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Ningún Max

No en vano los pueblos atesoran tan entrañablemente su pasado, porque éste es, sin dudas, el basamento sobre el cual se edifica el presente y se proyecta el futuro.

En «Ningún Max», el escritor Antonio Larreta construye una novela pródiga en conflictos humanos y fracturas emocionales, que transita los territorios del éxito, el fracaso, la decadencia, la frivolidad, el engaño, la culpa, el miedo, el desencanto y los contemporáneos escenarios sociales aún impactados por la pobreza y la marginalidad.

Como si se tratara de una pieza teatral, el dramaturgo va presentando a sus personajes por orden de aparición: cuatro hombres y cuatro mujeres, que van abandonando sus respectivos cuadros existenciales cotidianos, para confluir a un sitio concreto, un lujoso departamento con dos anfitriones del sexo masculino unidos por una relación extraña y enigmática.

Los convoca el juego, esas sesiones semanales de bridge que son casi como citas de honor, un ejercicio de liturgia sin Dios, quizás una recurrente terapia colectiva sin psicoanalista.

Luego, el autor elabora el primer soliloquio de Max Rappaport, el protagonista de esta historia de ficción, que como el célebre príncipe de Dinamarca del inmortal genio shakespeareano, ensaya un ejercicio retrospectivo en el que se autocuestiona.

Es un burgués maduro y acomodado, con doble vida afectiva, que idolatra a su lujoso BMW, que es   en realidad   lo único que realmente ama.

Su vida es una mera parodia de apariencias, de maquillajes contra la realidad. Sin embargo, su fingida seguridad es apenas una máscara grotesca, que oculta un sentimiento de desencanto, de temor e inseguridad, porque el miedo a perder para él es una suerte de perpetua pesadilla.

Los partidos de bridge que comparte con otros siete contendores – entre los cuales se encuentran su esposa y su amante   son sutiles batallas de inteligencia, pero también teatro de vanidades, de decadencias no admitidas y de conductas soterradas.

En ese submundo humano que se refugia detrás de cuatro paredes en su cubículo privado y divorciado de la realidad, subyace la soberbia, pero también la frivolidad, la vulgaridad no asumida y la cultura posmoderna del celular, que es una suerte de trofeo.

Todo es parte de un ritual atávico y cuasi rutinario, que venera al consumismo como modelo de convivencia, como principio y fin de una existencia gris y vacía.

Mientras va construyendo el escenario de la vida en el que cada personaje interpretará su papel, Antonio Larreta ensaya un nuevo soliloquio, en el que protagonista edifica su propia utopía: un encuentro con una enigmática joven a quien conoció en una situación meramente fortuita.

El escritor desnuda toda la vulnerabilidad del protagonista cuando lo sitúa frente a un espejo, ese inanimado enemigo que muestra   con su rigor siempre implacable   el inexorable avance del tiempo, de esas arrugas que nos alejan de la plenitud y nos acercan a la irreversible decadencia física.

Max lucha contra la ecuación de la temporalidad, que no depende de nuestra voluntad. Sin embargo, se observa a sí mismo cada vez más obeso y arrugado y su respiración – habitualmente jadeante – suele requerir el perentorio auxilio de un inhalador.

Mientras el narrador nos convoca a contemplar el proceso de descaecimiento de este burgués avejentado, define las reglas del juego en el que participan todos los personajes, que trasciende a una mera partida de cartas.

Esta suerte de «logia secreta» no perdona errores, porque tiene su código no escrito. El pecado es- en el caso del protagonista   haber faltado a la cita.

Como en la historia del ebanista gordo, un singular episodio ocurrido durante el siglo XV en Florencia cuyo mentor fue el arquitecto y escultor Filippo Brunelleschi, todos se confabulan para castigar al infractor. El consenso se transforma en unanimidad, cuando proclaman que ya no existe «ningún Max».

Antonio Larreta desarma el rompecabezas y dispersa sus piezas, para describir la odisea del atribulado Max, que se enfrenta al desafío de coexistir en un mundo que lo expulsa y lo ignora.

A partir de esa ruptura, el novelista inicia otro periplo literario, transformando al aparentemente omnipotente personaje en una suerte de paria, en un marginal despojado de su identidad y su espacio en la sociedad, radicalmente divorciado de esa «tribu» que antes lo veneraba y ahora lo condena a un forzado ostracismo.

En el tercer monólogo – narración, el autor sumerge a su atribulado protagonista en una suerte de laberinto, donde la confusión se transforma en obsesión. Quizás, aunque parezca tan real, todo sea una pesadilla.

Larreta teatraliza aún más la situación, transitando por los territorios de lo dramático, lo grotesco y hasta lo irónico. Hay un humor negro que salpica todo el relato, incluso en ese descenso personal al infierno que experimenta el atribulado Max.

El dramaturgo teje de la trama de su historia entre encuentros y desencuentros, causalidades y casualidades, los actos volitivos y las situaciones meramente fortuitas.

El protagonista, observado desde la platea o la tertulia que monta Antonio Larreta, es un individuo patético, una marioneta que se ha transformando en juguete del destino.

El autor describe   con lenguaje tan despiadado como elocuente   el paulatino derrumbe de un hombre solo y acorralado, exiliado en su propio medio social, sin espacio ni identidad.

El relato grafica la depresiva imagen de alguien que perdió su territorio en la sociedad y ahora comparte su ínsula con un perro callejero, como si se tratara de un mero vagabundo. Ahora nada es igual, todo es peor, porque no puede escapar a esa inverosímil encrucijada.

El novelista trabaja las inflexiones emocionales de ese Max a la deriva y expulsado abruptamente de su «paraíso artificial», que ha sido impactado por el estupor y lo inesperado.

También describe la metamorfosis que experimenta, cuando observa   ahora con una visión descarnada y no a través de los vidrios ahumados de su lujoso automóvil   el inexorable avance de la crisis social, la pobreza, la angustia, la desesperanza y la degradación expulsiva.

El derrumbe del efímero espejismo neoliberal, que antes le resultaba indiferente como a otros burgueses que viven en sus torres de marfil, ahora parece impactar sus amodorradas retinas. Sin embargo, el relato corrobora que nadie   aunque tenga un momento de lucidez – puede ir contra su naturaleza.

Esa reconversión, que no es tal, deviene en nuevas búsquedas de perdidas identidades, una experiencia de redescubrimiento de sí mismo.

El autor construye una desencantada alegoría en torno a lo efímero del éxito, cuando sitúa al personaje protagónico en los pretiles de la desesperación. Max está aprendiendo que la vida tiene contrastes, atajos y azarosos viajes rumbo a lo desconocido.

En ese contexto, la frustrada cita con la enigmática joven es una metáfora muy elocuente de los caprichos del destino, de las fracturas existenciales y de la dramática futilidad de algunas conductas que pretenden desafiar a las inmutables leyes del tiempo.

«Ningún Max» es una novela teatralizada con epílogo de tragedia griega y tal vez – por su concepción – hasta shakespeareana, que contiene abundantes guiños literarios. Hay alusiones, casi siempre explícitas, a Jorge Luis Borges, Paul Auster y Fedor Dostoievski.

Antonio Larreta construye un relato que es una suerte de tragicomedia, una sátira de tono sardónico que se mofa de todo y de todos, porque sus ocho personajes, cada uno con sus peculiaridades, representan a distintos arquetipos humanos.

Esa fauna que con tanta acidez describe el autor, es   en realidad   una dramática caricatura de la sociedad contemporánea, recu
rrentemente consumida por la frivolidad y la pérdida de identidad.

En el diálogo   confrontación que se entabla entre los actores de esta trágica parodia, afloran las brechas sociales y generacionales y los radicales antagonismos entre una aún subyacente cultura afrancesada y la contemporánea doctrina

de la posmodernidad.

Sin embargo, en todos los casos, gobierna la «religión» sin iglesia ni sacerdotes del consumismo, esa irrefrenable pulsión que, según los casos, puede obsesionarse con un lujoso auto, una costosa joya, una prenda de vestir o hasta una obra de arte.

En «Ningún Max», el autor reflexiona en torno a la soledad, la incomunicación y la decadencia, pero también acerca de la crisis de la sensibilidad, interpretando cabalmente el dramático proceso de descomposición que está sepultando a la sociedad contemporánea. *

(Editorial Planeta)

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