en 1949, que llega recién ahora a nuestro mercado literario con traducción al español, es un revelador ensayo en torno al emblemático novelista francés y su monumental «En busca del tiempo perdido».
Proust que fue sin dudas una de las plumas más descollantes de la literatura universal de todos los tiempos nació en 1871 y murió en 1922.
Vivió en el seno de una familia adinerada, cursando estudios en el Liceo Condorcet. Aunque luego estudió derecho contemplando el deseo de su padre, pronto abandonó las aulas para relacionarse con la alta sociedad parisina y comenzar a edificar su gran sueño de transformarse en un escritor.
Su primer libro, que es una compilación de ensayos titulado «Los placeres de los días», pasó sin pena ni gloria. Sin embargo, en este texto ya se advierte su inquietud por reproducir la fauna humana que lo rodeaba.
Pese al asma que le martirizaba, se refugió en el estudio, la reflexión y la escritura, de las cuales nació «En busca del tiempo perdido», que desarrollada en siete partes describe minuciosamente la vida de un hombre ocioso que se mueve en las cimas de la escala social.
La primera parte, «Por el camino de Swann» (1913), pasó virtualmente inadvertida. Sin embargo, publicó en 1919 «La sombra de las muchachas en flor», que cosechó elogios y distinciones.
La tercera y cuarta parte de su obra, intituladas «El mundo de los germantes» (1920 y 1920 en dos volúmenes) y «Sodoma y Gomorra» (1921 y 1922 en dos volúmenes), también cosecharon el favor de los lectores.
Las últimas tres partes, que Proust dejó manuscritas, se publicaron después de su muerte: «La prisionera» (1923), «La desaparición de Albertina» (1925, dos volúmenes) y «El tiempo recobrado» (1927, dos volúmenes).
Este libro, que analiza la obra pero también recrea el íntimo universo proustiano, reconstruye inicialmente la infancia del célebre novelista, criado en una familia adinerada, de padre católico y madre judía.
Sin embargo, pese a su indudable misticismo, se presume que el escritor jamás abrazó ninguna religión en particular e incluso discrepó con Henri Bergson su filósofo de cabecera en torno al destino último del ser humano y la eventual inmortalidad del alma.
Nutriéndose de un abundante lote de testimonios, escritos, apuntes y cartas personales a las que tuvo acceso, André Maurois reconstruyó la infancia de Proust, dominada por fuertes lazos afectivos con su madre y su abuela. Esta circunstancia resultaría crucial en la concepción de su obra, en la que expresa fuertes sentimientos de pérdida y desamparo.
Esta situación, que está naturalmente explicitada en esta biografía, fue exacerbada por la extrema vulnerabilidad del niño y también del adolescente, aquejado de un asma devastadora que le acompañó durante toda su existencia.
El biógrafo marca la paradoja de la peripecia de su personaje real, que a consecuencia de su enfermedad debe permanecer en reclusión voluntaria durante prolongados lapsos, lo que le indujo a la lectura y la meditación.
Leyendo a través de los propios escritos de Proust, Maurois transita los territorios espaciales, humanos y afectivos de la adolescencia del escritor, su aprendizaje y su curiosidad por las costumbres e imposturas de la aristocracia.
En ese contexto, asoman múltiples sensaciones emanadas de cartas y escritos, reveladores de una madurez intelectual en plena evolución hacia estadios mayores de sensibilidad.
Estos testimonios permiten percibir, por ejemplo, la ambigua sexualidad del joven Marcel y su idealización del amor. No obstante, casi siempre subyace un sentimiento de culpa y algunos resabios de la rígida moral heredada de sus padres.
Esta obra acompaña los grandes desafíos del escritor, cuando tiene que desafiar incluso los deseos de su padre, que aspiraba a que su hijo estudiara derecho y se dedicara a la carrera diplomática.
Maurois define a Marcel Proust como un empedernido observador de su entorno, en forma particular de la alta sociedad con la que alternó, a la que escrutaba y estudiaba como si se tratara de un científico. Para él era, sin dudas, el descubrimiento de un mundo a retratar.
El ensayista se detiene particularmente en la correspondencia que mantenía el joven Proust con su madre, cuando estaba lejos de ella. Esta documentación es reveladora de la dependencia que mantenía respeto a su progenitora que trascendía a lo meramente económico, para transformarse en una suerte de subordinación afectiva.
Para decodificar la obra y las inflexiones emocionales de su personaje biográfico, André Maurois evoca el libro «Los placeres y los días», que fue publicado con prólogo del poeta Anatole France, texto que no trascendió mayormente, pese a que Proust ya comenzaba a insinuar dotes de agudos retratista y observador.
El investigador no omite detalles trascendentes de la vida Marcel Proust, como el duelo que mantuvo con una persona que lo ofendió o su fuerte compromiso en el célebre caso Dreyfus.
El libro que está presentado en capítulos que pautan las diversas etapas de la vida, el crecimiento intelectual y el parto creativo del evocado enfatiza el tiempo crucial de la muerte los padres del novelista. Esta circunstancia sumió a Marcel Proust en un agudo trance de desolación, melancolía y angustia, porque todo su mundo se hacía añicos y se iniciaba una desconocida etapa de desamparo.
Anticipando los rasgos capitales de su epopeya literaria, en uno de sus escritos el novelista confesaba que los únicos paraísos son los perdidos.
La descripción de André Maurois sobre este particular momento de la vida de su personaje, es reveladora de un espíritu introvertido, hermético e insomne, en el que como sucedió en los últimos años de vida de nuestro Juan Carlos Onetti la meditación y la escritura se transformaron en un exorcismo contra el dolor y los fantasmas.
Como si se tratara de un minucioso antropólogo, el biógrafo va capturando los dispersos fragmentos de existencia de Marcel Proust, que permiten interpretar cabalmente el sentido y la ética de «En busca del tiempo perdido». La génesis de la novela publicada en siete entregas, reside precisamente en los testimonios, escritos y cartas analizadas por el autor, en los que ya se insinúan los ambientes y los personajes.
El tema vertebral de la obra que tiene naturalmente una fuerte apelación autobiográfica es, sin dudas, el tiempo y su fluir permanente e inexorable, los quiebres y rupturas, los mundos íntimos del autor, los paisajes sociales de su época, los afectos y la extrema vulnerabilidad del ser humano enfrentado a las tempestades de la realidad.
Sin embargo, tal cual lo observa atinadamente el autor de esta biografía, Proust es como otros escritores un privilegiado, porque tiene el poder de manipular ficticiamente el tiempo a su antojo y hasta rebelarse contra lo inexorable.
Maurois disecciona la obra del emblemático novelista como si se tratara de un experto anatomista. En ese contexto, visualiza la dicotomía entre el tiempo destructor que todo lo degrada y el recuerdo salvador, que restituye el paraíso ideal de la felicidad.
El ensayista trabaja sobre la concepción del amor y sus diversas connotaciones, presente naturalmente en la obra proustiana. En tal sentido, analiza la colisión entre lo ideal y lo real, el amor como lo imaginamos y como realmente es.
En la ob
ra del célebre novelista se percibe un sentimiento desencantado respecto al amor en sus múltiples manifestaciones y tendencias, incluyendo naturalmente al homosexual.
Otro aspecto no menos crucial es el vinculado al humor, que retrata no sólo las conductas humanas, sino las reacciones reflejas ante los temores.
El minucioso ensayo destaca también otra trascendente faceta de la producción del célebre novelista filósofo, vinculada al esnobismo, que asume perfiles grotescos es una sociedad arribista que vive de las apariencias.
«En busca de Marcel Proust» es una obra sin dudas reveladora, que penetra la epidermis de la personalidad del creador y su creación, ensayando diversas lecturas en torno a sus más intimas pasiones, sus secretos, sus miedos y sus sentimientos de pérdida. La obra es también una minuciosa radiografía en torno a «En busca del tiempo perdido», que revaloriza la estatura de esta auténtica epopeya literaria, sus cualidades intrínsecas y sus diversas connotaciones éticas.
(Ediciones B)
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